Solamente

Sólo me parezco a Bukowski
en la devoción al vino,
pero hasta que mi hígado declare lo contrario
seré un aficionado.


Sólo me parezco a Beckett
en ese sentimiento de espera absurda
que me parece la vida,
porque cuando todo llegue a su fin
no habré casi ni comenzado.


Sólo me parezco a Pessoa
en la certeza de que no hay nombre que me contenga
porque dentro de nosotros
-ya lo dijo Saramago-
existe algo que no tiene nombre
y es precisamente lo que somos.


Sólo me parezco a Lorca cuando
celebro la vida como si fuera a acabarse mañana,
porque la noche es oscura y en ella
conocemos a los monstruos
que fuimos durante el día.


Sólo me parezco a Baudelaire al pensar
que todas las flores pueden ser flores del mal
y cuando recuerdo al niño que fui
satisfecho con mis juguetes
frente a otro niño más sucio y con menos suerte,
mirándome con una rata en las manos.


Sólo me parezco a un poeta
cuando olvido a quien me parezco y


borracho, herido y oscuro


celebro la vida como un regalo;
porque cuando digo
que pudo ser mucho peor
me refiero a que pude
no haberte conocido jamás.

Dudas

Siempre empieza igual:
una arruga en el entrecejo,
la mirada perdida y dentro de ella
un océano de dudas,
largo y profundo, como un suspiro.
Siempre comienza así y
reconozco
que hay veces que no sé ni dónde guarecerme
de esta mecánica agotadora.
Sería mucho más fácil saber siempre qué decir,
cómo mirar, dónde mover las manos;
pero para qué -me repito-
todos los que aparentan saber todas las respuestas,
en el fondo, me parecen aún más perdidos.

El tendedero.

La ropa tendida,
-por fin ha dejado de llover-
la ropa interior al lado de los pantalones,
las camisetas con las camisas:
solo lo oscuro.

El olor a suavizante me hace sonreír,
creo que, por encima de todo,
la vida sigue su ritmo y que
un poco de razón tenían los católicos:
hay manchas que se van
si usas el jabón adecuado.

No basta con reconocer el mal
hay que eliminarlo o
en el peor de los casos
asumir la pérdida y comprender
que esa prenda
no la puedes llevar cuando quieras.

A la gente no le suele gustar la ropa sucia

por eso la lava en casa.

El viaje.

Tanto miedo,
tanto, tanto,
a viajar ligero de equipaje
que atamos nuestras manos,
silenciamos las palabras y cedemos derrotados antes de luchar.

Tanto miedo,
tanto, tanto, que soñamos,
por no morir,
que la libertad espera
al otro lado de la puerta,
como un lunes al sol, un amor
imperfecto y maravilloso
o una palabra que al fin
abra la cerradura.
Tanto miedo a mirar, a escuchar,
a comprender.
Tanto miedo…

Pero la verdad es que
nunca hemos sido tan libres,
porque nunca hemos estado tan cerca.

Por eso te llamo esta noche,
para romper el sortilegio que te paraliza.
Porque aunque creas

que estos barrotes son tu casa,
un universo entero se abre en tu corazón.


Tomalo si quieres. Ámalo.
No necesitas maleta para este viaje.

La tregua.

Y de la noche a la mañana
se detuvo el mundo.


Justo a tiempo para que viéramos
que en unos días
el agua volvía a ser transparente
como los espejos más fieles,


el aire traía más cantos de pájaros que polución y,
separados por orden gubernamental,
las personas volvían a añorarse

y a valorar la amistad, el amor, la verdad…

Pareciera que el mismo Prometeo
haya desobedecido también a la muerte
para darnos otra oportunidad.


Pero mucho me temo que los humanos
somos esclavos de nuestros dioses,


ellos alimentan nuestros caprichos,
como a niños mimados e irresponsables.


El virus, sin saberlo,
nos ha concedido una tregua, y


quizás
la última lección
antes de que sea tarde.

Acabas un libro,
has pasado un año y medio con él
y lo conoces como a un hijo,
como a ellos
llega un día en que debes dejarlos volar
con esa mezcla de orgullo prudente
y temor por su futuro.
Ciertamente te conformas con poco. Sólo esperas:
que la vida no le sea demasiado dura,
que hasta los más críticos lo llamen por su nombre y
que llegue, sin grandes cicatrices, hasta donde pueda llegar.

Blowing in the wind

Los árboles ya no están,
pero el viento sigue todavía
peinando las calles con indiferencia.
Seguramente, no se de cuenta
de que ya casi nadie se estremece a su paso,
que solo se levantan a saludarle
la basura
             y los papeles perdidos
                           de algún incívico poeta.

Sórdidas respuestas soplan
en estos tiempos bárbaros,

mientras pisamos el acelerador
-como Thelma y Louise-
directas hacia el precipicio.

Otra vez aquí.

Repetir, perseverar,
insistir hasta la náusea,
no garantiza ni un buen verso,
ni un amor correspondido.
Lo más probable es acabar vomitando
el café de la mañana
o conseguir una orden de alejamiento.
Pero a veces
amamos tanto el amor
que necesitamos creer en milagros,
porque aunque éstos no existen,
duelen igual.

Y nos gusta.

Un día gris.

Hoy es un día gris
de esos amargos que dejan
irremediablemente
un regusto intenso a melancolía.
Por lo demás
todo sigue igual,

navegando en tus sueños,
yo
volado de ausencia.
Quizás la lluvia cumpla sus amenazas
y estalle contra el suelo
en un giro de guión imprevisible.
Así mañana
veremos crecer entre los adoquines
un tallo verde
que nos anuncie la primavera.