No te amo porque te siga
(aunque te admire),
ni porque tú me sigas a mí
(aún no entiendo el porqué).
Te amo porque entre nosotros
no tiene sentido ir delante o detrás del otro,
porque siempre eliges estar a mi lado,
acompañándome, porque
eres mi amor, mi amiga y contigo
la vida es como un río
donde todo fluye de forma natural.
Solo espero que las palabras, los silencios, las risas,
las tardes de sofá y mantita,
las noches, los orgasmos sigan su curso,
hasta que -también juntos-
seamos mar.
A tumba abierta.
Recuerdo que mi infancia no fue triste,
tampoco leía mucho más que cómics,
pero siempre que un compañero tenía hambre
le daba un trozo de mi bocadillo.
En cambio, hoy en día,
como dice Chesán: toda persona
es una prisión de banalidades.
Defendemos la cultura
como una trinchera vacía,
ajenos al hambre y al dolor,
al precio absurdo del alquiler,
o de la luz, como si viviéramos
obsesionados con el valor de la muerte.
Así, a tumba abierta, escribo con el fin
de que mis versos sean una fuerza viviente, una voz
en un océano de experiencia colectiva,
que aunque no sacie el hambre, ni calme la sed,
traspase las paredes y las pantallas,
los barrotes de nuestra celda voluntaria,
para decirte: no estás sola.
La camisa azul
La ropa no tiene alma, pero
cuando ella está triste
siempre se pone esa camisa azul,
incluso en verano,
cuando lo lógico
sería llorar desnuda.
Como un ventrílocuo
le presta su voz a la cosa, hace
que hable por ella, que grite por ella,
como una elegante bengala de auxilio.
Cuando está alegre, en cambio,
se pone vestidos, blusas, pantalones, sudaderas
como si el fondo de armario no tuviera fin…
Sé que esa camisa triste,
refleja su soledad monocromática,
su silencio de lluvia, el otro lado del espejo
y que siempre estará con ella. Pero
me quedo con que la alegría
no necesita que hablen por ella, por si misma
se expande, conecta con el otro,
como si fuera viral.
La alegría
a veces lo pienso
es un meme de gatitos.
@raulvelascosanchez
Sobre la libertad.
No creo en la libertad. Me siento
preso en un cuerpo cansado
encadenado al tiempo
y al sistemático sinsentido
y sin embargo opto
cada día
por la bondad.
Lo cierto es que me da vértigo pensar
que entre tanta elección cotidiana
hay tanto de uno
como de los otros;
al fin y al cabo, somos
una soledad acompañada,
una pequeña burbuja
entre la espuma.
Solo me consuela pensar
que tenderte la mano me libera
porque me acerca más a ti. Ahí,
precisamente, reside el dilema:
¿De qué sirve
tener un precioso jardín
si no puedes regalar:
el aroma de sus rosas,
la frescura de su sombra
o el calor de sus estíos?
Con el alma humana
pasa más o menos lo mismo:
no somos lo que tenemos,
nada nos pertenece (para siempre),
somos un conjunto de decisiones que
libres o no
pueden quedar grabadas
en los ojos que nos miran.
Un ser exacto a ti.
Admiro a Raymond Chandler
y me encanta la mordacidad de Iribarren,
la serenidad de Benedetti,
o el dulce descaro de Cortázar.
Me hubiera gustado tomar un vino con Lorca,
irme de juerga con Rimbaud y Verlaine,
tomar un té con Emily Dickinson
y una botella de Ginebra con Silvia Plath.
Compartiría mis ansiolíticos con Pizarnik,
sería secretario de Neruda u Octavio Paz,
me dejaría cultivar por Baudelaire
y me exiliaria con Cernuda o Max Aub.
Eso sí, si pudiera elegir ser poeta por un día,
quisiera ser Ángel González. A través de sus ojos
lo efímero se hace eterno
y la vida -esa contradicción-
implica morir muchas veces. Ángel,
si yo fuera dios y tuviera el secreto,
haría un ser exacto a ti.
Zoom
El otro día me sorprendí intentando
hacer zoom en una fotografía analógica.
A parte de sentirme bastante estúpido,
pensé en que lo que me hubiera gustado
era acercarme a aquel recuerdo.
Ahora que a mis cuarenta y dos años
mi memoria es como un mosaico de polaroids,
poder pasear por ellas, darles vida, y
volver a ver por primera vez a mi madre,
el incansable espíritu emprendedor de mi padre,
el intenso aroma de dama de noche en el patio de su casa,
las risas con los amigos
(los que quedan y los que se fueron dejando huella),
la luz temprana de ese amanecer.
