Cementerio.

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Un poema es como un cementerio

donde cada palabra tiene su propio epitafio,

su historia, su sendero, su brizna de hierba, su cielo,

sus muros y sus verjas, sus flores marchitas, sus lágrimas,

su silencio, su ausencia. Un cementerio sumergido en una sima incalculable

donde cada lápida resguarda sus viejos retratos, sus sueños, sus delirios,

sus afectos, las cosas que le unieron al mundo y aquellas

que trascendieron; los rostros de los borrachos, los mendigos y los locos, que

se cruzaron a brindar por Dylan Thomas o por Baudelaire, y

las caricias que recorrieron los muslos húmedos

para apacigüar el vacío infinito que no cabe, ni cabrá en ningún feretro.

El absurdo de estar vivo se delimita en cada coma, en cada punto,

frágil estructura a un caos que se propaga, como un incendio,

si es que hubiera algo real que pudiera arder, que no fuera

la incertidumbre absoluta del tiempo.

Ola de muerte

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Brote talado, luz que se desvanece en la memoria de la arena,

el cadáver ahogado de la postmodernidad besa la playa

sentenciándola a muerte. Su fantasma perdura en la vergüenza,

en la sangre que maquillamos con despecho. Tanta odio, tanta indiferencia,

nunca es gratuita, siempre deja un poso de bilis en los ojos del que mira,

un remordimiento patético de superviviente, el delirio cruel

que impulsa a la sociopatía. La sombra de lo que fue un niño

ahogado en la playa de Lesbos se la llevó la noche y las olas.

Él sin nombre, sin historia. Nosotros, sin inocencia.

Globalización 

Ahora es el momento,

mientras sea siempre todavía,
de globalizar las miradas que asumen 

el carrusel de diferencias. Compartamos
los vinos y los perfumes, 

los viajes a Ítaca

o a Orión, el aroma eterno de la Atlantida y las canciones que nunca entonaron en el Parnaso.

Globalicemos todo lo que somos, 
antes de que sea tarde y los vórtices
se marchiten como lirios cobardes.

Hay demasiada calma en este mar y no,
no podemos permitir que el crepúsculo se torne cadena perpetua.

Lancemos tsunamis de luz
hacia aquellos que no quieren ver y se sacuden impotentes
en sus telas de araña y acero. Mostremos
la belleza del rincón polvoriento, la fraternidad de los gatos, el misterio de lo insólito y la paciencia del por-venir.

Globalicemos todo ello como misión última y eterna,
antes de que el amanecer nos haga temblar
con una última melodía desesperada y el aullido del tiempo 

nos silencie para siempre.

Tiempo y ceniza.

Ceniza…
¿y si al final no fueramos polvo
ni agua, ni fuego, ni aire…

…Sólo ceniza de lo que fuimos, los restos carbonizados de la historia?

A la lumbre de tus libros
enarbolo esta verdad definitiva:

Los ríos donde fluye nuestra realidad
se ahogaron en un mar de ceniza.

Y nadie lloró por ellas, nadie. Todos preferimos mirar a otro lado. Y los que gritamos de horror fuimos silenciados,
porque era más fácil matar al mensajero. 

Un hombre.

Un hombre apaga el televisor

se sirve una copa y mira por la ventana;

afuera llueve, dentro arrecia la borrasca,

con cada trago.

Los mismos tejados, las mismas culpas,

el mismo hastío que nutre de veneno

la herida cruel de la impotencia.

Apura la copa como si apurara su vida,

él lo sabe, de alguna forma silenciosa e invisible lo sabe,

a lo lejos, alguien, sufre el mundo hasta que le sangran las manos.

El hombre se sirve otra copa y susurra:

a tu salud.

Auto de fe.

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Ahora lo sé

el amanecer ha abierto mis ojos

partiendo mi alma a cada lado de tu soledad.

No hay presente sin poesía, no hay presente.

No hay ciudades, ni castillos de arena,

no hay ríos helados, ni lluvia satisfecha,

no hay prados generosos, ni espejos amables,

no los hay, ni los habrá, si no palpita el corazón

cada verso inacabado, cada caricia, cada mirada,

cada parpadeo que te enmarca frente a mi.

