Bilderberg


A veces sueño con ellos. Que una vez estuve allí, en su mesa.
Ellos, por si aún no lo saben, están, aunque pocos los han visto,
reunidos como se reúnen los lobos
antes de lanzarse a por su presa. Se
camuflan en el secreto, en el valor de su alcurnia,
en los trajes de sastre y en las carteras llenas.
Van a hoteles o palacios,
donde en grandes salones discuten
sobre temas importantes:
¿Quién gobernará allí? ¿Cómo derrocar al de allá?
¿Qué haremos para sofocar o domesticar a ese pueblo
que grita cansado de hambre y justicia?
Son temas serios. De gente seria que
no les tiembla el labio al dar una orden.
A veces sueño con ellos. Quizás
sean reyes o reinas o bufones
que hacen sus piruetas de papel
para el deleite de sus amos: la oligocracia del mundo neoliberal
donde el resto
a lo sumo
aspiramos a ser mascotas obedientes
cachorros graciosos haciendo monerías
en el escaparate global de internet.
A veces sueño con ellos. Que estoy en su mesa
y me aterra no ser un kamikaze o una bomba de hidrógeno
para explotar desde dentro. Pienso que así
soñaría con otro mañana, con enjambres,
fuentes, jilgueros, hierba fresca y
con un poco de suerte
tu mirada despierta sembrando futuros

sobre la arena.

  

Vuela

​Vuela:

aunque sea sin alas,
aunque sea sin sombra,
aunque sea sin tiempo.
Vuela como las nubes
o como el viento.
Vuela hasta el abismo
para poder salir de él y
vuela hasta el horizonte
para alcanzar aquello que siempre
estuvo en tu interior.
Vuela hasta los confines
más lejanos de ti mismo,
hasta la Ítaca de Kavafis o
el paraíso perdido. Tu vuelo
te hará sabio para reconocer
las perspectivas de la vida y de la muerte.
Quizás así a fuerza de partir
podrás volar entre el olvido y el recuerdo.
Quizás así puedas al fin volver
y saberte tú 

al poner los pies en el suelo. 

La montaña 

No basta con abrir la ventana

para ver los tejados y los cielos,
ni para distinguir los puentes entre las nubes que
tienden las palomas con cada aleteo.
Hay que hacer un esfuerzo por perderle el respeto a la montaña
convertirse en niebla o en viento o en agua
para ocultar su grandiosidad, subir hasta su cima
y penetrar hasta su núcleo inalterable.
Ella siempre estará allí, cuando todos nos hayamos ido, ella
permanecerá impasible como el mar o el tiempo.
Por eso tiene una importancia relativa su presencia,
me resulta mucho más interesante describir
qué guarda tu silencio por las noches
cuando todo elemento que no sea tu mirada
parece lejano como pálida estrella.
Quizás nunca llegue a averiguarlo, pero al menos
te tengo cerca.

El jugador 

El poeta y el jugador son

ante todo prisioneros,
de sí mismos, de sus sentimientos,
de sus faroles, de sus miradas.
Las palabras se disponen así, estratégicamente,
sobre el gastado tapete de la vida.
La suerte del azar, el hilo caduco de sus entrañas,
las mañanas vacías, los vasos llenos,
su soledad de estrella, aquella música lejana,
las pantallas negras, la espectativa febril,
el silencio repetitivo del espejo y el polvo,
sobre todo el polvo depositado en los estantes y en la memoria
marcarán automática la apuesta.
La suerte está echada. Y solo aprendí
que seguiremos presos. Pero no,
no hablo de libertad,
porque ya no hay libertad bajo este pálido cielo…
…Sólo quedamos tú, lector, y yo, encerrados, 

entre puntos suspensivos…

La gramática del tiempo

…Los puntos, las comas, 

aumentan el sentido de las palabras,
rigen su temperatura,
marcan su paso por la vida
como huellas sobre el desierto.
Los silencios se hacen eco entonces
de todo lo que aún no se ha dicho.
Tocan como chelo indescifrable
la melodía del azar, sus amaneceres,
sus remansos… Como lenguas de fuego.
Existe una música oscura y vibrante 
en todo lo que callamos
cuando la muerte acecha tras la puerta
y la sombra del ciprés apunta sobre el muro
preguntándonos: ¿Cuándo,
cuándo resonará nuestro último aliento?

Reconciliación 

Poca cosa 

soy cuando te miro.
Poca cosa.
Un grano de arena,
una hoja al viento,
aquella lágrima en la lluvia,
que se suicidó desde tus mejillas,
para perderse y nunca volver.
La mañana se presenta fría en este espejo
como un frágil reproche o
una aurora pálida y cristalina.

Soy poca cosa
no cabe duda.

Sino fuera porque, a veces,
entre tanta bruma, me miras
devolviéndome el aliento.
Es entonces
cuando no importa lo dicho
ni ese silencio incómodo que me envuelve
en tu ausencia;
amanece en mi interior
la alegría de estar contigo
y esto, aunque no parezca gran cosa,
nos hace eternos.

Psicosis 

I

La noche puede ser agria como 

garganta de lobo. Hielo.
Hielo. Hielo en la sangre
y en la mirada negra.
Noto sus aullidos
estremecer entre las sombras,
mas sólo el silencio oculta
tus pasos entre la muchedumbre,
el aliento de la muerte y su nada,
su regalo y su condena.

II

No hay eco en esas voces.
Pero resuenan como llamaradas.
El abismo asoma tras la esquina,
el peso de la palabra,
la mirada inquieta,
la seguridad absoluta del que defiende
hasta la muerte
su derrota.

III

No hay náusea que quepa en este verso
ni verdad que no sepulte la certeza.
Miro el reflejo de mis manos cansadas
y no hayo más respuesta:
que un silencio atronador, un nudo
cristalino, una caricia desértica.

IV

Párpados de cenizas cuelgan

entre los desechos de una soledad 

que no cesa. Todo lo que importa parece

materia de derribo o 

en el mejor de los casos

de reciclaje.

V

Tanta furia, tanta rabia…

Se vuelve suspiro, se deforma 

hasta la nada. Aquello que fue TODO,

aquello que nunca tuvo nombre

se desvanece como humo 

tras las ventanas cerradas.

VI

Escribo para darle cuerpo al éter 

a ese fantasma agotador que 

me reta entre visillos. La noche es un enigma,

yo

su respuesta. 

VII

Siento tu silueta 

dibujada en la herida. 

El trazo volátil de lo que fue. Pero

nada es lo que parece. 

La noche lanza dentelladas

sumida en la fragilidad de una cárcel de acero.

VIII

Tú ganas, 

como siempre. 

No hay más realidad que la del rayo

ni más cielo que tu oscura mirada.

Me rindo por hoy.  Espero que el sueño

me devuelva la mañana.