En definitiva, volver a probar el sabor
de aquellos torpes primeros besos,
el aprendizaje de los cuerpos, los experimentos de juventud,
los errores de los que tanto aprendí.
Un abanico inmenso de retales y sensaciones
que a día de hoy he borrado casi por completo,
conservando únicamente la emoción.
En ese momento no me di cuenta,
pero quizás la principal función del olvido
es permitirnos vivir el presente,
darnos la efímera oportunidad de seguir adelante
e intentar ser felices. Aunque la felicidad
no sea más que un deseo o una entelequia
y el presente una realidad inasible y fugaz.
La secuencia del aullido.
Dejarse caer
sobre el teclado
cansado de repetir
una vez más
la secuencia del aullido, la cadencia
oscura
de una voz condenada al delirio
y como rito último
reabrir la herida
para comprobar que sigues vivo.
Mi divina comedia.
Pasear por la memoria
por los siete círculos de su infierno
para no olvidar
que los pasos que me trajeron a ti
están empedrados de malas decisiones,
aquellas que me enseñaron
a ser merecedor de tus paraísos.
Ignoro si Beatrice hacía reír a Dante
o si a Virgilio le hubiera gustado el verso libre.
En este cielo nuestro
no hay muro de nubes, ni puerta dorada,
no hay un Dios definido, ni promesas
de una felicidad eterna. Como mucho
nos entregamos al rito de amarnos
como si fuéramos a morir mañana.
Somos borrachos sedientos de otra ronda
que nos negamos a dar por acabada la fiesta
y es que hay demasiado en juego:
cuando dos soledades se conjugan
el verbo se hace carne y es
a través del verbo y de la carne
como hemos construido un puente
que comunica tu risa con mi alma triste,
tu tendencia a la melancolía
con mi obstinación por poner palabras a tus silencios.
Así lo decidimos,
sin planes, ni estrategias,
desde la libertad que nos daba
saber quiénes éramos:
entregarnos al otro
para que el tiempo hiciera el resto.
Kintsugi
Kintsugi: un arte milenario japonés que consiste en restaurar una pieza que se ha roto, agrandando incluso la fractura con oro, plata o platino para enaltecer las cicatrices.
Te amo, aunque estés lejos;
y cuando tu silencio
hace frontera con mi soledad, me pregunto
qué ausencias habitan tus labios,
qué alas te elevan hasta las nubes
donde anidas:
pájaro de fuego, estrella de nieve,
canción de sombra y aullido.
Esos días con lágrimas de hielo
cuando parece que no me necesitas
sé que debo estar a tu lado,
para que cuando amanezca la palabra
y hable la piel,
cuando la música vibre con nosotros,
y la ternura empatice con nuestros desiertos,
mis manos te recuerden
que aunque las heridas
sean la arcilla de nuestra alma,
siempre -hasta cuándo arrecia el dolor-
las caricias las pueden reparar
hasta honrar cada cicatriz.
Del amor y la amistad.
Hace años que aprendí
que si hay algo incontrolable:
es el amor.
Las sonrisas, las miradas auténticas,
no entienden de color, género o clase social;
tampoco es de mi incumbencia juzgar
los deseos de la gente, por mí
como si se quieren enamorar de un árbol
o una estrella fugaz.
Ni siquiera estoy de acuerdo con Girondo
a mí me importa un bledo
que no sepan volar.
A los únicos que no soporto
(bajo ningún concepto)
es a los hipócritas y a los cretinos.
Si eres capaz de vender tu corazón
o engañar hasta a tu alma
no cuentes conmigo,
la vida es demasiado corta
y el amor demasiado valioso
para celebrarlos con cianuro.
Los amigos vienen y van
siguen sus vidas,
sus caminos,
a veces incluso tienen hijos
y se les cae el pelo
y se les arruga el alma
Pero pase el tiempo que pase
se les reconoce
porque tras un minuto con ellos sabes
que cuando se habla de quedar
para tomar una caña o un café
la respuesta no es la evasiva «ya quedaremos»
sino un claro «tenemos que ponernos día».
Las remoras son personas
que se acoplan a otro más fuerte
porque solos no sabrían
ni freírse un huevo. No son parásitos
propiamente dichos,
aunque tampoco creen en la codependecia;
son seres solitarios y egoístas,
carroñeros de energía,
que disfrazan su ambición y victimismo
con frases vacías y otras
de lastimera cobardía.
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