En voz alta

Leer poesía debería hacerse siempre en voz alta,
es lo que requiere para estar a su altura.
El silencio es para la creación, para la duda,
para una soledad desangelada.
Por contra, un poema leído
es una celebración de lo emocional,
como aquel que exclama al ver un viejo amigo
deberíamos dar constancia de que esas palabras
fueron escritas especialmente para nosotros
cuando no sabíamos ni leer.

Lo poco que he aprendido. (A mis padres)

Si algo me ha enseñado la vida es: que nadie es mejor que nadie, que la arrogancia es el arma de los que desconfían de sus propios argumentos y que la humildad siempre brilla, aunque la eclipse el fracaso; que el conocimiento solo sirve si se comparte, pero es mejor compartir un trozo de pan o un vaso de vino, unas risas o un lamento, porque las cosas más básicas, son los cimientos de la vida, la base de nuestra humanidad; que el mundo está lleno de belleza, de pequeñas acciones anónimas que nos salvan del incendio y que el poder es un monstruo cruel cuyo único fin es perpetuarse y que para eso muchas veces se disfraza de Dios; que todo es efímero, hasta lo que parece eterno, y que hay que hacer acopio de buenos ratos, porque al final solo nos quedará la memoria y sus cachitos de espejo; que la melancolía es un exceso de pasado que nos evita vivir el presente, pero también es un refugio donde siempre seremos bien recibidos; que la infancia se vive por obligación y que por eso hay que cuidarla de los adultos que ya no recuerdan que fueron niños; que aprendemos más de los errores que de los aciertos y que vistos de cerca todos estamos locos, en mayor o menor medida, pero que la locura no está reñida ni con la bondad ni con la inteligencia, solo supone una mayor fragilidad, como si avanzáramos sobre una fina capa de hielo; que los libros son como el mar, tan profundos y cercanos, que no detienen su tránsito constante aunque parezcan muertos; que nada tiene sentido, ni la verdad, ni la existencia, y que es por eso que solo podemos ser felices cuando no nos preguntamos si lo somos; que el amor no es la respuesta, ni sana enfermedades, pero sin él la vida es más triste y mucho menos amable y que si no decimos un te quiero mañana puede ser demasiado tarde; que sin empatía, sin emoción, solo desde el intelecto, nunca podremos conocer bien a nadie y que la poesía, aunque no tenga más función que la de fijar el movimiento y compartir soledades, siembra futuros poniendo palabras donde solo había silencios errantes.

Un lago bajo la lluvia.

“El tacto tiene memoria”

John Keats

Si le preguntamos a la piel
quizás nos cuente historias de un viaje
de ida y vuelta,
como una ruta circular
hacia nuestros nombres;
un abrazo retenido,
esa mirada que nos acarició desnuda,
el sexo húmedo y descarado…Y sin embargo
la memoria de la piel
es más profunda que todas las rosas,

no necesita que la toquen,
para que toda ella se erice
como un lago bajo la lluvia.

Como el mar al anochecer.

Estamos en el balcón del hotel
y me pido una copa de vino;

Ana solo bebe agua.

Ella sueña con que algún día

cuando yo muera

le quede algo vivo de mí.

Luego canturrea distraída
mientras mira su teléfono.
Yo quiero otra copa,
pero no la pido.
Mi sangre ya está condenada
y el futuro me parece oscuro
como el mar al anochecer.

(Yo)

Debería de ser fácil,
cómo distinguir en un mapa la península ibérica,
dejar de mirarse el ombligo,
su vórtice fetal,
para ver a un otro, a tu lado,
que te necesita.
Pero más allá de una instrumentalizante otredad,
nos relacionamos
como paramecios insatisfechos,
tan encerrados en el (yo)
que la evolución se torna entelequia.

El humo y la vida.

Empecé a fumar con 14 años por rebeldía,
por afán de libertad,
porque fumar era propio de héroes,
-aún pensaba que el cine
era un buen reflejo de la realidad-
bendita inocencia.
Desde entonces he buscado
miles de maneras de ser libre y

al final

todas han resultado humo.

Cada decisión me ha atado más a la vida,
ha marcado un momento y un lugar,
definiéndome por lo precario de mis posesiones,
porque en realidad
mi única preocupación siempre fue
con quién compartir el próximo cigarro… Cuando soy yo

el que debería de dejar de fumar.

Ana (una parte de todo)

Ana
siempre me hace reír.

Es su superpoder y su responsabilidad.

Para ella

darle la vuelta al mundo, pensar

que la actualidad es un cuadro y la verdad un cuento
que solo entendemos de niños es

una forma de volar, de salvarnos del naufragio.

Sé que puede parecer
una frívola deformación, una pobre comedia en sesión continúa,
pero lo cierto es que

en ocasiones,

le puede el desánimo y se sepulta en la cama,

arañando sus cicatrices,

llorando como lloran

las más bellas flores suicidas.

Es entonces,

cuando tengo que enfrentar la borrasca,

armarme de cielos

y desarmar los fantasmas

Porque su risa

es un manantial que debe preservarse

de la tóxica contaminación de la existencia.

Solo así

tal vez

le devuelva

una parte de todo lo que me ha regalado.