Un ser exacto a ti.

Admiro a Raymond Chandler
y me encanta la mordacidad de Iribarren,
la serenidad de Benedetti,
o el dulce descaro de Cortázar.
Me hubiera gustado tomar un vino con Lorca,
irme de juerga con Rimbaud y Verlaine,
tomar un té con Emily Dickinson
y una botella de Ginebra con Silvia Plath.
Compartiría mis ansiolíticos con Pizarnik,
sería secretario de Neruda u Octavio Paz,
me dejaría cultivar por Baudelaire
y me exiliaria con Cernuda o Max Aub.
Eso sí, si pudiera elegir ser poeta por un día,
quisiera ser Ángel González. A través de sus ojos
lo efímero se hace eterno
y la vida -esa contradicción-
implica morir muchas veces. Ángel,
si yo fuera dios y tuviera el secreto,
haría un ser exacto a ti.

Zoom

El otro día me sorprendí intentando
hacer zoom en una fotografía analógica.
A parte de sentirme bastante estúpido,
pensé en que lo que me hubiera gustado
era acercarme a aquel recuerdo.
Ahora que a mis cuarenta y dos años
mi memoria es como un mosaico de polaroids,
poder pasear por ellas, darles vida, y
volver a ver por primera vez a mi madre,
el incansable espíritu emprendedor de mi padre,
el intenso aroma de dama de noche en el patio de su casa,
las risas con los amigos
(los que quedan y los que se fueron dejando huella),
la luz temprana de ese amanecer.
En definitiva, volver a probar el sabor
de aquellos torpes primeros besos,
el aprendizaje de los cuerpos, los experimentos de juventud,
los errores de los que tanto aprendí.
Un abanico inmenso de retales y sensaciones
que a día de hoy he borrado casi por completo,
conservando únicamente la emoción.
En ese momento no me di cuenta,
pero quizás la principal función del olvido
es permitirnos vivir el presente,
darnos la efímera oportunidad de seguir adelante
e intentar ser felices. Aunque la felicidad
no sea más que un deseo o una entelequia
y el presente una realidad inasible y fugaz.

Mi divina comedia.

Pasear por la memoria
por los siete círculos de su infierno
para no olvidar
que los pasos que me trajeron a ti
están empedrados de malas decisiones,
aquellas que me enseñaron
a ser merecedor de tus paraísos.

Ignoro si Beatrice hacía reír a Dante
o si a Virgilio le hubiera gustado el verso libre.

En este cielo nuestro
no hay muro de nubes, ni puerta dorada,
no hay un Dios definido, ni promesas
de una felicidad eterna. Como mucho
nos entregamos al rito de amarnos
como si fuéramos a morir mañana.

Somos borrachos sedientos de otra ronda
que nos negamos a dar por acabada la fiesta
y es que hay demasiado en juego:
cuando dos soledades se conjugan
el verbo se hace carne y es
a través del verbo y de la carne
como hemos construido un puente
que comunica tu risa con mi alma triste,
tu tendencia a la melancolía
con mi obstinación por poner palabras a tus silencios.

Así lo decidimos,
sin planes, ni estrategias,
desde la libertad que nos daba
saber quiénes éramos:
entregarnos al otro
para que el tiempo hiciera el resto.

Kintsugi

Kintsugi: un arte milenario japonés que consiste en restaurar una pieza que se ha roto, agrandando incluso la fractura con oro, plata o platino para enaltecer las cicatrices.

Te amo, aunque estés lejos;
y cuando tu silencio
hace frontera con mi soledad, me pregunto
qué ausencias habitan tus labios,
qué alas te elevan hasta las nubes
donde anidas:
pájaro de fuego, estrella de nieve,
canción de sombra y aullido.
Esos días con lágrimas de hielo
cuando parece que no me necesitas
sé que debo estar a tu lado,
para que cuando amanezca la palabra
y hable la piel,
cuando la música vibre con nosotros,
y la ternura empatice con nuestros desiertos,
mis manos te recuerden
que aunque las heridas
sean la arcilla de nuestra alma,
siempre -hasta cuándo arrecia el dolor-
las caricias las pueden reparar
hasta honrar cada cicatriz.

Del amor y la amistad.

Hace años que aprendí
que si hay algo incontrolable:
es el amor.
Las sonrisas, las miradas auténticas,
no entienden de color, género o clase social;
tampoco es de mi incumbencia juzgar
los deseos de la gente, por mí
como si se quieren enamorar de un árbol
o una estrella fugaz.
Ni siquiera estoy de acuerdo con Girondo
a mí me importa un bledo
que no sepan volar.
A los únicos que no soporto
(bajo ningún concepto)
es a los hipócritas y a los cretinos.
Si eres capaz de vender tu corazón
o engañar hasta a tu alma
no cuentes conmigo,
la vida es demasiado corta
y el amor demasiado valioso
para celebrarlos con cianuro.


