Como el mar al anochecer.

Estamos en el balcón del hotel
y me pido una copa de vino;

Ana solo bebe agua.

Ella sueña con que algún día

cuando yo muera

le quede algo vivo de mí.

Luego canturrea distraída
mientras mira su teléfono.
Yo quiero otra copa,
pero no la pido.
Mi sangre ya está condenada
y el futuro me parece oscuro
como el mar al anochecer.

El humo y la vida.

Empecé a fumar con 14 años por rebeldía,
por afán de libertad,
porque fumar era propio de héroes,
-aún pensaba que el cine
era un buen reflejo de la realidad-
bendita inocencia.
Desde entonces he buscado
miles de maneras de ser libre y

al final

todas han resultado humo.

Cada decisión me ha atado más a la vida,
ha marcado un momento y un lugar,
definiéndome por lo precario de mis posesiones,
porque en realidad
mi única preocupación siempre fue
con quién compartir el próximo cigarro… Cuando soy yo

el que debería de dejar de fumar.

El café de las mañanas

Me gusta tomar café por las mañanas en esta plaza,
mirar a la gente, leer un poco, intentar escribir…
Son formas de huída cercana,
como sumergirme en una piscina de bolas buscando mi niñez,
o soñar que soy otro,
solo por imaginar qué le gustaría más: Benedetti o Baudelaire,
El truco está en jugar a que no te ven,
sólo así puedes mirar con el atrevimiento desesperado de una estatua viviente. Y
con un poco de fortuna
el mundo te regala una mirada, una sonrisa,
un recuerdo en forma de presente,
que atesoro… Y es que a mi edad
la memoria
es un baluarte oculto,
un jardín umbrío donde todo,
hasta el olvido, responde a un porqué.

Ana (una parte de todo)

Ana
siempre me hace reír.

Es su superpoder y su responsabilidad.

Para ella

darle la vuelta al mundo, pensar

que la actualidad es un cuadro y la verdad un cuento
que solo entendemos de niños es

una forma de volar, de salvarnos del naufragio.

Sé que puede parecer
una frívola deformación, una pobre comedia en sesión continúa,
pero lo cierto es que

en ocasiones,

le puede el desánimo y se sepulta en la cama,

arañando sus cicatrices,

llorando como lloran

las más bellas flores suicidas.

Es entonces,

cuando tengo que enfrentar la borrasca,

armarme de cielos

y desarmar los fantasmas

Porque su risa

es un manantial que debe preservarse

de la tóxica contaminación de la existencia.

Solo así

tal vez

le devuelva

una parte de todo lo que me ha regalado.

…Y mar,

en la memoria eterna,

en la caricia cercana,

en ese azul que vi de niño,

cuando todo era sencilla

como tu mirada honesta.

Hay cosas que nunca cambian -por fortuna-

porque cuando te veo,

tan cerca y tan lejos,

ante mis parpados cerrados,

todo se ve más claro.

Eres como esos fantasmas que nos resucitan.

Ese algo que nos impulsa a seguir adelante,

porque saben mejor que nadie,

que no es momento de decir adios.

Tal vez,

en el mejor y el peor de los casos,

un hasta siempre

-como siempre-

imaginado…

Macarrones.

Recuerdo que de niño
le dije que me habían gustado mucho sus macarrones
y ella me los preparó durante siete días consecutivos…

Así que yo no quise probarlos nunca más.

Solo ahora entiendo que era su forma de quererme,
su torpe y excesiva manera de cuidarme.

Cada día, de aquella interminable semana:
pochó la cebolla, sofrió la carne, redujo el tomate
y lo dejó reposar mientras hervía el agua y se cocía la pasta.

Hubiera tardado menos en hacerme una ensalada y un filete,

en freír unos huevos con patatas…

Pero yo le había comentado
que me gustaban mucho sus macarrones,
que eran mejor que los de mi madre (su hija).
Sin imaginar que mis palabras,
le señalaban un delirante camino
para que yo me sintiera
mejor que en mi propia casa.

Ayer fui a verla al hospital,

se está muriendo y…

…Hace tiempo que el alzheimer no le permite ni preparar un pan con tomate.

Cuando mi madre la despertó,
nos sonrió y nos dijo:
<<Recordad, recordad…
Hay que vivir…>

Poco después, cuando llegué a casa,
mi mujer me preguntó en qué pensaba.
Yo le dije que estaba triste.

-¿Quieres que cocine yo? -Me propuso.

-Vale, haz macarrones. -Le pedí, mientras me encendía otro cigarrillo.

¡Joder!

Va siendo hora de dejar de fumar.

La higuera.

Solía venir de pequeño a visitarte, cuando la vida era sencilla

como sentarse a tu sombra, esperando a que la gravedad

fuera generosa con tus negros frutos.

Recuerdo que, por aquel entonces,

las tardes se alargaban como prematuras estrellas fugaces

y que imaginaba ser mayor para al fin ser libre.

Vivir -qué equivocado estaba-

me parecía una aventura que solo los adultos protagonizaban.

Mis héroes eran adultos, mis padres también,

mientras que yo solo era un niño, ajeno a la guerra y a la miseria,

que esperaba, impaciente, el porvenir.

Pero a pesar de todo, de mi ignorancia, de mi estupidez,

solía escaparme hasta aquí las tardes de verano

en compañía de Verne, Stevenson o Tolkien,

-según me diera-, porque lo que sí sabía era que los sueños,

en compañía, germinan mejor.

Supongo que era un niño algo solitario, que no entendía el mundo,

ni lo pretendía; que me revelaba contra mi visión de lo injusto,

huyendo bajo tus ramas, en esa isla diminuta que habitaba,

como un Robinson Crusoe en medio de un océano de palabras.

Hoy, rozando los cuarenta, he vuelto y no estabas.

Supongo que era fácil de imaginar.

En tu lugar se extiende el asfalto del aparcamiento de un Lidl,

hay niños con sus padres, pero diría que ninguno ha llegado a conocer

a los que un día fueron mis amigos, porque los libros

se abren para dejarte entrar en su mundo

mientras que las pantallas, a pesar de su luz,

solo te devuelven un reflejo difuso de lo que podrías llegar a ser.

Ahora, puedo comprar todas las frutas que quiera comer,

pero sigo sin saciarme. Supongo que, tristemente, sigo sin entender el mundo…

¡Y ni falta que hace!