Del amor y otras máscaras (poemas cortos)

Dentro, muy adentro,
donde en ocasiones no llega ni la luz,
ni el amor propio,
hace frío.
Por eso quiero decirte algo
esta mañana de enero:
aquí afuera
alguien cree en ti.



Al final, llegó la tormenta
y todos huyeron a refugiarse
como animales heridos.
Tú y yo en cambio
nos besamos bajo la lluvia
y el amor caló la ropa y los corazones.

Creo que siete años después
sigo empapado.



Ahora que todos nos tapamos la cara
por miedo a un posible contagio
ahora que nos reconocemos con las miradas
quizás aprendamos un poco del otro.
Nunca es tarde,
todavía.



El que no sabe leer en una mirada
nunca sabrá entender un corazón.
Al fin y al cabo elaboramos nuestras máscaras
con las palabras que pueden ocultarnos
de un buen lector.

Más poemas cortos.

No es verdad que el tiempo
todo lo cura,
a veces son las nuevas heridas
las que te hacen olvidar tus cicatrices.

Y de repente la alegría
te recuerda
que no hay nada tan pesado
como para que no vuele
con una carcajada.

Sin memoria no hay verdad,
pero tampoco importa
mientras dure
este perdurable segundo.

La música no engaña
cuando te toca el corazón
hasta la piel se eriza
para que no olvides su melodía.

El trabajo no nos hace libres,
la verdad tampoco. Como mucho
nos encadena a nuevas formas
de ver el mundo. En el primer caso
como siervos voluntarios, en el segundo
como esclavos de nuestra perspectiva.

Los poemas cortos
son aquellos aforismos
que no pretenden aseverar.
No les hace falta.

Singularidades.

Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia lo que realmente tiene“.
Stephen Hawking

De la nada,
del contenido
de un recipiente vacío,
antes de que fueran imaginadas
las palabras
con las que darle forma,
estalla
como un fogonazo de luz y vida
la idea y el espacio de su deseo.
A veces parece
que sea la misma experiencia de Dios
la que elige sus cuerpos celestes
en contraposición
con el silencio y su antimateria.
Pero francamente
no soy tan ególatra.
Encontrar un hilo de Ariadna
en ese caos universal
suele ser cuestión de tiempo.
Por suerte
no todos transitamos
los mismos caminos,
ni encontramos
las mismas salidas.

Algunos poemas cortos

Cuando las palabras sobran
y el dolor se encarna en el silencio,
solo hay que estar ahí, como
una semilla esperando el deshielo.


La tristeza tiene sabor a café solo,
pero lo más amargo, lo que no se endulza
ni con una sonrisa, es esa culpa
que te hace sentir vergüenza de estar vivo.


Reconstruirse implica una renuncia,
siempre se pierde algo en el naufragio,
por esto mismo sobrevivir
provoca tanto dolor como placer.


Olvidar
por un momento
quienes somos y
salir
de nuestro infierno
por la puerta grande
nos recuerda
que la soledad,
esa compañera de viaje,
también es pasajera.


Si el infierno son los otros
estamos condenados a arder.
Brindemos por ello
hasta ser una misma llama.

La cuna vacía

La distancia entre ambos lados del sofá
es como un precipicio de silencio, de rutina,
y cruzarlo implica ir cargado
con una mochila extra de hastío y derrota.
Los minutos se alargan como letanías,
las horas se funden como plomo en los hombros,
y los días, ay, los días,
son el metrónomo de una balada triste
a la que nadie puso palabras.
Las sonrisas languidecen con el frío
y los cuerpos desnudos tiritan deshojados
en una danza gris y mecánica sobre cemento sin fraguar.
En la esquina de la habitación
aún está montada la cuna vacía,
pero aunque los pájaros de sus pequeñas sabanitas
ya no vuelan,
su aleteo vibra en el alma como un cascabel.
Hemos hablado
de regalarla a alguien que la necesite,
pero aún es pronto, nos repetimos,
aún es pronto
para decir adiós.

Supervivencia.

