La calle del gato. (A Antonio Lucas)

Se escuchan los alaridos del hambre

en la oscura calle del gato.
Un estallido le sigue a otro
como muescas en la culata del absurdo.
Hay procesiones y banderas,
hay miedo, mucho miedo,
en la mirada de aquel niño
que observa un mundo ahogado en la indiferencia.

Sobre la piscina sucia flotan las palabras
y el cadáver del pájaro se hunde
en un último vuelo hacia Nunca Jamás.
Ignoro si como dice Lucas: a la salvación
se llega por delirio

He bebido demasiadas veces de esa copa rota. He llorado demasiadas imágenes para sentirme sano y salvo. 

En un mundo como éste 

delirar debiera ser un derecho, cuanto más cruel y homicida se vuelve el hombre. 

Pero la palabra no atiende al delirio. Le gira la espalda, negando sus significantes. 

La palabra es un pájaro

con tendencia a acercarse demasiado al sol.

Amanecer.


Esta mañana no quiero escribir

ni tu nombre, ni tan siquiera
unos puntos suspensivos.
Esta mañana sabe a te negro
y cielo azul,
a sol impaciente y mar
sediento.
Esta mañana las paredes
se me antojan cárceles
tan blancas
tan vacías
que no cabe ni mi alma.
Las calles nos esperan,
las terrazas, la cerveza fría
las muchachas y muchachos paseando
como en pasarelas de vida
ante nuestros ojos.
Hoy no quiero escribir
ni un verbo,
ni un sustantivo,
porque los versos
en tu compañía
germinan mejor.
Da igual que no tengamos
ni mucho dinero, ni poca vergüenza;
en días como hoy
cuando te miro
comprendo al fin qué sentido tiene
eso que llamamos poesía y
que resulta ser
todo eso que guardas: agua,
luz, silencio, abismo,
palabras, misterios y
un largo etcétera. 

Fotografía: O. Estrada y M. Castro.

La palabra que germina 

-aleteo marino-
no entiendes de tamaños, ni cantidades.
Tu fuerte es la voz del tiempo,
la memoria de las nubes,
el baile eterno con la sombra del abismo
y la pertinaz búsqueda
de lo que esconden en su vientre
los sustantivos. 
Seguramente
tu utilidad es tan discutible
como la de un fusil o un reloj parado,
pero ningún corazón donde hayas habitado
podrá negar nunca
tu capacidad para sembrar futuros.

Tiempo y ceniza.


​Los relojes no saben que marcan las horas,

ni los muertos recuerdan como llegaron hasta allí.

Una ola de ceniza sombría
nos arrastra por las calles y los bulevares,
por las estaciones de metro y los tejados,
como nubes en busca de cielos más claros o pájaros que sueñan
con alzar un puente sobre el abismo.
Los corazones marcan los pasos sin pensar,
igual que aquellos viejos relojes.
Porque si pensaran…

Porque si pensaran…
Se detendrían.

Quizás las estrellas…

Quizás las estrellas
crean que los fugaces
somos nosotros. Diminutas
hormigas que se piensan,
mientras viven,
eternas.
Construimos así: imaginarios, sociedades, culturas…

delirios, poemas y soledades
como aquel que sueña
con la chica del fondo
antes de subir al último tren.
Quizás también los sueños esperen que
algún día despiertos nos preguntemos: ¿qué habría sido de nosotros si hubiésemos sido estrellas?
Pero para eso tenemos que despertar.

Jornada de reflexión.

Sueños, alegorías y perversiones.
 2016-04-12-17-23-20-1

Sobre los tejados que asoman por mi ventana vuelan las golondrinas y los enigmas que parió la noche en su desvelo. Preguntas que aletean, oscuras y vivas, palpitantes, como las primeras luces del amanecer. Yo escribo sin pensar. Pero las antenas de televisión me recuerdan que hay otros mundos más allá de estos cielos. Mundos donde el dolor y la rabia,  la cruel indiferencia se mezclan con la sanguinaria costumbre de pisar a los de abajo, a esos que ni se les nombra, ni se les espera. Parecería absurdo estar vivo. Sobre todo si el homicidio y la corrupción se maquillan por el bien común y el lenguaje se estira, retorciéndose, vencido por el poder y sus escaparates. Lo dijo Lacan y lo dijo Jesucristo: La palabra no sirve. La palabra ha muerto. Larga vida a la palabra. Cuando no queda nada a lo que asirse y hemos hundido todos los significantes sobre los que navegar, la vida se vuelve más triste, un drama que ni el tiempo convierte en comedia. Lo único que parece pervivir en el núcleo de esta madeja es la esperanza. Sin su obstinada perseverancia, su frágil interés por sostenernos, nada tendría sentido. En estos tiempos oscuros sólo queda recordar a Calderon. Él nos avisaba de que la vida era sueño. ¿Cuándo podremos despertar?

La más hermosa de las locuras

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Tu risa es un grito
que desata la más hermosa de las locuras.
Un estallido de júbilo que invita a compartir.
Desde el rincón desde donde a veces
te observo
llega la vibración de tu alegría,
su melodía indiferente contrasta
con la tristeza de mis cenizas,
las devuelve a su esencia,
a su vacío.

Entonces me miras ajena a mis agujeros negros,
traspasas las nebulosas de mi incertidumbre y

no puedo hacer otra cosa

que reírme de mi,
contigo.