La anciana y el perro.

He visto a una anciana pasear a su perro.
Éste era pequeño, tranquilo,
cargado más de orina que de prisa;
se adaptaba al paso de su amiga y
levantaba la mirada hacia ella con atención.
La mujer, a pesar de su edad,
no eludía su paseo. Como mucho
le avisaba conmovida 
para que no tirara demasiado:
“A ver por dónde me llevas, cariño,
que yo no veo”.
Como tantas veces en las relaciones
ambos se responsabilizan del otro,
se cuidan mutuamente, se acompañan
y siguen adelante con la confianza
de que cada paso dado
es una pequeña victoria a la muerte.

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