Sofá y mantita.

La perra en mi regazo y el gato…
Vete tú a saber dónde se habrá metido.
Ana y yo comemos pipas, hay
una pizza en el horno y vemos una serie en Netflix,

aunque en realidad

sólo la escuchamos

-tenemos la mirada fija en las pantallas de nuestros teléfonos-. Ella
mira videos sobre trucos del hogar y yo
busco algo en Twitter que me haga sonreír.
En algún momento levantamos la mirada,
han matado a alguien de un disparo en la cabeza.
Luego nos miramos impertérritos
“este olía a muerto desde hace una temporada” y pienso
que la vida no se parece al arte, se parece
a una mala serie de televisión,
que pasa de un capítulo a otro,
y la contemplamos
sin saber cuando la van a cancelar.

Infancia (atrápame si puedes).

A veces, miro a los niños, esos

que nunca tendremos, amor.

Y no me siento aliviado.

Ser padre no entra en mis planes,

pero contemplar tanta vida,

rescata del olvido a aquel otro niño,

ese que ahora se recuerda trepando a un árbol, jugando

a las canicas, al pilla pilla y hacía de portero en el recreo.

Es inquietante pensar que nada cambia, que

desde aquellos años tempranos

me persigue la muerte y que ahora,

a diferencia de entonces, fumo como un carretero.

Pasiones y otras cegueras

Tanta pasión como precipicio de la inteligencia,
tanto arrojo desmedido, tantas certezas

alimentando

el delirio y las hogueras.
Pero nos hace sentir tan vivos…
Que parece que volemos sobre los tejados y las verdades,
sobre la gente y sus sombras inquietas.

Sólo al fin comprendemos
en un golpe preciso y duro,
que para volar hay que tener alas, pero

para caer a plomo

sólo necesitamos

pensar que podemos ver en la oscuridad.

Miedo.

Escribir es también tu miedo, pavor

a que las palabras sean ángeles exterminadores:

de rostros queridos, de complicidades,
de afectos.

Un terror subterráneo

a que caigan los puentes

y no halle más eco en esta isla

que el de mi desolada

soledad.

Pero al miedo

solo hay una forma de encararlo

y es desnudo.

Aquí estoy,

habítame,

gracias a ti

sé volver a casa.

Topología de la ausencia. A Pep Canals.

Ahí estás, quieto como una vela apagada,
envuelto en un silencio casi litúrgico,
tan ajeno a ti que no pareces tú.
Siempre fuiste de tomar la palabra sin miedo,
como quien blande un arma cargada de futuro o una semilla
que anhelaba germinar en el otro.
Ahora, tus ojos cerrados
no muestran todo lo que observaste con la fascinante curiosidad
de quien ama el mundo.
Solo muestran algo que quiero definir como paz,
porque la nada, ese vacío infinito, no te pega. Eras mucho, amigo mío,
mucho, y como no te gustaba regodearte en ello,
sin querer,
te hacías más grande.
Tu me lo dijiste en ocasiones,
un hombre, en sí mismo, es poca cosa,
necesita relacionarse para trascender.
De este modo, aunque la muerte haya ido a tu encuentro, hoy:
en Sonora, el Amazonas, Trieste, Barcelona o en la cama insulsa del hospital,
te rodea quien querías,
aquellos que conocían la topología de tu corazón,
y descifraban los mapas y sistemas de tus susurros.

Sin duda, ellos también te hacían como eras,
conocedor de la insignificante existencia del hombre y
de su inmensa capacidad de amar.

El balcón.

Otra vez en este balcón,

buscando con la mirada algo que detenga

este viento y este ahora. Una luz

-por ejemplo-

o un pájaro invisible o una nube encarnada…

Algo que pueda llegar a ser

más real que el dolor,

más presente que esta herida

que llora como lloran los ríos:

sin detenerse, ni darse tregua.

Algo, cuya verdad desgarre el frío,

como el llanto de un niño al nacer.

Por eso me obstino en volar,

volar bien alto,

para aprender a mirarnos sin miedo.

Así iré a tu encuentro,

sin prisas, sin lamentos, sin excusas,

escogeré entonces las palabras

que sean necesarias

-ni una más-

para darte la bienvenida

otra vez en este balcón

donde renacimos.