Y punto. (Certezas de un hipocondríaco)

Latas vacías y un silencio

tan hiriente, tan denso, tan presente

que la vida se detiene

porque no se detiene aún…

En su lugar

un miedo aterrador,

una presencia insignificante de muerte y

ausencia perenne.

Tan fácil es que un punto

ese signo mudo y radical, esa parada obligada,

pueda darle la vuelta a todo

hasta abrirte los ojos por no cerrarlos

o por no llorar…

Al fin y al cabo son posibilidades -siempre lo son-,

aunque parezca lo contrario.

Un punto negro, semirredondo,

una pupila traviesa, una señal confusa,

me devuelven al paramo, al desierto dónde germiné.

Y miro la hora como si tuviera respuestas…

Miro la hora porque el tiempo,

ese compañero fiel y silencioso,

ese libro innacabable,

parece que se haya concentrado en mis labios temblorosos,

en una boca que desea chillar y revelarse,

que su grito sea el ancla desesperada que le aferre al mundo…

Cuando ya no sea capaz de cantarle al mar o la mañana

solo espero que me quedes tú,

como si el eco pudiera capturar el negativo del silencio,

como si pudiera ser,

como si fuera…

Límites

El psicoanálisis

-como diría San Agustín-

intenta contener el oceano en un vaso de agua.

La poesía

-en cambio-

es mar, es abismo, es firmamento;

querer ponerle límites

es como pretender alcanzar el horizonte…

La verdad y lo infinito,

no entiende de terminos.

…Y mar,

en la memoria eterna,

en la caricia cercana,

en ese azul que vi de niño,

cuando todo era sencilla

como tu mirada honesta.

Hay cosas que nunca cambian -por fortuna-

porque cuando te veo,

tan cerca y tan lejos,

ante mis parpados cerrados,

todo se ve más claro.

Eres como esos fantasmas que nos resucitan.

Ese algo que nos impulsa a seguir adelante,

porque saben mejor que nadie,

que no es momento de decir adios.

Tal vez,

en el mejor y el peor de los casos,

un hasta siempre

-como siempre-

imaginado…

Macarrones.

Recuerdo que de niño
le dije que me habían gustado mucho sus macarrones
y ella me los preparó durante siete días consecutivos…

Así que yo no quise probarlos nunca más.

Solo ahora entiendo que era su forma de quererme,
su torpe y excesiva manera de cuidarme.

Cada día, de aquella interminable semana:
pochó la cebolla, sofrió la carne, redujo el tomate
y lo dejó reposar mientras hervía el agua y se cocía la pasta.

Hubiera tardado menos en hacerme una ensalada y un filete,

en freír unos huevos con patatas…

Pero yo le había comentado
que me gustaban mucho sus macarrones,
que eran mejor que los de mi madre (su hija).
Sin imaginar que mis palabras,
le señalaban un delirante camino
para que yo me sintiera
mejor que en mi propia casa.

Ayer fui a verla al hospital,

se está muriendo y…

…Hace tiempo que el alzheimer no le permite ni preparar un pan con tomate.

Cuando mi madre la despertó,
nos sonrió y nos dijo:
<<Recordad, recordad…
Hay que vivir…>

Poco después, cuando llegué a casa,
mi mujer me preguntó en qué pensaba.
Yo le dije que estaba triste.

-¿Quieres que cocine yo? -Me propuso.

-Vale, haz macarrones. -Le pedí, mientras me encendía otro cigarrillo.

¡Joder!

Va siendo hora de dejar de fumar.

Mis votos nupciales

Ahora,
cariño mío, es nuestro momento.
Mientras todo es posible y
las grandes cosas de la vida:
amor, alegría, deseo,
parecen simples y hermosas
como este anillo; por eso
quiero invitar al pasado a dar un paso al frente;
todo lo demas: sus adherencias,
su ternura, sus inciertos amaneceres,
las lágrimas que en otra hora incendiaron nuestras mejillas,
deben hoy alimentar otro fuego,
aquel donde arrojar todo lo efímero,
todo aquello que no entienda de eternidades.

Ahora,
que las calles en la que nos hemos amado
están a nuestros pies,
las invoco como testigo perpetuo
cuando digo que te amo;
te amo mucho, amor mío,
te amo con mi torpe corazón,
mis manos desnudas,
mi alma triste y mis huesos cansados.

Por eso ahora
es el momento en que todo acaba y todo empieza,
porque este ahora somos nosotros,
somos esta hora tardía…

Solo te pido que insistamos,
ahora y siempre,
en los besos y en las risas
-esa forma tan nuestra de cuidarnos,
de sembrar futuro-,
hasta que nos descubra la madrugada
tal y como somos,
hijos de ese instante desnudo,
universal,
tan sencillo como eterno;
para que juntos
en cualquier lugar y cualquier tiempo
seamos llama,
seamos uno, seamos pueblo.

Fotografía: David García (El Largo)

Mi ciudad, (I).

Estoy en un atasco

y, por momentos, pienso

que nunca acabará.

No debo ser el único que se siente

preso, en medio de la autopista,

esfinge en un desierto de almas,

sediento de palabras y libertad.

Pero como estoy en un atasco

me consuelo

pensando que cada coche

es una isla salvaje e indómita

por descubrir.

Observo al conductor que tengo a mi derecha,

preguntándome si es abogado o fontanero,

si está casado o le gusta leer a Pizarnik,

si prefiere el rock o los gatos,

y como si notara mi mirada se vuelve hacia mí

sin verme.

Confieso que yo

tampoco he distinguido en él gran cosa:

una impermeabilidad opaca,

la sombra de una sombra,

cómo un apagón en el cine,

un móvil sin batería

o el silencio que sigue

a un punto y final.

El cant de l’enyor. (Per l’Eugeni, descansi en pau)

Criden,

criden les cordes d’aquesta guitarra,

criden, criden

aixecant el teló.

Crits, que són llàgrimes,

ballen una dansa eterna,

coreografia sense passos, ni dansaires,

sense rams, ni mocadors…

Només un buit ple de records, de música,

de moments que parpellejan a la memòria,

com estels sobre un cel seré,

dibuixen una passarel·la plena de vida,

un pont que travessa el no-res.

Tots els que omplim aquesta platea

contemplem a les onades plorant amb el vent,

perquè ell ja no pot ballar com sempre

i fins i tot les campanes es colpegen el pit

al pensar que ja no hi és.

Tant de bo puguis volar

deixant enrere els núvols d’una existència

que mai té sentit.

Aquí abaix l’espectacle continua

-quin remei-

i el teló no baixarà

mentre et moguis elegant i valent

sobre les taules fermes

de la nostra ment.