Esta tristeza.

Esta tristeza de platos sucios
y casa deshabitada, ese silencio de niebla,
la taza vacía, no queda café.
Las páginas de este libro
me hacen llorar a gritos y el perro
me mira
y se vuelve a dormir.
Esta angustia que no sabe leer entre líneas
es literal como un puñetazo en el ojo
o romper un espejo,
la forma más simple de diseccionar mi mirada.
El reloj insiste como un pájaro carpintero
en agujerear mi cabeza y maldigo
que el día, ese largo laberinto,
tenga que empezar así.

Ojos en ceniza

Pensar en la muerte, desear
aplicarse de una vez su bálsamo definitivo,
tomarse la medicación de ese insensible psiquiatra,
apagar las mañanas que despiertas
más muerto que vivo, ajeno a la luchas diarias,
derrotado antes de abrir los ojos en ceniza;
quemar los libros, que arda todo
en la fiebre del adiós, y marcharse
sin despedida, ni explicaciones,
solo
con una sonrisa y el ceño tranquilo
como quien emprende un viaje anunciado
y demasiado tiempo pospuesto.
Un último viaje allá donde sople el viento
y el polvo se esparza en blanca nube,
allí donde imaginar en el silencio
la forma de un último suspiro.


Mensaje en la botella.

Escribir este poema
es arrojar un mensaje al mar.
Ojalá un día
lo lleve hasta ti.
Puede parecer una caprichosa ilusión
esperar que este nosotros, tan herido,
no se hunda con las tormentas, ni se desvanezca
en la oscuridad de los abismos, pero
si no pudiera soñar                        con volver realidad
aquello que solo vive en mi deseo
las olas no me traerían tu nombre y escribir
no tendría ningún sentido.

Prisiones.

Como Altolaguirre
agrandaré mis prisiones
al no poder ser libre,
daré alas a mis manos
para que alcen el vuelo en tu cuerpo,
pondré palabras a los sueños
y abriré grietas en el silencio
donde germine el presente.
La soledad entonces
                     no será más isla,
la soledad                        entonces
solo será la sombra de un pasado
en la que encontrarme contigo.

Las piedras en el río.

Estirar del hilo de una idea
con la legitimidad del herido y
la voluntad del rencor, es fácil;
como arrojar piedras sobre un charco,
ajeno al estallido y a sus ondas.
Las heridas marcan nuestra vida y también

se heredan

entonces esos charcos
no curan, ni cicatrizan,
solo remueven el barro de otro


aunque lo amáramos sobre todas las cosas,
aunque lo amáramos,
aunque fuera quien nos enseñara
a tirar piedras sobre los charcos,


aunque fuera…

Escribir como.

Escribir como se habla
que el lenguaje sea altavoz de
las calles que tanto amo,
de sus gentes y sus verdades,
de su vida plena y también
de su absurdo vacío,
la soledad de sus fronteras
y ese dolor                     innombrable
que supura en las heridas.
Escribir para que sientan
mis manos a su lado, ahora que
el mundo parece una distopía
donde los gritos
ahogan de silencio a la razón.

Llueve.

Llueve
y me siento
desnudo
ante:
las calles
vacias,
sus árboles
quietos,
las palabras
goteando y
esa calma
bendita
de agosto.

Lo inesperado
nunca
trae paraguas consigo.

A lo sumo
una maldición o
un recuerdo
de otras tardes
donde la desnudez
se inundó de ti.

Pokémon, hazte con todos.

Hemos quedado
unos pocos
para cazar un Pokémon,
hay que luchar contra él
con la fuerza de un enjambre,
como si fuera
un mamut de la prehistoria,
como si fuera Moby Dick.
Solo que quedamos
con el espíritu de ese coleccionista
que busca una foto
con la que presumir
a sus amigos.
No hay épica, ni falta que hace.
Es una lucha
donde lo único cierto
son las ganas de vencer. Es
el único motivo
por el que quedamos esos pocos,
porque por separado
las cicatrices de la derrota serían nuestro único trofeo.
Y no dejo de pensar,
como si en cada bola que lanzo
hubiera algo de mí, de mi resignación,
que si las personas
no se unen para luchar
por un bien mayor que ellos,
es porque no soportan pensar
que haya algo
que sea mas grande que su ego,
tan enorme
y tan pequeño,
como una imagen
sobreimpresa en la realidad.