Exilio.

No sé si las fronteras que un día levantamos

frente a nuestra mirada lejana

dejaron este rastro de culpa, 

esta mueca triste y estúpida en mi orografía.

Tantas heridas abiertas, tantas mentiras

como ríos 

erosionando los valles y las mesetas.

Tantas, tantas… 

Sólo me queda volar sobre el viento,

negar el pasado una y mil veces,

convertirme también en agua

en furia,              en lamento.

Para que nadie sepa de mi

y yo 

sólo vea en ellos

a una parte equidistante

entre la memoria y el olvido,

esa tierra de nadie: mi exilio.

Dadme…

Dadme la verdad:

aunque duela, aunque sangre

aunque sea un tsunami que arrase con todo o

invoque a aquellos fantasmas que pueblan el desierto.

Dadme la verdad,

porque la deseo más que a la vida,

la fortuna o al amor que me consuela

en su ausencia absurda.

Dadme la verdad,

en forma de dardo o puñal

con el estallido del rayo o el estruendo

de un balazo en la noche eterna.

Dadmela. Dadme la verdad,

para que con ella pueda colmar al fin

este inabarcable e infinito silencio

tan lleno de voces

como de irrealidad.

Deseos.

Lo que deseo es sencillo,

pero nunca simple:

estar a tu lado, abrazados al instante,

hasta que el cuerpo y el corazón

nos duela como duele la noche

justo en el momento del amanecer;

saber de ti,

todo,

siempre,

como si nunca llegara a aprenderte o

esperara descubrir el sentido de tu silencio

y la sombra de tus lágrimas;

mirarte, al fin y al cabo,

pensarte cada día con cada latido,

hasta recorrer los límites de tu piel

como el que explora una isla por emerger

en las profundidades inabarcables

que proyectará el ocaso.

Mareas.

En la bruma pálida de este sueño

que es misterio mientras dura el día

levanta el cielo en tu mirada lejana

como se alza la espuma en la mar sedienta.

No es más real la dura

la imperturbable roca

que los latidos que bombean

las rojas burbujas en tu nombre.

Ni es más verdad la fría nada en la que habito

que tu sonrisa indiferente a mis mareas.

El tiempo oxida las raíces del recuerdo

enturbia la plata de sus olas en la arena

pero cuando llega la tarde y amanecen las estrellas

mis manos se arremolinan en tu pelo

como un manojo de aromas eternos.

Es así. Ahora y siempre.

La vida consume como dentelladas en el vacío,

pero el día amanece

cada vez con luz indómita

si al otro lado del mar

navega tu cuerpo hacia el mío.

Más allá

Más allá de mi pecho encogido,

casi congelado de nudos,

calla mi boca

y las palabras cristalizan en suspiro.

La vida pasa

como una ráfaga incensante de sucesos,

mientras en la trinchera de mi pecho

el silencio grita

colmado de terror. No quedan

ya días para esperar lo mejor del ser

así que me consuelo

soñando con un encantamiento de belleza inalcanzable, una ecuación que corrija las mareas o con un verso que contenga el más oscuro desasosiego;

fantasías de salón, puro y copa de cognac,

porque tras las palabras

se erige una certeza de mármol y sombra,

de incienso y mudo luto:

vivir es ser otro, nada más y nada menos,

es ser el cadáver de lo que soñamos ser.

A las víctimas de mis queridas Rambles de les Flors.

Ya no hay flores en La Rambla.

Ya no hay flores.

Se las llevó el tiempo y la ira,

un odio mezquino

como el de aquel que se alimenta de bilis

en la soledad de su infamia.

Ya no hay flores, amigos, ya no hay flores;

mudaron en sombra, en recuerdo,

en sangre derramada

cuando no quedaba ya

ni el aroma del jazmín ni de la rosa

bajo el sol alegre de las terrazas.

De luto quedaron los libros,

incapaces de explicar tanta sinrazón

capturada bajo la superficie de las lágrimas.

Quebrar de rabia la mesa,

emborracharse frustrado con las estrellas,

gritar, correr o abrazarse al mar

como un loco que sujeta

entre sus brazos la esperanza

puede servir de momento…

¡Vana tirita para un mundo que se desangra!

Ya no hay flores en la Rambla.

Ya no hay flores.

Sólo un silencio mohoso

donde no cabe ni siquiera la luz del mañana.

La voz que te debo

La voz que te debo

sabe a lluvia y huele a tiempo,

a soledad una tarde de agosto,

a copa vacía, a perfil callado

y a hojarasca dormida.

Mis manos se hunden en la tierra

en busca de las raíces de este silencio,

que no entiende de nubes,

ni de desiertos.

La voz que te debo… La voz que te debo…

Es como tantas voces perdidas

en los charcos quebrados del recuerdo.

Es pasado. Es mentira. Es un sueño.