(Yo)

Debería de ser fácil,
cómo distinguir en un mapa la península ibérica,
dejar de mirarse el ombligo,
su vórtice fetal,
para ver a un otro, a tu lado,
que te necesita.
Pero más allá de una instrumentalizante otredad,
nos relacionamos
como paramecios insatisfechos,
tan encerrados en el (yo)
que la evolución se torna entelequia.

No nos basta.

No nos basta con contemplar
la irremediable finitud de los días,

su oscura profecía.

Ni siquiera percibir
cómo lentamente
la sangre va adquiriendo
un negro hedor a futuro y muerte.

Las alarmas desatadas
chillan como bebés condenados
a una yerma rectitud de cruces sin nombre.
Pero la gente sigue ahí,
embotelladas en sus casas,
como luces que esperan
que nadie las apague

cuando llegue el alba.

Luces de navidad.

Están instalando las luces de navidad
y estamos a 20 grados,

los niños juegan en la plaza.

El recuerdo de un noviembre frío
se va desvaneciendo como el hielo de mi vaso.
Quizás se acerque el fin del mundo y
con suerte
no lo veré. Es tan propio de estos tiempos
exclamar un ¡sálvese quien pueda!
Parece que nos conformemos en desear
que si va a desatarse la tragedia
nos pille jugando.

Vacío

El bar está vacío,
como los tejados por los que ando
buscando cielos.
Vacío como mi mirada cansada de verme
siempre al otro lado,
tan extraño en mi locura, como
un abrazo sin dueño.
Vacío como ese vaso cargado de recuerdos,
como ese sueño cargado de olvido.
Así escribo en el suelo del funambulista
imaginando pájaros que escriben con su vuelo
palabras que rompan el maleficio.

Una carcajada en la televisión encendida
me devuelve a este espacio de un golpe.
El dueño me mira con sus ojos rasgados.

Es la hora de salir.

El humo y la vida.

Empecé a fumar con 14 años por rebeldía,
por afán de libertad,
porque fumar era propio de héroes,
-aún pensaba que el cine
era un buen reflejo de la realidad-
bendita inocencia.
Desde entonces he buscado
miles de maneras de ser libre y

al final

todas han resultado humo.

Cada decisión me ha atado más a la vida,
ha marcado un momento y un lugar,
definiéndome por lo precario de mis posesiones,
porque en realidad
mi única preocupación siempre fue
con quién compartir el próximo cigarro… Cuando soy yo

el que debería de dejar de fumar.

Ciudad de muertos.

Si de verdad amas a Euridice
Vete al infierno
Y no vuelvas.

Ángel González

No hay victoria posible,
sólo barbarie. Tampoco conquistas, salvo alguna calculada concesión.

La derrota es por tanto

total y absoluta.

No nos queda otra que renunciar a las grandes trincheras
por esas humildes luchas
entre las sombras condenadas
de esta ciudad de muertos.

Asumámoslo

por la verdad y la justicia.

Si realmente amas el mundo
baja conmigo al infierno

aún estamos a tiempo de rescatar

a aquellos de los que nadie se acuerda.

Tristes días

Hoy es uno de esos días tristes,
tristes, tristes.
En los que mi cuerpo cansado
escribe estos versos
como renuncia a la vida.
Es demasiado el dolor, demasiada la tristeza,
para intentar otra pirueta desesperada…
Mientras mis párpados desean que se cierre el telón,
mi corazón se aferra
a lo que puede y llora triste,
triste, triste, sobre el papel.

Llora con palabras

lo que mi boca silencia.