Puede pasar que ese lugar,
que siempre has amado,
te parezca poca cosa,
como una estrella lejana y difusa, y
remuevas con el tenedor tu plato favorito,
discutas con tus fantasmas hasta dormida
o mires el mundo desde un punto equidistante
entre el hartazgo y el vacío.
Puede pasar que te canses de que a tu mente
siempre le toque perder al comecocos,
de qué las rosas jueguen con sus espinas,
y las espinas te hielen la sangre
como lágrimas sin un por qué.
Puede que el silencio enmudezca tus horas,
que el tictac del reloj se te clave en la sien, que las mañanas
sean un frío corredor de la muerte
donde esperar que salga el último tren.
Puede pasar que la vida sea triste
-no es tan raro si lo piensas-
que el hambre no se sacie con pan,
ni que haya un poema que te erice la piel.
Puede pasar que la ansiedad ahogue tu voz y
que la crisis sea global
y el miedo, la paranoia, el fin del mundo,
nos grite desde los medios de comunicación
como pájaros heridos o cachorros sin adopción.
Todo puede pasar y lo que es peor
sin palabras que consuelen, cuerpos que acompañen,
ni miradas de comprensión.
Me gustaría darte una esperanza. Pero
cuando todo está perdido
y el absurdo danza con el sinsentido
y las manos crispadas intentan agarrar el dolor,
solo nos queda abrazar con fuerza lo que somos,
ese amasijo maltrecho, esa tara sin nombre,
ese monstruo pacífico que somos, porque
esa realidad inefable sigue ahí,
por lo que solo queda ser honesta contigo misma,
ponerle palabras, amar hasta armar a aquella que
lleva contigo desde antes de que la conocieras.
Lo horrible, además,
lo verdaderamente terrorífico,
es no ser capaz de entender
el sufrimiento que algunos causan a los demás.
Lo nuestro tiene nombre. Se llama
supervivencia.

El colibrí azul.

Suspendido sobre las flores
el colibrí azul detiene el tiempo
se nutre de él, de su memoria.
Es un instante que abre
una grieta de luz
en el centro de un universo oscuro,
ennegrecido por la angustia
y el silencio…
El colibrí azul no es consciente de su poder
tan solo es un grafiti en la pared blanca
que vuela porque sus alas
conectan con el niño que fui
y sus ganas de volar.

Jaulas.

Tal vez por madurez,
por resignación,
o por seguir enamorado,
he aprendido
que la libertad es
poder elegir
cómo enjaularte. Yo
lo tengo claro.
Donde sea,
entre la razón y la locura,
pero
contigo.

Si muriera mañana.

Si muriera mañana
no sé detendría el tiempo,
no llorarían las farolas,
ni se abrazarían los pájaros,
no se oscureceria el agua,
ni hablarían las nubes sobre mí deceso.
Ana lloraría, lo pasaría muy mal,
y mis padres, los poco amigos que mantengo,
la familia que me quiere
aunque nos encontremos solo
cuando cambia el viento;
llamadme egoísta
pero la vida, el mundo, lo que importa:
las sonrisas, la mirada alegre de los perros,
la tranquilidad de los gatos
y la de algunos poetas. Todo eso:
el aroma del café por la mañana,
el goteo de un piano rompiendo el silencio,
el sabor de un beso de ojos cerrados,
las miradas que te desnudan con ojos abiertos,
el alivio de un suspiro y su ojalá,
perduraría como contrapeso
al ingente dolor que llora en el mundo
sin consuelo. Sin consuelo.
Ellos son la esperanza
que le queda al condenado, su última cena,
su sólido testamento.
Si muriera mañana, os legaría todo eso;
nada de palabras vacías, ni de abrazos maltrechos,
nada de miradas huidizas,
ni de soledad entre los dedos; que cantéis a la vida
porque cantando la penas son menos.
Por eso si muriera mañana
os llevaría en el pensamiento,
porque sois mi luna llena
y mi andar sereno.
Al final
la vida llega hasta donde esperan los dragones,
más allá,
os espero.