Dolor

Cuando el cuerpo duele nos lamemos las heridas como animales sofisticados y es estadísticamente fácil encontrar un remedio que posponga
la muerte. Elegimos vivir, elegimos
seguir sufriendo.

Cuando el alma duele recurrimos al amor, a su dulce consuelo, y si falla,
recurrimos a un amigo, a un terapeuta, a las drogas, a la poesía, lo que sea para sentir que ese dolor tiene un lugar entendible en el mundo. Hasta el punto que en ocasiones esa forma nuestra de padecer se parece tanto a la soledad, que preferimos no entender nada.

Cuando todo duele, los gritos son más sordos, no alcanzan a decir
y por eso, al final, se callan.

Verano

Cuando llega el verano y las terrazas
parecen un escaparate de belleza,
la dulce sandía se vuelve en la boca agua fresca,

nos bañamos en las playas, en los ríos,
en las mismas piscinas donde fuimos niños,
sumergiéndonos en otro tiempo, acelerando
la pausa necesaria para salvarse del incendio del momento y su esclava condena,
y escapamos de las redes del instante,
huyendo del calor y sus anexos, la vida
parece un escenario diseñado para el disfrute,
la ingenua juventud y la despreocupada inocencia.
Por eso, a pesar de todo, marco los días en el calendario
deseando que llegue el otoño y su nostalgia.
Sentirse triste en verano va contra natura
y además
no soporto el calor.

Solamente

Sólo me parezco a Bukowski
en la devoción al vino,
pero hasta que mi hígado declare lo contrario
seré un aficionado.


Sólo me parezco a Beckett
en ese sentimiento de espera absurda
que me parece la vida,
porque cuando todo llegue a su fin
no habré casi ni comenzado.


Sólo me parezco a Pessoa
en la certeza de que no hay nombre que me contenga
porque dentro de nosotros
-ya lo dijo Saramago-
existe algo que no tiene nombre
y es precisamente lo que somos.


Sólo me parezco a Lorca cuando
celebro la vida como si fuera a acabarse mañana,
porque la noche es oscura y en ella
conocemos a los monstruos
que fuimos durante el día.


Sólo me parezco a Baudelaire al pensar
que todas las flores pueden ser flores del mal
y cuando recuerdo al niño que fui
satisfecho con mis juguetes
frente a otro niño más sucio y con menos suerte,
mirándome con una rata en las manos.


Sólo me parezco a un poeta
cuando olvido a quien me parezco y


borracho, herido y oscuro


celebro la vida como un regalo;
porque cuando digo
que pudo ser mucho peor
me refiero a que pude
no haberte conocido jamás.

Obsesiones

En ocasiones
buscamos un objeto perdido en los mismos cajones
como si el resto de la casa no sirviera de escondite.

En otras
nos contamos la misma historia,
porque la única forma de cerrar la herida
requiere volver a abrirla y probar su sangre

otra vez.

Dudas

Siempre empieza igual:
una arruga en el entrecejo,
la mirada perdida y dentro de ella
un océano de dudas,
largo y profundo, como un suspiro.
Siempre comienza así y
reconozco
que hay veces que no sé ni dónde guarecerme
de esta mecánica agotadora.
Sería mucho más fácil saber siempre qué decir,
cómo mirar, dónde mover las manos;
pero para qué -me repito-
todos los que aparentan saber todas las respuestas,
en el fondo, me parecen aún más perdidos.

El tendedero.

La ropa tendida,
-por fin ha dejado de llover-
la ropa interior al lado de los pantalones,
las camisetas con las camisas:
solo lo oscuro.

El olor a suavizante me hace sonreír,
creo que, por encima de todo,
la vida sigue su ritmo y que
un poco de razón tenían los católicos:
hay manchas que se van
si usas el jabón adecuado.

No basta con reconocer el mal
hay que eliminarlo o
en el peor de los casos
asumir la pérdida y comprender
que esa prenda
no la puedes llevar cuando quieras.

A la gente no le suele gustar la ropa sucia

por eso la lava en casa.

Aniversario

Seis años de sábanas desordenadas,
cafés largos y conversaciones prolongadas,
delimitan un lugar donde todo es posible:
las confidencias se desnudan,
los corazones se acompañan y los cuerpos
-siempre los cuerpos-
se liberan del peso de la rutina
ingrávidos y salvajes.
Seis años dan para mucho, pero
un instante contigo puede guardar una eternidad.
Mientras el mar de tu mirada siga acariciando mis playas
habrá un rincón secreto,
una cala inexplorada o un pretexto
para encontrarnos lejos de todo,
como se encuentran el cielo y el océano
en ese horizonte donde habita el deseo
y pervive lo inalcanzable.

Rutinas.

Los platos por fregar pueden esperar a mañana,
esta tarde es nuestra y la noche
escribirá nuestro nombre solo para nosotros.
Por mucho que algunas rutinas nos sujeten
a la tierra como viejas raíces,
prefiero volar por tu cuerpo desnudo,
hacerme viento hasta desordenar tu cabello,
volverme fuego para que ardan nuestras miserias.
Este es nuestro juego. Volar, arder, renacer
en las cenizas de estos días grises.
Porque cuando el silencio enfanga mis alas
y el hielo escarcha mi rostro de azul,
eres tú la que me libera,
con la destreza de tu sonrisa,
hasta hacerme volar, arder y renacer contigo,

siempre contigo.

Refugios

Todo parece tan horrible,
tan paralizante, que
escribir implica dejar
que entre el horror en mi casa
con su gélido aliento de muerte.
Quizás derribe los muros y las puertas,
parta los cristales en mil pedazos inconexos,
arranque los cables y levante las baldosas
hasta que sangre el cemento desnudo, pero,
quizás,
sólo quizás,
nunca encuentre esos lugares
donde guardo la esperanza
y la poca fe que me queda en el ser humano;
allí se abre mi vía de escape,
reposa mi sueño tranquilo,
la firme sensación de que
a pesar de los pesares
nos queda la palabra.

Son tiempos difíciles, pero

los pájaros siguen volando.

Lejanía.

“En la soledad sólo se encuentra, lo que a la soledad se lleva”. Juan Ramón Jiménez

En aquella tarde de agosto,
cuando el sol poniente oscureció
tu figura ante mí, lo supe
de una forma cierta y sin sombras,
sin necesidad de decir nada.
Tan sólo busqué en mis bolsillos y
encontré:
un paquete de tabaco casi vacío y
esa pena por saber que el horizonte
parece más lejano
cuando lo contemplas en soledad.