El colibrí azul.

Suspendido sobre las flores
el colibrí azul detiene el tiempo
se nutre de él, de su memoria.
Es un instante que abre
una grieta de luz
en el centro de un universo oscuro,
ennegrecido por la angustia
y el silencio…
El colibrí azul no es consciente de su poder
tan solo es un grafiti en la pared blanca
que vuela porque sus alas
conectan con el niño que fui
y sus ganas de volar.

Jaulas.

Tal vez por madurez,
por resignación,
o por seguir enamorado,
he aprendido
que la libertad es
poder elegir
cómo enjaularte. Yo
lo tengo claro.
Donde sea,
entre la razón y la locura,
pero
contigo.

Si muriera mañana.

Si muriera mañana
no sé detendría el tiempo,
no llorarían las farolas,
ni se abrazarían los pájaros,
no se oscureceria el agua,
ni hablarían las nubes sobre mí deceso.
Ana lloraría, lo pasaría muy mal,
y mis padres, los poco amigos que mantengo,
la familia que me quiere
aunque nos encontremos solo
cuando cambia el viento;
llamadme egoísta
pero la vida, el mundo, lo que importa:
las sonrisas, la mirada alegre de los perros,
la tranquilidad de los gatos
y la de algunos poetas. Todo eso:
el aroma del café por la mañana,
el goteo de un piano rompiendo el silencio,
el sabor de un beso de ojos cerrados,
las miradas que te desnudan con ojos abiertos,
el alivio de un suspiro y su ojalá,
perduraría como contrapeso
al ingente dolor que llora en el mundo
sin consuelo. Sin consuelo.
Ellos son la esperanza
que le queda al condenado, su última cena,
su sólido testamento.
Si muriera mañana, os legaría todo eso;
nada de palabras vacías, ni de abrazos maltrechos,
nada de miradas huidizas,
ni de soledad entre los dedos; que cantéis a la vida
porque cantando la penas son menos.
Por eso si muriera mañana
os llevaría en el pensamiento,
porque sois mi luna llena
y mi andar sereno.
Al final
la vida llega hasta donde esperan los dragones,
más allá,
os espero.

It’s a trap

Lamento anunciar
que la vida es una trampa;
cuando eres feliz, un día
te lo preguntas, solo deseas confírmarlo,
pero ya es tarde; la felicidad
es como ir al cine,
cuando piensas en lo que has visto
es porque la diversión ha acabado.

Necesito auriculares.

Una terraza vacía
y como en un cuadro de Hooper
tres personas charlan tras la cristalera: silencio.
Cálido silencio y una bolsa triste
bailando con el viento.
En éste lado de la plaza, en cambio,
un fascista evangeliza con gritos y cerveza,
a otra víctima de la fortuna.
Mi mente, que lleva todo el día moviéndose
al ritmo de “Moonlight serenade”, mira
como las farolas en otoño pintan los árboles de oro y sueña
con una soledad y un silencio,
donde no llegue el ruido, ni la estupidez.

Otro hijo (yo) del privilegio.

La radio siempre le da los buenos días,
toda una vida trabajando para asegurarse esto:
un buen expreso, el sol por el ventanal
y, tras él, unas tórtolas lavándose en la fuente.
Una vez me dijo con seriedad: Raúl,
mi única obsesión era daros lo mejor.
Yo le repliqué con sorna: y algún día lo heredaré, papá.
La vejez a parte de dar más perspectiva
te aporta mucho más tiempo,
como si la vida te regalara una última oportunidad
para un final limpio, sin más víctimas
que tus capacidades y tu memoria.
No tengo duda sobre sus bondades como padre,
sus errores lo han hecho único, pero
ahora que sus obsesiones son la seguridad,
mi madre y criticar a la izquierda,
resulta un hombre tierno, que se aferra
a lo poco que le permite
seguir sintiéndose fuerte. Sé que le quiero,
y que mientras le queden estas cosas
no habrá llegado la hora de acompañarle
en sus últimos pasos.

Escena.

La puerta entreabierta y el cigarrillo
expirando un último aliento gris en el                 cenicero,
la lamparita azul proyecta sombras inquietas,
lúgubres deformaciones de mi soledad.
Hasta la caniche se ha rendido a su        pelota
y se ha dormido. Esta es una noche
para soñar con lo insondable y su misterio,
para morir un poco por dentro
al no ser grito, ni vendaval que quiebre
esta mordaza de cristal. Veo que una araña
teje en la esquina del techo su trama…
¡Lo que me faltaba! Alguien tendrá que matarla
y tú no estás.

Respuesta a A.P.R.

Las heridas solo se reabren
porque nunca han estado del todo cerradas,
podía parecer que el tiempo y el silencio
habían curado los tejidos, pero los años
solo cubrieron de polvo lo inefable,
como un libro
oscuro
relegado
a los estantes del olvido.
Señalar
así su situación
es cosa de médicos o historiadores,
mas, en cualquier caso, se trata
de un ejercicio quirúrgico de memoria.
Dar un lugar a lo innombrable
resulta un descanso para la vida,
porque los muertos
no tienen heridas. A decir verdad,
no tienen nada.

Se lee…

Se lee en el cartel:
“si no te ven no existes”

y te parece tan triste,
como si nadie -o casi nadie-
supiera realmente como te sientes:
¿frágil?, ¿pequeña?,
¿ovillada en tu rincón?;
también piensas
que apenas uno o dos
conocen el volumen de tu vacío,
y tal vez sean menos
los que sepan navegar sin perderse
en los límites de tus silencios. Por eso
me miras con un mohín de lamento
y veo a una niña aterrada
que no comprende el mundo ni quiere.
Ni siquiera desea que el miedo
cambie de bando. Solo quiere que pase
como pasan los días,
sin preguntar.