Pequeño vaso. (A Ana Callejón)

Hay libros
en los que te sientes en casa
pues son umbral y cobijo, lumbre,
lecho, alimento, morada.
Pero ninguno contiene el calor de tus abrazos,
ni la fuerza de tu palabra.
No hay historia, amor,
ni epopeya, no hay poema,
ni sesudo ensayo
capaz de describir
las líneas de tu frente,
ni la suavidad de tus manos.
Porque la palabra
desnuda
no es más que un cuerpo inerte
y tú corazón bombea tanta vida
a cada rato…
Es fácil decir te quiero, amor,
decir te amo como amo el mar
o las mañanas,
como amo el cielo y sus pájaros.
Pero nunca podrás imaginar cuánto.
Porque es imposible
condensar un océano
dentro de este pequeño vaso.

Camaleón. (A José de la Ópera)

Yo no soy lo que soy

soy como me piensan.

Puedo ser un charlatán, un cabrón,

un pirata, un calavera,

un loco, un bohemio borracho,

sobre todo borracho,

un lletraferit o un juntaletras,

un comercial de la utopía,

un soñador en plena pesadilla,

como aquel que busca el abismo, como aquel

que sabe que éste habita en la certeza.

Puedo ser muchas cosas,

porque puedo ser como me piensas.

Pero cuando me miro al espejo

cuando me miro al espejo

el niño que fui

me devuelve la sonrisa.

Versos en el botiquín

Me gustaría escribir

los versos más tristes esta noche,

escribir por ejemplo

que nuestro amor

fue desde siempre un niño muerto.

Pero el abismo me consume

cuando te nombro o cuando te pienso y

los versos robados me parecen ligeros ropajes

para este duro invierno.

Hace poco que nos dijimos adiós,

cuídate, te deseo lo mejor,

como aquel que espera eludir al dolor

no mirándolo a la cara.

Hemos cruzado reproches, lágrimas desencajadas,

olas de espanto y palabras, muchas palabras,

como ramos de flores sobre una lápida

desmoronándose en un océano de silencio.

Pero la dura realidad se hace más cruda si cabe

cuando el rencor deja paso a tu ausencia y

en el botiquín no quedan más

que dos o tres prospectos arrugados.

Quiero escribirte, hablarte, amarte,

como si nunca hubiéramos abierto la hemorragia,

pensar que esta triste locura se convertirá

de la noche a la mañana en carnaval.

Lo cierto

es que te extraño

y -dijera lo que dijera Neruda-

aún no ha llegado la noche,

que lo que me inunda es la borrasca en los tejados, en nuestras calles,

en aquellos jardines donde te conté una vez

lo que imaginaba un tal Mario

a la izquierda del roble.

Epitafio

 

Ahora, cierro la ventana

que ha dado forma a mi soledad.

Con el destello de esta noche contemplo

toda la oscuridad que hay a mi alrededor.

Por fin, he entendido

que la vida no basta.

Tristeza.

Siento una tristeza

que no cabe en ninguna celda.

Hablo de un pesar de acero e injusticia

de lamento mudo

y ceguera compartida.

Un dolor bicéfalo, cavernario,

capaz de socavar mi pecho y mi sonrisa,

con cada palabra suicida

en la sien desnuda.

Tan grande es este desasosiego

que me consta que sigo vivo

porque me arde el corazón y las entrañas

con tanta sinrazón impuesta,

tanto odio germinado sobre el duro asfalto,

y toda esa muerte engalanada con grandes discursos

cómo tumbas abiertas a la sensatez.

Me da igual

-si os soy sincero-

la bandera que levanten

estos salvadores del honor y la patria

porque yo no tengo más patria que un folio en blanco,

unas cervezas entre amigos y tú pecho desnudo sobre el mío.

Su patria en mi cuerpo

no tiene estado, ni frontera.

Así que no vengan erigidos en Mesías de una tierra prometida, ni en protectores de la tradición.

Que no vengan, mejor dicho. Que se vayan.

Nunca han sido menos necesarios que

cuando parece que son imprescindibles,

sembradores de nada, estetas del absurdo,

voraces gargantas que engullen el futuro.

Llegará un día en esta tierra quemada

en que se pretenda coser sus almas rotas,

preparen hilos de palabras, suficientes madejas como para detener el naufragio.

Hasta entonces

en mi jardín habrá un lugar,

reservado y silencioso, casi litúrgico,

donde poder sentirme a salvo de este mundo,

de tanta tristeza

e incluso de mí mismo.

Busco.

Busco una poesía con respiración propia.

Respiración de nube y ola, de aleteo y dentellada,

que vuele sobre las fronteras y los espejos,

sobre los desvanes y sus cadenas.

 

Una poesía que no atienda al reloj

ni a más ritmo que el de su vientre insaciable.

 

Una poesía que sea mueca y desprecio

a la injusticia y sus discursos miserables:

siempre tan coherentes,

tan políticos y homicidas.

 

Una poesía que sea bitácora del malestar

que es tan mío como vuestro,

porque todos juntos

sólo somos

esa costra abierta en la herida de la historia:

su esperanza y su condena.

 

Una poesía que me represente

cuando no quede grito al que asirse

ni hilo que muestre la salida del laberinto, como

tristes Ariadnas (que nos creemos minotauros) o

Icaros que nunca llegarán al sol.

 

Una poesía que hable de ti, desde mi,

que sea el puente que nos una

más allá de nuestros precipicios y

la brújula negra que nos guíe

por si apagan todas las luces.

 

Una poesía que sea salvoconducto  y refugio

para aquellos que la noche incendia

en un fuego de mil lenguas sin nombre,

cuando la ceniza arrasa los párpados

y marchita los corazones de soledad.

 

Una poesía

que sea todo a pesar de su nada.

Un cosmos contenido entre interrogantes.

El principio y el fin de todos mis sueños.

Eso busco.

¿Y tú?