Una delgada e invisible frontera

En lo oscuro, con los ojos cerrados,
(como antes de nacer), veo,
imagino tus ojos, rasgando las tinieblas.

Para mí se está volviendo algo cotidiano,
como tomarme una copa de vino mientras preparo la comida,
buscarte en la ausencia, rescatarte del silencio…

No sé quién eres. Creo que nunca te conocí.
Solo sé que necesito tu luz
para recomponer aquello que nadie sabe que está roto.

Hablo de mi infierno,
pero también podría hablar perfectamente
del cielo.
Al fin y al cabo, solo los separa una delgada e invisible frontera.

Violencia.

Asistí a esa violencia otra vez…

No era mía,

pero me incendió,

como se incendian los bosques en verano,

por el trasluz de un cristal,

por el último brillo de una colilla…

¿Y qué hacer cuando te entran ganas de matar,
cuando la rabia es más fuerte que un poema o un compromiso,
cuando el aire no entra en los pulmones
ni se abre camino en la jungla de asfalto sino es a cuchillo?

Si os digo la verdad, no lo sé,

por eso me lo pregunto.

Porque cuando no hallo respuestas

escribo.

Límites

El psicoanálisis

-como diría San Agustín-

intenta contener el oceano en un vaso de agua.

La poesía

-en cambio-

es mar, es abismo, es firmamento;

querer ponerle límites

es como pretender alcanzar el horizonte…

La verdad y lo infinito,

no entiende de terminos.

…Y mar,

en la memoria eterna,

en la caricia cercana,

en ese azul que vi de niño,

cuando todo era sencilla

como tu mirada honesta.

Hay cosas que nunca cambian -por fortuna-

porque cuando te veo,

tan cerca y tan lejos,

ante mis parpados cerrados,

todo se ve más claro.

Eres como esos fantasmas que nos resucitan.

Ese algo que nos impulsa a seguir adelante,

porque saben mejor que nadie,

que no es momento de decir adios.

Tal vez,

en el mejor y el peor de los casos,

un hasta siempre

-como siempre-

imaginado…

Tras el incendio

Te tengo, pero

estás tan lejos como el silencio,

como la luna,

como un secreto…

Sé que te tengo porque soy tuyo,

porque me lo dices:

con palabras, con tu cuerpo,

con alegría y dolor;

siempre que hablas y callas,

siempre que eres

tú.

Cada paso de este viaje nuestro

es un crisol de encuentros, una búsqueda de encuentros,

sobretodo cuando creemos

que no queremos volver a escucharnos,

porque no soportamos aquello que nos hace especiales o

-por qué no decirlo-

un poco insoportables…

Creo sinceramente

que en esos desvelos compartidos,

como si esnifaramos una línea de algo desconocido,

reside la razón del porqué no puedo estar sin ti.

Pienso que es algo simple, quizás,

como también pienso que

estos versos no sean merecedores

de un Ángel González o un Ernesto Cardenal,

pero al menos son auténticos

genuinos a este insomnio y este ahora.

Porque la vida, ¡ese policía corrupto!,

ha llenado nuestra rutina

de muerte,

de dolor,

de angustia,

y aún así

no sé bien cómo

de este incendio brutal,

de sus cenizas

juntos

somos capaces de huir de esta cárcel

-que sólo existe en nuestro pensamiento-

abriendo un grieta

donde se levantaban los muros.

Porque como una hoja que tiembla frente al vendaval

temblamos,

temblamos,

temblamos,

pero ningún viento que

sea ajeno a nuestro corazón

nos puede hacer caer.

Esa lágrima furtiva

A veces

en la radio del coche

suena una canción que reabre la herida,

como si nunca se hubiera cerrado, y

aminoras

para no chocar

con esa lágrima furtiva,

agazapada en la memoria,

que como una bestia caleidoscópica

que ha sobrevivido al olvido

te asalta,

te asalta en tu soledad,

desde su sombra,

como el eco de un lamento o

el triste negativo de una historia.

Puede pasar entonces

que la carretera se estreche o se retuerza,

peligrosamente,

transformada en remordimiento o pérdida,

en culpa o descrédito,

y tal vez, por un momento,

pienses en detener el coche para así

poder llorar mejor.

Conducir por esos caminos

por donde solo transita el alma

tiene estas cosas…

Tarde o temprano

acabas llegando al corazón.

La magia reside en ese instante

en que a esa canción le sigue otra

-realmente no importa el género-

y la herida vuelve a desvanecerse

como un espectro…

Es cuando sonríes y descubres,

justo antes de acelerar,

que somos la suma

de todos nuestros fantasmas, que

son ellos

los que nos hacen sentir vivos.

Se vuelve humo

Como un cigarrillo que se consume en el cenicero,

la espera de tus labios se vuelve humo y cenizas;

algo de materia orgánica y…

Otro algo

que desea elevarse

para mirarnos desde arriba.

Lo cierto es que te echo de menos…

La tarde se quema entre mis dedos

mientras añoro tus manos pequeñas

dibujando interrogantes sobre mi espalda y

tus ojos brillantes y redondos,

como dientes de león, devorándome.

Supongo que estoy triste,

que estoy triste y te quiero,

que me arrepiento de haber sido tan yo

para no ser capaz de pensar en un nosotros.

Por eso te pienso,

desnuda ante mí,

para poder decirte lo que siempre callé.

Por eso te sueño,

amándome otra vez,

porque no quiero despertar.