Zoom

El otro día me sorprendí intentando
hacer zoom en una fotografía analógica.
A parte de sentirme bastante estúpido,
pensé en que lo que me hubiera gustado
era acercarme a aquel recuerdo.
Ahora que a mis cuarenta y dos años
mi memoria es como un mosaico de polaroids,
poder pasear por ellas, darles vida, y
volver a ver por primera vez a mi madre,
el incansable espíritu emprendedor de mi padre,
el intenso aroma de dama de noche en el patio de su casa,
las risas con los amigos
(los que quedan y los que se fueron dejando huella),
la luz temprana de ese amanecer.
En definitiva, volver a probar el sabor
de aquellos torpes primeros besos,
el aprendizaje de los cuerpos, los experimentos de juventud,
los errores de los que tanto aprendí.
Un abanico inmenso de retales y sensaciones
que a día de hoy he borrado casi por completo,
conservando únicamente la emoción.
En ese momento no me di cuenta,
pero quizás la principal función del olvido
es permitirnos vivir el presente,
darnos la efímera oportunidad de seguir adelante
e intentar ser felices. Aunque la felicidad
no sea más que un deseo o una entelequia
y el presente una realidad inasible y fugaz.

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