Mi divina comedia.

Pasear por la memoria
por los siete círculos de su infierno
para no olvidar
que los pasos que me trajeron a ti
están empedrados de malas decisiones,
aquellas que me enseñaron
a ser merecedor de tus paraísos.

Ignoro si Beatrice hacía reír a Dante
o si a Virgilio le hubiera gustado el verso libre.

En este cielo nuestro
no hay muro de nubes, ni puerta dorada,
no hay un Dios definido, ni promesas
de una felicidad eterna. Como mucho
nos entregamos al rito de amarnos
como si fuéramos a morir mañana.

Somos borrachos sedientos de otra ronda
que nos negamos a dar por acabada la fiesta
y es que hay demasiado en juego:
cuando dos soledades se conjugan
el verbo se hace carne y es
a través del verbo y de la carne
como hemos construido un puente
que comunica tu risa con mi alma triste,
tu tendencia a la melancolía
con mi obstinación por poner palabras a tus silencios.

Así lo decidimos,
sin planes, ni estrategias,
desde la libertad que nos daba
saber quiénes éramos:
entregarnos al otro
para que el tiempo hiciera el resto.

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