Tú y yo.

Para mí es tan sencillo y complejo como soñar,
esa poesía que somos sin darnos cuenta,
que hacemos sin darnos cuenta,
con gestos pequeños, como
ayudar al prójimo
o decir la verdad sin herir;
aún así qué difícil es vestir con palabras
tanta ceguera,                tanta desnudez.
Mientras tú
lastimas tu cuerpo en una cadena de montaje
y te preguntas                      si sueñan
los coches autónomos con viajar
donde ningún humano ha llegado,
por si te irías con él.

Ojos en ceniza

Pensar en la muerte, desear
aplicarse de una vez su bálsamo definitivo,
tomarse la medicación de ese insensible psiquiatra,
apagar las mañanas que despiertas
más muerto que vivo, ajeno a la luchas diarias,
derrotado antes de abrir los ojos en ceniza;
quemar los libros, que arda todo
en la fiebre del adiós, y marcharse
sin despedida, ni explicaciones,
solo
con una sonrisa y el ceño tranquilo
como quien emprende un viaje anunciado
y demasiado tiempo pospuesto.
Un último viaje allá donde sople el viento
y el polvo se esparza en blanca nube,
allí donde imaginar en el silencio
la forma de un último suspiro.


Prisiones.

Como Altolaguirre
agrandaré mis prisiones
al no poder ser libre,
daré alas a mis manos
para que alcen el vuelo en tu cuerpo,
pondré palabras a los sueños
y abriré grietas en el silencio
donde germine el presente.
La soledad entonces
                     no será más isla,
la soledad                        entonces
solo será la sombra de un pasado
en la que encontrarme contigo.

Las piedras en el río.

Estirar del hilo de una idea
con la legitimidad del herido y
la voluntad del rencor, es fácil;
como arrojar piedras sobre un charco,
ajeno al estallido y a sus ondas.
Las heridas marcan nuestra vida y también

se heredan

entonces esos charcos
no curan, ni cicatrizan,
solo remueven el barro de otro


aunque lo amáramos sobre todas las cosas,
aunque lo amáramos,
aunque fuera quien nos enseñara
a tirar piedras sobre los charcos,


aunque fuera…

Llueve.

Llueve
y me siento
desnudo
ante:
las calles
vacias,
sus árboles
quietos,
las palabras
goteando y
esa calma
bendita
de agosto.

Lo inesperado
nunca
trae paraguas consigo.

A lo sumo
una maldición o
un recuerdo
de otras tardes
donde la desnudez
se inundó de ti.

Otra vez aquí.

Repetir, perseverar,
insistir hasta la náusea,
no garantiza ni un buen verso,
ni un amor correspondido.
Lo más probable es acabar vomitando
el café de la mañana
o conseguir una orden de alejamiento.
Pero a veces
amamos tanto el amor
que necesitamos creer en milagros,
porque aunque éstos no existen,
duelen igual.

Y nos gusta.

Mientras duermes.

Mientras duermes, puedo
sublimar la escarcha
en una gota cristalina,
abrazar el cielo, mudar la rabia,
vestir las nubes de pájaros y
la casa de guirnaldas. Todo
para decirte que te quiero,
pero…

Mejor que espere
a abrir tus ojos con aromas
que sean dulces, que sean cálidos,
como nuestro hogar. Así verás
que el amor requiere un lenguaje,
desnudo de retórica y disfraces,
libre de adherencia pasadas,
como la primera flor del deshielo y
la primera luz del despertar.

La anciana y el perro.

He visto a una anciana pasear a su perro.
Éste era pequeño, tranquilo,
cargado más de orina que de prisa;
se adaptaba al paso de su amiga y
levantaba la mirada hacia ella con atención.
La mujer, a pesar de su edad,
no eludía su paseo. Como mucho
le avisaba conmovida 
para que no tirara demasiado:
“A ver por dónde me llevas, cariño,
que yo no veo”.
Como tantas veces en las relaciones
ambos se responsabilizan del otro,
se cuidan mutuamente, se acompañan
y siguen adelante con la confianza
de que cada paso dado
es una pequeña victoria a la muerte.