Los amigos vienen y van
siguen sus vidas,
sus caminos,
a veces incluso tienen hijos
y se les cae el pelo
y se les arruga el alma
Pero pase el tiempo que pase
se les reconoce
porque tras un minuto con ellos sabes
que cuando se habla de quedar
para tomar una caña o un café
la respuesta no es la evasiva “ya quedaremos”
sino un claro “tenemos que ponernos día”.


Las remoras son personas
que se acoplan a otro más fuerte
porque solos no sabrían
ni freírse un huevo. No son parásitos
propiamente dichos,
aunque tampoco creen en la codependecia;
son seres solitarios y egoístas,
carroñeros de energía,
que disfrazan su ambición y victimismo
con frases vacías y otras
de lastimera cobardía.

Somos

No somos creadores de conceptos
(la filosofía nos viene grande),
somos el calor de la lumbre y
el resplandor fugaz en la oscuridad;
la deriva como ruta y salvavidas,
el delirio consciente y la música
que entona a gritos el silencio;
somos también
la verdad incómoda y la fe en lo innombrable,

los devotos seguidores del deshielo y las danzas

que la primavera enseña al trigo verde;
somos la consciencia de lo diminuto,
las flores rosas que llora el cerezo,
la espuma que vomita el mar y
el dibujo que deshacen sus olas en la arena;
somos la mano que agarra al náufrago,
el pan compartido y la ronda pagada,
la elección reflexiva y la acción pasional:
somos los que elegimos la bondad.
Por eso somos
el vaso lleno de esperanza y las canciones
que entonamos ebrios de felicidad
esas noches en las que incendiamos los cielos.
La pluma que no teme al machete,
ni al dólar, ni a Dios, porque
ninguno vale más que aquellos que amamos,
aquellos en los que podemos confiar.
Somos la memoria colectiva,
la biblioteca invisible que solo puedes visitar
si eres libre,
         realmente libre
                    y no has perdido
la capacidad de imaginar.
Somos todo aquello
que suele pasar desapercibido entre la multitud
el maniquí desnudo, el bar cerrado,
el mendigo al que nadie ve y
la tristeza de a quien todo le va bien.
Somos soledad orgullosa
y somos deseo voraz.
Somos tanto y somos tan poco
si nos faltas tú.
Porque la vida -si lo piensas-
está a un paso del precipicio
y la muerte nunca hace prisioneros;
como mucho -si tienes el valor suficiente-
te permite ser como quieras ser.
Así que no lo olvides,
tatuátelo en el alma si es necesario:
el último deseo antes del fusilamiento
nos puede durar toda la vida.

La caverna.

Parece que despiertes,
pero sigues dormida,
pegada a las sábanas y a tus sueños,
en ocasiones
también a tus pesadillas.
Te traigo el café y me sonríes,
me acerco a ti para besarte,
pero nuestra perrita es más rápida
(la felicidad, a veces, es tan fácil
como asumir estas tiernas derrotas).
Lo que está por venir es un misterio
muchas veces disfrazado de rutina,
esas cadenas que te sujetan a la razón
y te atan al sinsentido.
Me recuerdas a una aventurera cansada,
en un mundo sin islas por descubrir.
A pesar de todo te levantas, hoy
estrenan una nueva temporada de la serie que tanto te gusta;
parece que es la única forma que nos queda
de cumplir nuestros deseos
aunque sea proyectados en la vida de otros,
y aunque éstos solo existan
si somos capaces
de ponernos en su piel.

Tanguillo del niño y la luna.

Soy la inmensa sombra de mis lágrimas” F. G. Lorca

El niño besó la luna
aprovechando que ésta dormía,
el niño besó la luna
y en su mente se hizo de día.

Las estrellas cantaron un tango
cuando la tierra estaba oscura,
las estrellas cantaron un tango
verde como la aceituna.

La semilla germinó aquella noche
cuando los poetas miraban el fuego,
la semilla germinó aquella noche
y el niño, ya hombre, lloró sus lamentos.

No hay luna ni beso en lo oscuro,
no hay luna ni beso en lo oscuro
si no lo iluminan tus versos.

Si no lo iluminan tus versos,
si no lo iluminan tus versos
el niño sigue en la cuna
ajeno al hombre y sus miedos.

Sobre la sed.

Beberte como sustituto natural a mi vacío,
insaciable agujero negro en constante atracción
a lo oscuro, a lo preservado en el hielo,
y a mi deambular por fronteras
entre lo real y lo simbólico, columnas
que sostienen mi necesidad de soñar
y nombrar lo inefable.

Beberte como reacción al estatismo
que me consume hasta atomizarme,
beberte como respuesta definitiva,
beberte, amor, y después
hacerlo en el sofá, en la cama,
en la cocina y en el suelo.

Seguramente
es una forma de deseo egoísta, pero,
cuando las horas pasan y el cielo
hace temblar mi alma como una hoja,
eres tú quien hace retroceder lo oscuro
con la luz natural de tu sonrisa.
Por eso te bebo.
¿tienes sed?