Otro hijo (yo) del privilegio.

La radio siempre le da los buenos días,
toda una vida trabajando para asegurarse esto:
un buen expreso, el sol por el ventanal
y, tras él, unas tórtolas lavándose en la fuente.
Una vez me dijo con seriedad: Raúl,
mi única obsesión era daros lo mejor.
Yo le repliqué con sorna: y algún día lo heredaré, papá.
La vejez a parte de dar más perspectiva
te aporta mucho más tiempo,
como si la vida te regalara una última oportunidad
para un final limpio, sin más víctimas
que tus capacidades y tu memoria.
No tengo duda sobre sus bondades como padre,
sus errores lo han hecho único, pero
ahora que sus obsesiones son la seguridad,
mi madre y criticar a la izquierda,
resulta un hombre tierno, que se aferra
a lo poco que le permite
seguir sintiéndose fuerte. Sé que le quiero,
y que mientras le queden estas cosas
no habrá llegado la hora de acompañarle
en sus últimos pasos.

Escena.

La puerta entreabierta y el cigarrillo
expirando un último aliento gris en el                 cenicero,
la lamparita azul proyecta sombras inquietas,
lúgubres deformaciones de mi soledad.
Hasta la caniche se ha rendido a su        pelota
y se ha dormido. Esta es una noche
para soñar con lo insondable y su misterio,
para morir un poco por dentro
al no ser grito, ni vendaval que quiebre
esta mordaza de cristal. Veo que una araña
teje en la esquina del techo su trama…
¡Lo que me faltaba! Alguien tendrá que matarla
y tú no estás.

Respuesta a A.P.R.

Las heridas solo se reabren
porque nunca han estado del todo cerradas,
podía parecer que el tiempo y el silencio
habían curado los tejidos, pero los años
solo cubrieron de polvo lo inefable,
como un libro
oscuro
relegado
a los estantes del olvido.
Señalar
así su situación
es cosa de médicos o historiadores,
mas, en cualquier caso, se trata
de un ejercicio quirúrgico de memoria.
Dar un lugar a lo innombrable
resulta un descanso para la vida,
porque los muertos
no tienen heridas. A decir verdad,
no tienen nada.

Se lee…

Se lee en el cartel:
«si no te ven no existes»

y te parece tan triste,
como si nadie -o casi nadie-
supiera realmente como te sientes:
¿frágil?, ¿pequeña?,
¿ovillada en tu rincón?;
también piensas
que apenas uno o dos
conocen el volumen de tu vacío,
y tal vez sean menos
los que sepan navegar sin perderse
en los límites de tus silencios. Por eso
me miras con un mohín de lamento
y veo a una niña aterrada
que no comprende el mundo ni quiere.
Ni siquiera desea que el miedo
cambie de bando. Solo quiere que pase
como pasan los días,
sin preguntar.

Tú y yo.

Para mí es tan sencillo y complejo como soñar,
esa poesía que somos sin darnos cuenta,
que hacemos sin darnos cuenta,
con gestos pequeños, como
ayudar al prójimo
o decir la verdad sin herir;
aún así qué difícil es vestir con palabras
tanta ceguera,                tanta desnudez.
Mientras tú
lastimas tu cuerpo en una cadena de montaje
y te preguntas                      si sueñan
los coches autónomos con viajar
donde ningún humano ha llegado,
por si te irías con él.

De niño.

De niño yo quería
hacer lo que hacen los mayores,
soñaba con la aventura de decidir,
con la libertad de actuar… Mi madre
desde el conocimiento que le daba su experiencia
un día me dijo:         hazlo
             y la hostia
fue proporcional a mí ignorancia.
Desde entonces he cosechado
tantos errores como aciertos
he fantaseado con volver a ser niño
para no tener responsabilidades que temer,
he aprendido a dudar y a estar cerca
de personas suficientemente locas
para cantar la verdad.
Pero ahora sé
que nada de eso me obligó a nada,
es trabajo de cada uno aprender
como correr sobre el hielo sin caerte.

Te echo de menos.

Quería decirte que te echo de menos,
pero ya lo sabes, siempre
notas mi tristeza cuando te vas
como si te soltaras de mi mano por accidente.
Pensar en ti, entonces, soñarte,
alivia las horas de prórroga,
da un poco de aire
        a mis asfixias cotidianas, desarma
los fantasmas de la soledad.

No es que no disfrute
de estar conmigo mismo, no es eso;
es solo que la vida
a tu lado                   respira con risas
y avanza paso a paso. Esa -y no otra-
es nuestra verdadera victoria a la muerte…

Lo demás es esperar.

Esta tristeza.

Esta tristeza de platos sucios
y casa deshabitada, ese silencio de niebla,
la taza vacía, no queda café.
Las páginas de este libro
me hacen llorar a gritos y el perro
me mira
y se vuelve a dormir.
Esta angustia que no sabe leer entre líneas
es literal como un puñetazo en el ojo
o romper un espejo,
la forma más simple de diseccionar mi mirada.
El reloj insiste como un pájaro carpintero
en agujerear mi cabeza y maldigo
que el día, ese largo laberinto,
tenga que empezar así.

Ojos en ceniza

Pensar en la muerte, desear
aplicarse de una vez su bálsamo definitivo,
tomarse la medicación de ese insensible psiquiatra,
apagar las mañanas que despiertas
más muerto que vivo, ajeno a la luchas diarias,
derrotado antes de abrir los ojos en ceniza;
quemar los libros, que arda todo
en la fiebre del adiós, y marcharse
sin despedida, ni explicaciones,
solo
con una sonrisa y el ceño tranquilo
como quien emprende un viaje anunciado
y demasiado tiempo pospuesto.
Un último viaje allá donde sople el viento
y el polvo se esparza en blanca nube,
allí donde imaginar en el silencio
la forma de un último suspiro.


Mensaje en la botella.

Escribir este poema
es arrojar un mensaje al mar.
Ojalá un día
lo lleve hasta ti.
Puede parecer una caprichosa ilusión
esperar que este nosotros, tan herido,
no se hunda con las tormentas, ni se desvanezca
en la oscuridad de los abismos, pero
si no pudiera soñar                        con volver realidad
aquello que solo vive en mi deseo
las olas no me traerían tu nombre y escribir
no tendría ningún sentido.