Como el mar al anochecer.

Estamos en el balcón del hotel
y me pido una copa de vino;

Ana solo bebe agua.

Ella sueña con que algún día

cuando yo muera

le quede algo vivo de mí.

Luego canturrea distraída
mientras mira su teléfono.
Yo quiero otra copa,
pero no la pido.
Mi sangre ya está condenada
y el futuro me parece oscuro
como el mar al anochecer.

Aquella noche.

Hoy recuerdo
el primer amanecer que incendió
nuestras sábanas y nuestras bocas
en una jauría de dentelladas calientes.
Era invierno,
pero no hacía frío. A tu lado
las horas                    pasaban invisibles.

Sigues teniendo esa cualidad,
ese poder intangible sobre mí. Tus manos
me atan a tu cuerpo
y tu cuerpo                   desata mi ser
                     como un hermoso delirio.

El reloj sigue parado
en aquel instante preciso
cuando la rigurosa escarcha se hizo carne
y tras la ventana empañada
la ciudad parecía una sombra frágil
que no soportaba nuestra luz.

Fue una noche de febrero, lo recuerdo bien,
porque no hacía frío.

Fue ante el esplendor de tu conjura
cuando ardí contigo. 

La gramática del tiempo

…Los puntos, las comas, 

aumentan el sentido de las palabras,
rigen su temperatura,
marcan su paso por la vida
como huellas sobre el desierto.
Los silencios se hacen eco entonces
de todo lo que aún no se ha dicho.
Tocan como chelo indescifrable
la melodía del azar, sus amaneceres,
sus remansos… Como lenguas de fuego.
Existe una música oscura y vibrante 
en todo lo que callamos
cuando la muerte acecha tras la puerta
y la sombra del ciprés apunta sobre el muro
preguntándonos: ¿Cuándo,
cuándo resonará nuestro último aliento?

Vuela.

A Vicente Rubio Gandia (DEP)


Como una golondrina con las alas rotas

que alza el vuelo último

para nunca regresar…

Así imagino tu partida,

cansada ya de cerrojos y cárceles de cristal, de

correas en las muñecas rotas, 

de aullidos sin respuesta, de pastillas

que adormecían el vértigo sin nombre,

a ese fantasma sin rostro, a la palabra

que ya no volverá a resonar. 

Como un pájaro incendiado 

en un aleteo interrumpido… 

Solo. En la blanca habitación, entre 

sus impolutas paredes, dentro de

la jaula que para nosotros 

han fabricado con tanta desvergüenza.

Aquella donde no cabe ni historia, ni nombres, ni identidades que 

no sean las impuestas por el descaro 

de la mal llamada ciencia. 

Esa mazmorra 

sistemática, química, hueca, 

absurda donde te aislaron queda abierta

en el centro de la llaga. Por tu parte:

qué decirte que no supieras…

Nunca más estarás solo, amigo. 

Así que vuela, vuela al fin, 

vuela hasta que tus cenizas

cobren el sentido que le robaron a tu carne.

Vuela hasta que el mar te devuelva la sonrisa.

La textura del cuervo. 

​Esa tristeza que sangra en la aurora

traza un mapa de dolor y silencio,
una guía repleta de miradas perdidas,
de cigarros apagados y versos
ahogados en tazas de café. Hablo de una tristeza
atmosférica, capaz de extenderse
como un hálito de desesperación,
sustituyendo la música de tus ojos
por un réquiem oscuro y el brillo dulce de tus labios
por la áspera sensación que trae consigo el olvido.
Son tristezas que vuelan con los cuervos
arrancando de las miradas todo fulgor,
todo atisbo de vida y esperanza.
Igual que una noche lúgubre
aquella en la que los fantasmas visten con plumas negras los espejos,
hayo tu grito herido, tu sombra en sombra,
tus cicatrices abiertas como tumbas vacías.
Así, tras este hallazgo espantoso,
puedo morir, para poder despertar.

Sonoridades. 

Esta mañana desnuda de hojas

tiembla como el viento hace estremecer las ramas.
Hay frío en mi corazón y un fuego gélido en mi mirada.
Siento en la punta de mis dedos
en mi frente inclinada
el peso de los años y la condena de su marca.
Quiero levantarme como se levantan las olas
tornarme tsunami o enredadera o  catarata.
Salir volando como alondra al amanecer…
Y descansar al fin
como descansa el trigo
cuando lo siega tu guadaña.