El balcón.

Otra vez en este balcón,

buscando con la mirada algo que detenga

este viento y este ahora. Una luz

-por ejemplo-

o un pájaro invisible o una nube encarnada…

Algo que pueda llegar a ser

más real que el dolor,

más presente que esta herida

que llora como lloran los ríos:

sin detenerse, ni darse tregua.

Algo, cuya verdad desgarre el frío,

como el llanto de un niño al nacer.

Por eso me obstino en volar,

volar bien alto,

para aprender a mirarnos sin miedo.

Así iré a tu encuentro,

sin prisas, sin lamentos, sin excusas,

escogeré entonces las palabras

que sean necesarias

-ni una más-

para darte la bienvenida

otra vez en este balcón

donde renacimos.

Resonancias-2.

Frío que despojas
los brotes hasta desnudar la escarcha…

…Hasta hacerla carne, rumor de hielo,
canto de alambre y otoño,
crudo designio del marinero;
esa vibración infinita
-viva de silencios-
habita en tus dedos, en tu nada,
en la claridad oscura del manantial seco.

Tu pálido misterio alza
un eco que resuena con la luz de las alondras;
como la música que colma el alma y hace crecer
las negrillas entre la hojarasca furiosa.

Una delgada e invisible frontera

En lo oscuro, con los ojos cerrados,
(como antes de nacer), veo,
imagino tus ojos, rasgando las tinieblas.

Para mí se está volviendo algo cotidiano,
como tomarme una copa de vino mientras preparo la comida,
buscarte en la ausencia, rescatarte del silencio…

No sé quién eres. Creo que nunca te conocí.
Solo sé que necesito tu luz
para recomponer aquello que nadie sabe que está roto.

Hablo de mi infierno,
pero también podría hablar perfectamente
del cielo.
Al fin y al cabo, solo los separa una delgada e invisible frontera.

Violencia.

Asistí a esa violencia otra vez…

No era mía,

pero me incendió,

como se incendian los bosques en verano,

por el trasluz de un cristal,

por el último brillo de una colilla…

¿Y qué hacer cuando te entran ganas de matar,
cuando la rabia es más fuerte que un poema o un compromiso,
cuando el aire no entra en los pulmones
ni se abre camino en la jungla de asfalto sino es a cuchillo?

Si os digo la verdad, no lo sé,

por eso me lo pregunto.

Porque cuando no hallo respuestas

escribo.

Y punto. (Certezas de un hipocondríaco)

Latas vacías y un silencio

tan hiriente, tan denso, tan presente

que la vida se detiene

porque no se detiene aún…

En su lugar

un miedo aterrador,

una presencia insignificante de muerte y

ausencia perenne.

Tan fácil es que un punto

ese signo mudo y radical, esa parada obligada,

pueda darle la vuelta a todo

hasta abrirte los ojos por no cerrarlos

o por no llorar…

Al fin y al cabo son posibilidades -siempre lo son-,

aunque parezca lo contrario.

Un punto negro, semirredondo,

una pupila traviesa, una señal confusa,

me devuelven al paramo, al desierto dónde germiné.

Y miro la hora como si tuviera respuestas…

Miro la hora porque el tiempo,

ese compañero fiel y silencioso,

ese libro innacabable,

parece que se haya concentrado en mis labios temblorosos,

en una boca que desea chillar y revelarse,

que su grito sea el ancla desesperada que le aferre al mundo…

Cuando ya no sea capaz de cantarle al mar o la mañana

solo espero que me quedes tú,

como si el eco pudiera capturar el negativo del silencio,

como si pudiera ser,

como si fuera…