Sonoridades. 

Esta mañana desnuda de hojas

tiembla como el viento hace estremecer las ramas.
Hay frío en mi corazón y un fuego gélido en mi mirada.
Siento en la punta de mis dedos
en mi frente inclinada
el peso de los años y la condena de su marca.
Quiero levantarme como se levantan las olas
tornarme tsunami o enredadera o  catarata.
Salir volando como alondra al amanecer…
Y descansar al fin
como descansa el trigo
cuando lo siega tu guadaña.
 

La memoria de las olas.

​Llega el mar, llega, 

llega. Con su aliento incesante,
con su latido eterno. Llega, llega,
como llega la vida y la muerte,
marcando el paso del tiempo. Llega.

Llega su voz profunda contando
historias de horizontes inalcanzables, llega porque
conoce el peso de las nubes y la indiferencia del viento. Llega. Llega, mientras
intento completar su materia incomprensible
con palabras que abarquen lo infinito. Llega, llega y recuerda que
no hay margen que contenga la armonía de su ritmo,
ni la memoria de sus olas.

Silence blues

​La silla vacía

ocupa un hueco que

nadie más podrá llenar.

Ni la música, ni la carne,

ni los vasos vencidos.

Este rebaño se ha quedado huérfano y

todas las ovejas negamos el presente, 

porque sabe a pasto quemado

a lágrima inesperada y soledad.

Cuando lo incomprensible nos aborda

lloramos como llora la lava 

ardiendo por dentro

ardiendo de ira, ardiendo de rabia, impotencia y frustración. 

Por eso nos cuesta decir adios

porque la pena es tan grande

como el abismo que rechazamos

o el silencio de tus labios, 

más dados a sonreír que a llorar.

Ya pueden venir lamentos,

carruseles de abrazos, procesiones de 

plañideras anunciando esperanza…

Cuando el sol se ponga mañana 

seguirán los mismos enigmas disfrazados de nubes, 

las mismas preguntas en la oscuridad. 

Sólo queda entre tanta bruma

encontrar un sentido al sinsentido,

una brújula negra entre la muchedumbre, 

ese eco que te recuerde 

la ruta que querías andar.

El refugio del sueño.


El sueño llegó entre penumbras,

justo cuando los gatos miran la noche
desde la frialdad de lo ajeno.
Globos blandos como gotas de lluvia
besaban las nubes de enero,
nubes blancas como cuartillas 
perseguían la luna como quien persigue
el deseo.

El sueño llegó entre escaleras
paredes de un laberinto de cenizas
y silencio.
El pasado llamaba a la puerta en sombra.
El pasado llamaba.
Pero yo ya estaba muerto.

Tras la puerta cerrada. 

Tras la puerta cerrada

resuena el eco sordo y su vacío,
la sombra inquieta de la incertidumbre,
el fantasma del terror y su nada.
Tras la puerta cerrada.
Tras la puerta cerrada.
No hay nombres tras los rostros,
ni historias en las palabras.
Solo un silencio de vaso vacío
y gelida llamarada
tras la puerta cerrada.
Él dijo que el infierno eran los otros, pero
ambos sabemos que éste habita en tu mirada.
Tras la puerta cerrada.

Imagen Gerard Burnett 

La soledad de lo relativo.

Entre dos tejados no hay grandes diferencias,

tampoco entre dos calles,
dos flores o dos poemas.
No existen divergencias significativas
entre dos corazones, dos miradas
o dos cuerpos, como no las hay
entre dos estructuras
dos delirios o dos fonemas.
Lo único que importa, lo único que realmente importa,
es qué hacemos con ellas, cómo
las usaremos para cruzar el túnel de esta noche
o la meseta de las mañanas. Con qué sútil presagio marcará nuestros pasos,
cuando llegue el invierno y no nos quede nada más
que la voz dormida del recuerdo
sobre el hueco vacío de la almohada.

El salto.

​Saltaré por la ventana

-pienso en ocasiones-
cayendo a plomo como  condena ineludible.
Volaré entre balcones
para despedirme de la vida
del tiempo, de sus adherencias.
Volaré entre cortinas
que ocultan aquello que ya no querré ver.
Volaré hasta el infarto
como un corazón que dimite de la sangre y sus burbujas,
hastiado de latir sin sentido, ni dirección. 
Así caeré hasta el infierno
para no mirar nunca más tu boca hambrienta, ni tus ojos sedientos,
y el calor de sus llamas me parecerá
un colchón donde al fin descansar.
Sólo deseo
que durante mi caída eterna
no te vislumbre tras tu ventana con ánimo de partir.
Si tú y yo contemplamos el vacío en nuestras pupilas
sé que descubriremos que nos quedan cosas por hacer, que lo importante no es la caída
es el aterrizaje.

No-mundos.

Lugares que no son.

Mundos que tal vez fueron.

Personas que buscan el sentido de la vida
que no es otro que una vida con sentido.

Deriva sin puerto, ni hombro, ni mano, ni verbo donde atracar y tomar aire.

Sucesión infinita de sombras
por los pasillos del laberinto. Hambre.

Hambre de pan y horizontes, de luz
que ilumine las mil mesetas,
donde los rostros se tornan gotas de lluvia
que no se encuentran y si se encuentran
no se reconocen ni se reconocerán entre ellas.

No-lugares, no-mundos, no-personas,
solo burbujas solitarias. Solas.
Incapaces de entender el poder de la espuma. 

Esferas

espuma-de-mar

Cabalgo nubes de dudas,

decidido a llegar al límite de tu esfera. Cuando

la luz esconde su sombra de espuma, dibujo,

ajado de ausencia, pentagramas en las piedras del camino.

Náufrago de desiertos y vapores eléctricos,

mendigo la semántica de tus caricias,

calculando los vectores que sostengan

la fuente sublime sobre el pretil de piedra.

Resonancias.

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Frío que despojas

las hojas hasta desnudar la escarcha

hacerla carne, rumor de hielo,

canto de alambre, crudo designio del marinero;

entonas la vibración infinita del silencio

en tus dedos, en tu nada, en la claridad oscura

del manantial seco. Tu cálido misterio alza

el eco que resuena en la llegada de la alondra,

como la música que colma el alma, y hace crecer

las negrillas entre la hojarasca furiosa.

 

fotografía: Luis Lafuente.