Plaza 11 de septiembre

La libertad es una librería

Joan Margarit

El sol de noviembre revela
unas gotas de lluvia secas en el toldo sucio.

A este lado

unos aforismos de K. y otro café.
Al otro, el cielo está azul y las parejas pasean sus carritos de bebé
o pasean su amor, simplemente…

Sutil primavera la de este otoño
que hasta la gente triste parece amarse.

Llegué aquí preguntándome por la libertad, ahora que no la busco en las librerías,
pero mi mirada

recorre una y otra vez
-no sin cierta nostalgia-

los restos de una ilusión,
como unas manchas en el plástico
que no recuerdan que fueron nube.

Sofá y mantita.

La perra en mi regazo y el gato…
Vete tú a saber dónde se habrá metido.
Ana y yo comemos pipas, hay
una pizza en el horno y vemos una serie en Netflix,

aunque en realidad

sólo la escuchamos

-tenemos la mirada fija en las pantallas de nuestros teléfonos-. Ella
mira videos sobre trucos del hogar y yo
busco algo en Twitter que me haga sonreír.
En algún momento levantamos la mirada,
han matado a alguien de un disparo en la cabeza.
Luego nos miramos impertérritos
“este olía a muerto desde hace una temporada” y pienso
que la vida no se parece al arte, se parece
a una mala serie de televisión,
que pasa de un capítulo a otro,
y la contemplamos
sin saber cuando la van a cancelar.

Infancia (atrápame si puedes).

A veces, miro a los niños, esos

que nunca tendremos, amor.

Y no me siento aliviado.

Ser padre no entra en mis planes,

pero contemplar tanta vida,

rescata del olvido a aquel otro niño,

ese que ahora se recuerda trepando a un árbol, jugando

a las canicas, al pilla pilla y hacía de portero en el recreo.

Es inquietante pensar que nada cambia, que

desde aquellos años tempranos

me persigue la muerte y que ahora,

a diferencia de entonces, fumo como un carretero.

Pasiones y otras cegueras

Tanta pasión como precipicio de la inteligencia,
tanto arrojo desmedido, tantas certezas

alimentando

el delirio y las hogueras.
Pero nos hace sentir tan vivos…
Que parece que volemos sobre los tejados y las verdades,
sobre la gente y sus sombras inquietas.

Sólo al fin comprendemos
en un golpe preciso y duro,
que para volar hay que tener alas, pero

para caer a plomo

sólo necesitamos

pensar que podemos ver en la oscuridad.

Miedo.

Escribir es también tu miedo, pavor

a que las palabras sean ángeles exterminadores:

de rostros queridos, de complicidades,
de afectos.

Un terror subterráneo

a que caigan los puentes

y no halle más eco en esta isla

que el de mi desolada

soledad.

Pero al miedo

solo hay una forma de encararlo

y es desnudo.

Aquí estoy,

habítame,

gracias a ti

sé volver a casa.