Prisiones.

Como Altolaguirre
agrandaré mis prisiones
al no poder ser libre,
daré alas a mis manos
para que alcen el vuelo en tu cuerpo,
pondré palabras a los sueños
y abriré grietas en el silencio
donde germine el presente.
La soledad entonces
                     no será más isla,
la soledad                        entonces
solo será la sombra de un pasado
en la que encontrarme contigo.

Las piedras en el río.

Estirar del hilo de una idea
con la legitimidad del herido y
la voluntad del rencor, es fácil;
como arrojar piedras sobre un charco,
ajeno al estallido y a sus ondas.
Las heridas marcan nuestra vida y también

se heredan

entonces esos charcos
no curan, ni cicatrizan,
solo remueven el barro de otro


aunque lo amáramos sobre todas las cosas,
aunque lo amáramos,
aunque fuera quien nos enseñara
a tirar piedras sobre los charcos,


aunque fuera…

Pokémon, hazte con todos.

Hemos quedado
unos pocos
para cazar un Pokémon,
hay que luchar contra él
con la fuerza de un enjambre,
como si fuera
un mamut de la prehistoria,
como si fuera Moby Dick.
Solo que quedamos
con el espíritu de ese coleccionista
que busca una foto
con la que presumir
a sus amigos.
No hay épica, ni falta que hace.
Es una lucha
donde lo único cierto
son las ganas de vencer. Es
el único motivo
por el que quedamos esos pocos,
porque por separado
las cicatrices de la derrota serían nuestro único trofeo.
Y no dejo de pensar,
como si en cada bola que lanzo
hubiera algo de mí, de mi resignación,
que si las personas
no se unen para luchar
por un bien mayor que ellos,
es porque no soportan pensar
que haya algo
que sea mas grande que su ego,
tan enorme
y tan pequeño,
como una imagen
sobreimpresa en la realidad.

El tendedero.

La ropa tendida,
-por fin ha dejado de llover-
la ropa interior al lado de los pantalones,
las camisetas con las camisas:
solo lo oscuro.

El olor a suavizante me hace sonreír,
creo que, por encima de todo,
la vida sigue su ritmo y que
un poco de razón tenían los católicos:
hay manchas que se van
si usas el jabón adecuado.

No basta con reconocer el mal
hay que eliminarlo o
en el peor de los casos
asumir la pérdida y comprender
que esa prenda
no la puedes llevar cuando quieras.

A la gente no le suele gustar la ropa sucia

por eso la lava en casa.

Viejas heridas.

A veces escribir
es reabrir la herida,
rascar con las uñas
la vieja cicatriz,
hasta que una gota
de sangre emborrona
las sombras y los silencios
de este pálido amanecer.

A veces reabrir la herida
es lo que nos queda
para sentir la vida,
desatar los nudos del pasado y
acallar esas voces
que nos recuerdan
los pasos que marcaron
este deambular por las calles
buscando un lugar en el mundo.

Si escribir
es reabrir la herida,
puede ser la única forma
de no acabarlo todo
con un punto y final…

Acabas un libro,
has pasado un año y medio con él
y lo conoces como a un hijo,
como a ellos
llega un día en que debes dejarlos volar
con esa mezcla de orgullo prudente
y temor por su futuro.
Ciertamente te conformas con poco. Sólo esperas:
que la vida no le sea demasiado dura,
que hasta los más críticos lo llamen por su nombre y
que llegue, sin grandes cicatrices, hasta donde pueda llegar.

A estas alturas…

A estas alturas del camino
poco importa como llegué hasta aquí,
todo mis pasos cumplieron un propósito
y lo único que lamento
es no haber aprendido suficiente.
En esta hora tardía lucho
por vivir en mi, por vivir contigo,
porque crezcan flores en las ruinas y
cristalicen los lamentos en perlas
que puedan coronar la blanca cima.
Todo lo demás da igual: éste
ha sido mi viaje, mi ruta salvaje
en la busqueda de mí mismo.
Todo este tiempo te he estado esperando, amor,
y lo demás
son las piedras que han marcado mi camino.

Lo poco que he aprendido. (A mis padres)

Si algo me ha enseñado la vida es: que nadie es mejor que nadie, que la arrogancia es el arma de los que desconfían de sus propios argumentos y que la humildad siempre brilla, aunque la eclipse el fracaso; que el conocimiento solo sirve si se comparte, pero es mejor compartir un trozo de pan o un vaso de vino, unas risas o un lamento, porque las cosas más básicas, son los cimientos de la vida, la base de nuestra humanidad; que el mundo está lleno de belleza, de pequeñas acciones anónimas que nos salvan del incendio y que el poder es un monstruo cruel cuyo único fin es perpetuarse y que para eso muchas veces se disfraza de Dios; que todo es efímero, hasta lo que parece eterno, y que hay que hacer acopio de buenos ratos, porque al final solo nos quedará la memoria y sus cachitos de espejo; que la melancolía es un exceso de pasado que nos evita vivir el presente, pero también es un refugio donde siempre seremos bien recibidos; que la infancia se vive por obligación y que por eso hay que cuidarla de los adultos que ya no recuerdan que fueron niños; que aprendemos más de los errores que de los aciertos y que vistos de cerca todos estamos locos, en mayor o menor medida, pero que la locura no está reñida ni con la bondad ni con la inteligencia, solo supone una mayor fragilidad, como si avanzáramos sobre una fina capa de hielo; que los libros son como el mar, tan profundos y cercanos, que no detienen su tránsito constante aunque parezcan muertos; que nada tiene sentido, ni la verdad, ni la existencia, y que es por eso que solo podemos ser felices cuando no nos preguntamos si lo somos; que el amor no es la respuesta, ni sana enfermedades, pero sin él la vida es más triste y mucho menos amable y que si no decimos un te quiero mañana puede ser demasiado tarde; que sin empatía, sin emoción, solo desde el intelecto, nunca podremos conocer bien a nadie y que la poesía, aunque no tenga más función que la de fijar el movimiento y compartir soledades, siembra futuros poniendo palabras donde solo había silencios errantes.