Pasiones y otras cegueras

Tanta pasión como precipicio de la inteligencia,
tanto arrojo desmedido, tantas certezas

alimentando

el delirio y las hogueras.
Pero nos hace sentir tan vivos…
Que parece que volemos sobre los tejados y las verdades,
sobre la gente y sus sombras inquietas.

Sólo al fin comprendemos
en un golpe preciso y duro,
que para volar hay que tener alas, pero

para caer a plomo

sólo necesitamos

pensar que podemos ver en la oscuridad.

Miedo.

Escribir es también tu miedo, pavor

a que las palabras sean ángeles exterminadores:

de rostros queridos, de complicidades,
de afectos.

Un terror subterráneo

a que caigan los puentes

y no halle más eco en esta isla

que el de mi desolada

soledad.

Pero al miedo

solo hay una forma de encararlo

y es desnudo.

Aquí estoy,

habítame,

gracias a ti

sé volver a casa.

Topología de la ausencia. A Pep Canals.

Ahí estás, quieto como una vela apagada,
envuelto en un silencio casi litúrgico,
tan ajeno a ti que no pareces tú.
Siempre fuiste de tomar la palabra sin miedo,
como quien blande un arma cargada de futuro o una semilla
que anhelaba germinar en el otro.
Ahora, tus ojos cerrados
no muestran todo lo que observaste con la fascinante curiosidad
de quien ama el mundo.
Solo muestran algo que quiero definir como paz,
porque la nada, ese vacío infinito, no te pega. Eras mucho, amigo mío,
mucho, y como no te gustaba regodearte en ello,
sin querer,
te hacías más grande.
Tu me lo dijiste en ocasiones,
un hombre, en sí mismo, es poca cosa,
necesita relacionarse para trascender.
De este modo, aunque la muerte haya ido a tu encuentro, hoy:
en Sonora, el Amazonas, Trieste, Barcelona o en la cama insulsa del hospital,
te rodea quien querías,
aquellos que conocían la topología de tu corazón,
y descifraban los mapas y sistemas de tus susurros.

Sin duda, ellos también te hacían como eras,
conocedor de la insignificante existencia del hombre y
de su inmensa capacidad de amar.

El balcón.

Otra vez en este balcón,

buscando con la mirada algo que detenga

este viento y este ahora. Una luz

-por ejemplo-

o un pájaro invisible o una nube encarnada…

Algo que pueda llegar a ser

más real que el dolor,

más presente que esta herida

que llora como lloran los ríos:

sin detenerse, ni darse tregua.

Algo, cuya verdad desgarre el frío,

como el llanto de un niño al nacer.

Por eso me obstino en volar,

volar bien alto,

para aprender a mirarnos sin miedo.

Así iré a tu encuentro,

sin prisas, sin lamentos, sin excusas,

escogeré entonces las palabras

que sean necesarias

-ni una más-

para darte la bienvenida

otra vez en este balcón

donde renacimos.

4A.

No quiero tener casa
si tu
no la conviertes en hogar
con tu sonrisa.

No, no quiero tener casa, ni cama, ni amanecer roto, ni lluvia compartida; así que

renuncio para siempre:
a las calles, a sus gentes y a los libros
que cuentan sus idas y venidas.

Porque las casas siempre han estado sobrevaloradas,
sobretodo cuando no hay un corazón que las habita,
y en la oscura humedad de sus paredes
crece un moho mezquino y traicionero,
un vacío o alguna reliquia ajada,
como los despojos de una malograda ambición.

Por eso no me lamento si no tengo casa.
Porque no la quiero. Porque solo deseo estar contigo,

y para dormir,

después del encuentro, amor mío,
ya nos apañaremos.

La incógnita.

Cuando naces en una pequeña ciudad, en la más pequeña de las que hay alrededor, si viajas fuera de la provincia, siempre acabas diciendo que eres de la cercana capital. Como cuando en un bar te pregunta quién eres alguien mucho mayor y te limitas a explicarle de quién eres hijo. Para que te sitúe. Porque aunque sigas siendo anónimo en sus mapas, dejas de ser una incógnita.