Mi ciudad, (I).

Estoy en un atasco

y, por momentos, pienso

que nunca acabará.

No debo ser el único que se siente

preso, en medio de la autopista,

esfinge en un desierto de almas,

sediento de palabras y libertad.

Pero como estoy en un atasco

me consuelo

pensando que cada coche

es una isla salvaje e indómita

por descubrir.

Observo al conductor que tengo a mi derecha,

preguntándome si es abogado o fontanero,

si está casado o le gusta leer a Pizarnik,

si prefiere el rock o los gatos,

y como si notara mi mirada se vuelve hacia mí

sin verme.

Confieso que yo

tampoco he distinguido en él gran cosa:

una impermeabilidad opaca,

la sombra de una sombra,

cómo un apagón en el cine,

un móvil sin batería

o el silencio que sigue

a un punto y final.

El cant de l’enyor. (Per l’Eugeni, descansi en pau)

Criden,

criden les cordes d’aquesta guitarra,

criden, criden

aixecant el teló.

Crits, que són llàgrimes,

ballen una dansa eterna,

coreografia sense passos, ni dansaires,

sense rams, ni mocadors…

Només un buit ple de records, de música,

de moments que parpellejan a la memòria,

com estels sobre un cel seré,

dibuixen una passarel·la plena de vida,

un pont que travessa el no-res.

Tots els que omplim aquesta platea

contemplem a les onades plorant amb el vent,

perquè ell ja no pot ballar com sempre

i fins i tot les campanes es colpegen el pit

al pensar que ja no hi és.

Tant de bo puguis volar

deixant enrere els núvols d’una existència

que mai té sentit.

Aquí abaix l’espectacle continua

-quin remei-

i el teló no baixarà

mentre et moguis elegant i valent

sobre les taules fermes

de la nostra ment.

Tras el incendio

Te tengo, pero

estás tan lejos como el silencio,

como la luna,

como un secreto…

Sé que te tengo porque soy tuyo,

porque me lo dices:

con palabras, con tu cuerpo,

con alegría y dolor;

siempre que hablas y callas,

siempre que eres

tú.

Cada paso de este viaje nuestro

es un crisol de encuentros, una búsqueda de encuentros,

sobretodo cuando creemos

que no queremos volver a escucharnos,

porque no soportamos aquello que nos hace especiales o

-por qué no decirlo-

un poco insoportables…

Creo sinceramente

que en esos desvelos compartidos,

como si esnifaramos una línea de algo desconocido,

reside la razón del porqué no puedo estar sin ti.

Pienso que es algo simple, quizás,

como también pienso que

estos versos no sean merecedores

de un Ángel González o un Ernesto Cardenal,

pero al menos son auténticos

genuinos a este insomnio y este ahora.

Porque la vida, ¡ese policía corrupto!,

ha llenado nuestra rutina

de muerte,

de dolor,

de angustia,

y aún así

no sé bien cómo

de este incendio brutal,

de sus cenizas

juntos

somos capaces de huir de esta cárcel

-que sólo existe en nuestro pensamiento-

abriendo un grieta

donde se levantaban los muros.

Porque como una hoja que tiembla frente al vendaval

temblamos,

temblamos,

temblamos,

pero ningún viento que

sea ajeno a nuestro corazón

nos puede hacer caer.

Esa lágrima furtiva

A veces

en la radio del coche

suena una canción que reabre la herida,

como si nunca se hubiera cerrado, y

aminoras

para no chocar

con esa lágrima furtiva,

agazapada en la memoria,

que como una bestia caleidoscópica

que ha sobrevivido al olvido

te asalta,

te asalta en tu soledad,

desde su sombra,

como el eco de un lamento o

el triste negativo de una historia.

Puede pasar entonces

que la carretera se estreche o se retuerza,

peligrosamente,

transformada en remordimiento o pérdida,

en culpa o descrédito,

y tal vez, por un momento,

pienses en detener el coche para así

poder llorar mejor.

Conducir por esos caminos

por donde solo transita el alma

tiene estas cosas…

Tarde o temprano

acabas llegando al corazón.

La magia reside en ese instante

en que a esa canción le sigue otra

-realmente no importa el género-

y la herida vuelve a desvanecerse

como un espectro…

Es cuando sonríes y descubres,

justo antes de acelerar,

que somos la suma

de todos nuestros fantasmas, que

son ellos

los que nos hacen sentir vivos.

Begin the beguine

Me gustaría escribir que tras mi ventana se ve el mar,

que me viste cada mañana con aromas de oro y azul

y las gaviotas me arrullan cada noche con sus plácidas trayectorias.

Me gustaría contarte que un concierto de jilgueros atraviesa los cristales y

que los chopos y los abedules, los alcornoques y los robles

son nuestros vecinos por derecho de conquista.

Pero la aburrida y sobria realidad

muestra una geografía de áridos tejados y antenas de televisión;

claxones, sirenas y rugidos de motor dan cuerpo a la estampa

como gotas negras sobre un lienzo de Pollock.

Tras las cortinas se extiende la gris modernidad,

pero aquí dentro…

Aquí dentro estás tú, estoy yo y suena Cole Porter;

es de noche y hemos abierto una segunda botella de vino.

Estás hermosa, ¡joder! Mientras que yo

no sé si estoy borracho, pero me da igual,

quiero amarte como nunca nadie te ha amado,

buscando en la piel cada signo de un lenguaje que

sólo entendamos cuando no hagan falta más palabras que

mar, cielo, bosque

y Begin the beguine…

Ese hombre

Hubo una vez un hombre

que prefirió vivir descalzo.

Pero hay cosas peores…

Se despojó de la ropa que compraron sus padres,

de las ideas que había heredado y

salió a hacer camino.

Pero hay cosas peores, ¡mucho peores!

Durante años lo vi por mi pueblo

en constante peregrinación hacia ningún lugar,

trotamundos de lo metafísico, vagabundo de lo material,

de niño temía la suciedad de tus harapos, pero

también veía luz en esos ojos huidizos,

que ignoraban lo mundano,

y los imaginaba buscando luz en Dios sabe qué silencios.

Me cuentan que la muerte te hayó durmiendo,

no sé el porqué

creía que te fulminaría de una forma más poética.

Por eso recuerdo hoy el día

en qué vencí mis miedos y te hablé.

Tú sonreíste. No había miedo en tu rostro,

quizás una bondadosa resignación,

la melancolía del que pasa su vida en busca del tiempo perdido;

te pregunté ¿por qué vivir así?

Tú encogiste los hombros y me respondiste:

¿Por qué no?

Hay cosas peores…

Se vuelve humo

Como un cigarrillo que se consume en el cenicero,

la espera de tus labios se vuelve humo y cenizas;

algo de materia orgánica y…

Otro algo

que desea elevarse

para mirarnos desde arriba.

Lo cierto es que te echo de menos…

La tarde se quema entre mis dedos

mientras añoro tus manos pequeñas

dibujando interrogantes sobre mi espalda y

tus ojos brillantes y redondos,

como dientes de león, devorándome.

Supongo que estoy triste,

que estoy triste y te quiero,

que me arrepiento de haber sido tan yo

para no ser capaz de pensar en un nosotros.

Por eso te pienso,

desnuda ante mí,

para poder decirte lo que siempre callé.

Por eso te sueño,

amándome otra vez,

porque no quiero despertar.