Oh, tú, que atraviesas los limites de la piel del universo,

alimentando la voz eterna de las caracolas, tú,

eres el núcleo del diamante, la geometría perfecta,

la vendimia del deseo. Tú, meteórito solitario,

conservas en tu interior la memoria de las piedras,

la música del cosmos, las sandalias que llevaron a Dante

a cruzar el infierno, el aroma fresco del tabaco que aspiraba Whitman y

el hada verde que iluminó a Rimbaud. Tú, no puedes morir,

sin exterminar al hombre como guadaña certera,

sin arrasar las ciudades y derruir las montañas,

hasta que el amor se extinga y no quede ni el recuerdo de tu silueta agradecida.

Tú, no puedes morir, cuando más se te necesita,

cuando el mundo parece un agujero negro

sin horizonte de posibilidades.

Pero ahora lo sé, lo he visto en los pájaros, me lo ha dicho la lluvia,

no puedes morir, ni morirás, mientras en un rincón del mundo

sobreviva la esperanza y alguien pinte en una pared que:

estamos a nada de serlo todo.

Aunque al final de todo, no seamos nada.

No hay poetas.

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Escucho la brisa

el mensaje incesante que brota del silencio;

su voz queda y misteriosa que penetra en la roca

haciendo resonar sus raíces como cascabeles.

Me pregunta si quedan poetas…

Le respondo que hace tiempo que se extinguieron.

Quizás aquel que contempló de verdad, con la náusea y desesperación

del que va a ser fusilado, o

el borracho que mira su vaso vacío y vislumbra su alma,

antes de pedir una penúltima ronda y así olvidar.

No puede haber poetas en una sociedad donde nada permanece.

Ni tan siquiera la palabra. Por eso

hay más poesía en un maniquí desnudo

que en nuestro imaginario colectivo, ese escaparate

donde todos estamos en venta.

He conocido personas más auténticas de madrugada

que en el claustro de la universidad, allí donde

el presunto SABER se pavonea engreído

con sus llamativos maquillajes. No puedes ser poeta

si nunca has amado de verdad; si no has estado dispuesto a morir

o incluso a matar, que es otra forma de morir. No puedes.

Olvídalo. Ser poeta es encarnar tu propia bestia, aquella que no atiende,

sino a su propio instinto de supervivencia.

Lo demás son juegos de palabras, malabarismos de pasarela,

incendiar los rastrojos sin jugarte la vida en ello.

Así que no lo intentes. Olvídalo. No tiene sentido.

Sino te juegas la vida en cada verso, nunca podrás sentir

que este instante, ahora, puede ser el último

en que escuches la brisa

el mensaje incesante que brota del silencio.

No me callaré.

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No me callaré nunca. Nunca.

Mi voz será el sendero que quiebre

el río y el abismo, su sed implacable.

Enterraré la palabra para que arraigue: el tiempo,

la luz, el vuelo de Ícaro, la disidencia

a lo que gritan que somos y al terror

inyectado en cada poro de la piel.

Seré aquella isla que desaparece de los mapas

porque sólo podrá ser vista si se sueña,

porque sólo podrá ser soñada si alguna vez estuviste allí.

Renuncio por tanto al silencio, al olor de sus bibliotecas,

porque sólo aniquilando la palabra, ésta

tendrá una posibilidad de sobrevivir.

 

La coreografía de lo insólito.

La verdad no existe
y si existiera
se ocultaría tras las máscaras de lo fugaz.
El tiempo, los ríos, el azar
y su música impredecible
improvisan un baile
al que todos estamos invitados,
una danza de olas polvorientas y ceniza, 
la coreografía del mundo,
la decadencia de su naufragio.
Solo algunas notas insólitas
como carcajadas desesperadas
sorprenden con la alegría de su tono
rompiendo la maldición de su estructura.
El espectáculo de la vida debe continuar…

Palabras.

We-Lights-03.jpgLa palabra y su sombra

son a veces igual de oscuras;

un río negro que inunda la piel

con las cenizas del presente,

hasta agrietar los huesos,

y convertirlos en raíces.

 

La palabra y su materia

son a veces igual de inertes;

una roca que no atiende

ni a dudas, ni a certezas,

hasta que el tiempo la reconoce

con la luz de su verdad.

 

La palabra y su futuro

son a veces igual de inciertos;

flotan a la deriva

sin nada a lo que asirse,

hasta que alguien las encuentra

y se rescatan mútuamente.