Acabas un libro,
has pasado un año y medio con él
y lo conoces como a un hijo,
como a ellos
llega un día en que debes dejarlos volar
con esa mezcla de orgullo prudente
y temor por su futuro.
Ciertamente te conformas con poco. Sólo esperas:
que la vida no le sea demasiado dura,
que hasta los más críticos lo llamen por su nombre y
que llegue, sin grandes cicatrices, hasta donde pueda llegar.

A estas alturas…

A estas alturas del camino
poco importa como llegué hasta aquí,
todo mis pasos cumplieron un propósito
y lo único que lamento
es no haber aprendido suficiente.
En esta hora tardía lucho
por vivir en mi, por vivir contigo,
porque crezcan flores en las ruinas y
cristalicen los lamentos en perlas
que puedan coronar la blanca cima.
Todo lo demás da igual: éste
ha sido mi viaje, mi ruta salvaje
en la busqueda de mí mismo.
Todo este tiempo te he estado esperando, amor,
y lo demás
son las piedras que han marcado mi camino.

Lo poco que he aprendido. (A mis padres)

Si algo me ha enseñado la vida es: que nadie es mejor que nadie, que la arrogancia es el arma de los que desconfían de sus propios argumentos y que la humildad siempre brilla, aunque la eclipse el fracaso; que el conocimiento solo sirve si se comparte, pero es mejor compartir un trozo de pan o un vaso de vino, unas risas o un lamento, porque las cosas más básicas, son los cimientos de la vida, la base de nuestra humanidad; que el mundo está lleno de belleza, de pequeñas acciones anónimas que nos salvan del incendio y que el poder es un monstruo cruel cuyo único fin es perpetuarse y que para eso muchas veces se disfraza de Dios; que todo es efímero, hasta lo que parece eterno, y que hay que hacer acopio de buenos ratos, porque al final solo nos quedará la memoria y sus cachitos de espejo; que la melancolía es un exceso de pasado que nos evita vivir el presente, pero también es un refugio donde siempre seremos bien recibidos; que la infancia se vive por obligación y que por eso hay que cuidarla de los adultos que ya no recuerdan que fueron niños; que aprendemos más de los errores que de los aciertos y que vistos de cerca todos estamos locos, en mayor o menor medida, pero que la locura no está reñida ni con la bondad ni con la inteligencia, solo supone una mayor fragilidad, como si avanzáramos sobre una fina capa de hielo; que los libros son como el mar, tan profundos y cercanos, que no detienen su tránsito constante aunque parezcan muertos; que nada tiene sentido, ni la verdad, ni la existencia, y que es por eso que solo podemos ser felices cuando no nos preguntamos si lo somos; que el amor no es la respuesta, ni sana enfermedades, pero sin él la vida es más triste y mucho menos amable y que si no decimos un te quiero mañana puede ser demasiado tarde; que sin empatía, sin emoción, solo desde el intelecto, nunca podremos conocer bien a nadie y que la poesía, aunque no tenga más función que la de fijar el movimiento y compartir soledades, siembra futuros poniendo palabras donde solo había silencios errantes.

L@s principit@s

Hay personas que saben sentir de forma casi innata,
no han necesitado grandes tragedias
para saber cuándo llorar,
ni emborracharse con Pan para saber reír.
Son personas sencillas y dispuestas,
atentas al pequeño mundo que habitan
como pequeños y humildes personajes de Saint Exupéry.
La curiosidad de esas personas
se despierta cada mañana
como un reloj biológico y exploran
con ambición de jardinero
lo que crece a su alrededor.
Son personas cuya sabiduría se nutre
de querer entender al otro
y por el otro
han aprendido a escuchar con atención
para no perderse entre la niebla.
Esas personas
nos llevan siglos de evolución de ventaja
porque mientras que la mayoría
empezamos a saber sentir
después de haber llegado al zenit de nuestro conocimiento,
ellos no necesitan escribir versos
para llenar el mundo de poesía.

No aprendemos.

“La maldad no necesita razones, le basta con un pretexto.”
Goethe.

Dos de enero y Trump
ha ordenado asesinar a un general iraní.
La tercera guerra mundial
es tendencia en redes sociales.
Nunca te fíes -le digo a Ana-
de un presidente con peluquín,
son como aquellos niños del colegio
que, para tapar su estupidez,
deseaban ser delegados de clase. Aunque
lo lamentable es que nosotros
siempre elegíamos al más tonto.

Y no aprendemos.