Más poemas cortos.

No es verdad que el tiempo
todo lo cura,
a veces son las nuevas heridas
las que te hacen olvidar tus cicatrices.

Y de repente la alegría
te recuerda
que no hay nada tan pesado
como para que no vuele
con una carcajada.

Sin memoria no hay verdad,
pero tampoco importa
mientras dure
este perdurable segundo.

La música no engaña
cuando te toca el corazón
hasta la piel se eriza
para que no olvides su melodía.

El trabajo no nos hace libres,
la verdad tampoco. Como mucho
nos encadena a nuevas formas
de ver el mundo. En el primer caso
como siervos voluntarios, en el segundo
como esclavos de nuestra perspectiva.

Los poemas cortos
son aquellos aforismos
que no pretenden aseverar.
No les hace falta.

Singularidades.

Cuando las expectativas de uno se reducen a cero, uno aprecia lo que realmente tiene“.
Stephen Hawking

De la nada,
del contenido
de un recipiente vacío,
antes de que fueran imaginadas
las palabras
con las que darle forma,
estalla
como un fogonazo de luz y vida
la idea y el espacio de su deseo.
A veces parece
que sea la misma experiencia de Dios
la que elige sus cuerpos celestes
en contraposición
con el silencio y su antimateria.
Pero francamente
no soy tan ególatra.
Encontrar un hilo de Ariadna
en ese caos universal
suele ser cuestión de tiempo.
Por suerte
no todos transitamos
los mismos caminos,
ni encontramos
las mismas salidas.

Algunos poemas cortos

Cuando las palabras sobran
y el dolor se encarna en el silencio,
solo hay que estar ahí, como
una semilla esperando el deshielo.


La tristeza tiene sabor a café solo,
pero lo más amargo, lo que no se endulza
ni con una sonrisa, es esa culpa
que te hace sentir vergüenza de estar vivo.


Reconstruirse implica una renuncia,
siempre se pierde algo en el naufragio,
por esto mismo sobrevivir
provoca tanto dolor como placer.


Olvidar
por un momento
quienes somos y
salir
de nuestro infierno
por la puerta grande
nos recuerda
que la soledad,
esa compañera de viaje,
también es pasajera.


Si el infierno son los otros
estamos condenados a arder.
Brindemos por ello
hasta ser una misma llama.

Supervivencia.

Puede pasar que ese lugar,
que siempre has amado,
te parezca poca cosa,
como una estrella lejana y difusa, y
remuevas con el tenedor tu plato favorito,
discutas con tus fantasmas hasta dormida
o mires el mundo desde un punto equidistante
entre el hartazgo y el vacío.
Puede pasar que te canses de que a tu mente
siempre le toque perder al comecocos,
de qué las rosas jueguen con sus espinas,
y las espinas te hielen la sangre
como lágrimas sin un por qué.
Puede que el silencio enmudezca tus horas,
que el tictac del reloj se te clave en la sien, que las mañanas
sean un frío corredor de la muerte
donde esperar que salga el último tren.
Puede pasar que la vida sea triste
-no es tan raro si lo piensas-
que el hambre no se sacie con pan,
ni que haya un poema que te erice la piel.
Puede pasar que la ansiedad ahogue tu voz y
que la crisis sea global
y el miedo, la paranoia, el fin del mundo,
nos grite desde los medios de comunicación
como pájaros heridos o cachorros sin adopción.
Todo puede pasar y lo que es peor
sin palabras que consuelen, cuerpos que acompañen,
ni miradas de comprensión.
Me gustaría darte una esperanza. Pero
cuando todo está perdido
y el absurdo danza con el sinsentido
y las manos crispadas intentan agarrar el dolor,
solo nos queda abrazar con fuerza lo que somos,
ese amasijo maltrecho, esa tara sin nombre,
ese monstruo pacífico que somos, porque
esa realidad inefable sigue ahí,
por lo que solo queda ser honesta contigo misma,
ponerle palabras, amar hasta armar a aquella que
lleva contigo desde antes de que la conocieras.
Lo horrible, además,
lo verdaderamente terrorífico,
es no ser capaz de entender
el sufrimiento que algunos causan a los demás.
Lo nuestro tiene nombre. Se llama
supervivencia.

El colibrí azul.

Suspendido sobre las flores
el colibrí azul detiene el tiempo
se nutre de él, de su memoria.
Es un instante que abre
una grieta de luz
en el centro de un universo oscuro,
ennegrecido por la angustia
y el silencio…
El colibrí azul no es consciente de su poder
tan solo es un grafiti en la pared blanca
que vuela porque sus alas
conectan con el niño que fui
y sus ganas de volar.

Jaulas.

Tal vez por madurez,
por resignación,
o por seguir enamorado,
he aprendido
que la libertad es
poder elegir
cómo enjaularte. Yo
lo tengo claro.
Donde sea,
entre la razón y la locura,
pero
contigo.

Escena.

La puerta entreabierta y el cigarrillo
expirando un último aliento gris en el                 cenicero,
la lamparita azul proyecta sombras inquietas,
lúgubres deformaciones de mi soledad.
Hasta la caniche se ha rendido a su        pelota
y se ha dormido. Esta es una noche
para soñar con lo insondable y su misterio,
para morir un poco por dentro
al no ser grito, ni vendaval que quiebre
esta mordaza de cristal. Veo que una araña
teje en la esquina del techo su trama…
¡Lo que me faltaba! Alguien tendrá que matarla
y tú no estás.

Respuesta a A.P.R.

Las heridas solo se reabren
porque nunca han estado del todo cerradas,
podía parecer que el tiempo y el silencio
habían curado los tejidos, pero los años
solo cubrieron de polvo lo inefable,
como un libro
oscuro
relegado
a los estantes del olvido.
Señalar
así su situación
es cosa de médicos o historiadores,
mas, en cualquier caso, se trata
de un ejercicio quirúrgico de memoria.
Dar un lugar a lo innombrable
resulta un descanso para la vida,
porque los muertos
no tienen heridas. A decir verdad,
no tienen nada.

Te echo de menos.

Quería decirte que te echo de menos,
pero ya lo sabes, siempre
notas mi tristeza cuando te vas
como si te soltaras de mi mano por accidente.
Pensar en ti, entonces, soñarte,
alivia las horas de prórroga,
da un poco de aire
        a mis asfixias cotidianas, desarma
los fantasmas de la soledad.

No es que no disfrute
de estar conmigo mismo, no es eso;
es solo que la vida
a tu lado                   respira con risas
y avanza paso a paso. Esa -y no otra-
es nuestra verdadera victoria a la muerte…

Lo demás es esperar.