El salto.

​Saltaré por la ventana

-pienso en ocasiones-
cayendo a plomo como  condena ineludible.
Volaré entre balcones
para despedirme de la vida
del tiempo, de sus adherencias.
Volaré entre cortinas
que ocultan aquello que ya no querré ver.
Volaré hasta el infarto
como un corazón que dimite de la sangre y sus burbujas,
hastiado de latir sin sentido, ni dirección. 
Así caeré hasta el infierno
para no mirar nunca más tu boca hambrienta, ni tus ojos sedientos,
y el calor de sus llamas me parecerá
un colchón donde al fin descansar.
Sólo deseo
que durante mi caída eterna
no te vislumbre tras tu ventana con ánimo de partir.
Si tú y yo contemplamos el vacío en nuestras pupilas
sé que descubriremos que nos quedan cosas por hacer, que lo importante no es la caída
es el aterrizaje.

No-mundos.

Lugares que no son.

Mundos que tal vez fueron.

Personas que buscan el sentido de la vida
que no es otro que una vida con sentido.

Deriva sin puerto, ni hombro, ni mano, ni verbo donde atracar y tomar aire.

Sucesión infinita de sombras
por los pasillos del laberinto. Hambre.

Hambre de pan y horizontes, de luz
que ilumine las mil mesetas,
donde los rostros se tornan gotas de lluvia
que no se encuentran y si se encuentran
no se reconocen ni se reconocerán entre ellas.

No-lugares, no-mundos, no-personas,
solo burbujas solitarias. Solas.
Incapaces de entender el poder de la espuma. 

Esferas

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Cabalgo nubes de dudas,

decidido a llegar al límite de tu esfera. Cuando

la luz esconde su sombra de espuma, dibujo,

ajado de ausencia, pentagramas en las piedras del camino.

Náufrago de desiertos y vapores eléctricos,

mendigo la semántica de tus caricias,

calculando los vectores que sostengan

la fuente sublime sobre el pretil de piedra.

Resonancias.

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Frío que despojas

las hojas hasta desnudar la escarcha

hacerla carne, rumor de hielo,

canto de alambre, crudo designio del marinero;

entonas la vibración infinita del silencio

en tus dedos, en tu nada, en la claridad oscura

del manantial seco. Tu cálido misterio alza

el eco que resuena en la llegada de la alondra,

como la música que colma el alma, y hace crecer

las negrillas entre la hojarasca furiosa.

 

fotografía: Luis Lafuente.

 

Cementerio.

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Un poema es como un cementerio

donde cada palabra tiene su propio epitafio,

su historia, su sendero, su brizna de hierba, su cielo,

sus muros y sus verjas, sus flores marchitas, sus lágrimas,

su silencio, su ausencia. Un cementerio sumergido en una sima incalculable

donde cada lápida resguarda sus viejos retratos, sus sueños, sus delirios,

sus afectos, las cosas que le unieron al mundo y aquellas

que trascendieron; los rostros de los borrachos, los mendigos y los locos, que

se cruzaron a brindar por Dylan Thomas o por Baudelaire, y

las caricias que recorrieron los muslos húmedos

para apacigüar el vacío infinito que no cabe, ni cabrá en ningún feretro.

El absurdo de estar vivo se delimita en cada coma, en cada punto,

frágil estructura a un caos que se propaga, como un incendio,

si es que hubiera algo real que pudiera arder, que no fuera

la incertidumbre absoluta del tiempo.

Ola de muerte

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Brote talado, luz que se desvanece en la memoria de la arena,

el cadáver ahogado de la postmodernidad besa la playa

sentenciándola a muerte. Su fantasma perdura en la vergüenza,

en la sangre que maquillamos con despecho. Tanta odio, tanta indiferencia,

nunca es gratuita, siempre deja un poso de bilis en los ojos del que mira,

un remordimiento patético de superviviente, el delirio cruel

que impulsa a la sociopatía. La sombra de lo que fue un niño

ahogado en la playa de Lesbos se la llevó la noche y las olas.

Él sin nombre, sin historia. Nosotros, sin inocencia.

Globalización 

Ahora es el momento,

mientras sea siempre todavía,
de globalizar las miradas que asumen 

el carrusel de diferencias. Compartamos
los vinos y los perfumes, 

los viajes a Ítaca

o a Orión, el aroma eterno de la Atlantida y las canciones que nunca entonaron en el Parnaso.

Globalicemos todo lo que somos, 
antes de que sea tarde y los vórtices
se marchiten como lirios cobardes.

Hay demasiada calma en este mar y no,
no podemos permitir que el crepúsculo se torne cadena perpetua.

Lancemos tsunamis de luz
hacia aquellos que no quieren ver y se sacuden impotentes
en sus telas de araña y acero. Mostremos
la belleza del rincón polvoriento, la fraternidad de los gatos, el misterio de lo insólito y la paciencia del por-venir.

Globalicemos todo ello como misión última y eterna,
antes de que el amanecer nos haga temblar
con una última melodía desesperada y el aullido del tiempo 

nos silencie para siempre.