El viaje.

Tanto miedo,
tanto, tanto,
a viajar ligero de equipaje
que atamos nuestras manos,
silenciamos las palabras y cedemos derrotados antes de luchar.

Tanto miedo,
tanto, tanto, que soñamos,
por no morir,
que la libertad espera
al otro lado de la puerta,
como un lunes al sol, un amor
imperfecto y maravilloso
o una palabra que al fin
abra la cerradura.
Tanto miedo a mirar, a escuchar,
a comprender.
Tanto miedo…

Pero la verdad es que
nunca hemos sido tan libres,
porque nunca hemos estado tan cerca.

Por eso te llamo esta noche,
para romper el sortilegio que te paraliza.
Porque aunque creas

que estos barrotes son tu casa,
un universo entero se abre en tu corazón.


Tomalo si quieres. Ámalo.
No necesitas maleta para este viaje.

La tregua.

Y de la noche a la mañana
se detuvo el mundo.


Justo a tiempo para que viéramos
que en unos días
el agua volvía a ser transparente
como los espejos más fieles,


el aire traía más cantos de pájaros que polución y,
separados por orden gubernamental,
las personas volvían a añorarse

y a valorar la amistad, el amor, la verdad…

Pareciera que el mismo Prometeo
haya desobedecido también a la muerte
para darnos otra oportunidad.


Pero mucho me temo que los humanos
somos esclavos de nuestros dioses,


ellos alimentan nuestros caprichos,
como a niños mimados e irresponsables.


El virus, sin saberlo,
nos ha concedido una tregua, y


quizás
la última lección
antes de que sea tarde.

Acabas un libro,
has pasado un año y medio con él
y lo conoces como a un hijo,
como a ellos
llega un día en que debes dejarlos volar
con esa mezcla de orgullo prudente
y temor por su futuro.
Ciertamente te conformas con poco. Sólo esperas:
que la vida no le sea demasiado dura,
que hasta los más críticos lo llamen por su nombre y
que llegue, sin grandes cicatrices, hasta donde pueda llegar.

Blowing in the wind

Los árboles ya no están,
pero el viento sigue todavía
peinando las calles con indiferencia.
Seguramente, no se de cuenta
de que ya casi nadie se estremece a su paso,
que solo se levantan a saludarle
la basura
             y los papeles perdidos
                           de algún incívico poeta.

Sórdidas respuestas soplan
en estos tiempos bárbaros,

mientras pisamos el acelerador
-como Thelma y Louise-
directas hacia el precipicio.

Otra vez aquí.

Repetir, perseverar,
insistir hasta la náusea,
no garantiza ni un buen verso,
ni un amor correspondido.
Lo más probable es acabar vomitando
el café de la mañana
o conseguir una orden de alejamiento.
Pero a veces
amamos tanto el amor
que necesitamos creer en milagros,
porque aunque éstos no existen,
duelen igual.

Y nos gusta.

Un día gris.

Hoy es un día gris
de esos amargos que dejan
irremediablemente
un regusto intenso a melancolía.
Por lo demás
todo sigue igual,

navegando en tus sueños,
yo
volado de ausencia.
Quizás la lluvia cumpla sus amenazas
y estalle contra el suelo
en un giro de guión imprevisible.
Así mañana
veremos crecer entre los adoquines
un tallo verde
que nos anuncie la primavera.