Violencia.

Asistí a esa violencia otra vez…

No era mía,

pero me incendió,

como se incendian los bosques en verano,

por el trasluz de un cristal,

por el último brillo de una colilla…

¿Y qué hacer cuando te entran ganas de matar,
cuando la rabia es más fuerte que un poema o un compromiso,
cuando el aire no entra en los pulmones
ni se abre camino en la jungla de asfalto sino es a cuchillo?

Si os digo la verdad, no lo sé,

por eso me lo pregunto.

Porque cuando no hallo respuestas

escribo.

Tras el incendio

Te tengo, pero

estás tan lejos como el silencio,

como la luna,

como un secreto…

Sé que te tengo porque soy tuyo,

porque me lo dices:

con palabras, con tu cuerpo,

con alegría y dolor;

siempre que hablas y callas,

siempre que eres

tú.

Cada paso de este viaje nuestro

es un crisol de encuentros, una búsqueda de encuentros,

sobretodo cuando creemos

que no queremos volver a escucharnos,

porque no soportamos aquello que nos hace especiales o

-por qué no decirlo-

un poco insoportables…

Creo sinceramente

que en esos desvelos compartidos,

como si esnifaramos una línea de algo desconocido,

reside la razón del porqué no puedo estar sin ti.

Pienso que es algo simple, quizás,

como también pienso que

estos versos no sean merecedores

de un Ángel González o un Ernesto Cardenal,

pero al menos son auténticos

genuinos a este insomnio y este ahora.

Porque la vida, ¡ese policía corrupto!,

ha llenado nuestra rutina

de muerte,

de dolor,

de angustia,

y aún así

no sé bien cómo

de este incendio brutal,

de sus cenizas

juntos

somos capaces de huir de esta cárcel

-que sólo existe en nuestro pensamiento-

abriendo un grieta

donde se levantaban los muros.

Porque como una hoja que tiembla frente al vendaval

temblamos,

temblamos,

temblamos,

pero ningún viento que

sea ajeno a nuestro corazón

nos puede hacer caer.

La higuera.

Solía venir de pequeño a visitarte, cuando la vida era sencilla

como sentarse a tu sombra, esperando a que la gravedad

fuera generosa con tus negros frutos.

Recuerdo que, por aquel entonces,

las tardes se alargaban como prematuras estrellas fugaces

y que imaginaba ser mayor para al fin ser libre.

Vivir -qué equivocado estaba-

me parecía una aventura que solo los adultos protagonizaban.

Mis héroes eran adultos, mis padres también,

mientras que yo solo era un niño, ajeno a la guerra y a la miseria,

que esperaba, impaciente, el porvenir.

Pero a pesar de todo, de mi ignorancia, de mi estupidez,

solía escaparme hasta aquí las tardes de verano

en compañía de Verne, Stevenson o Tolkien,

-según me diera-, porque lo que sí sabía era que los sueños,

en compañía, germinan mejor.

Supongo que era un niño algo solitario, que no entendía el mundo,

ni lo pretendía; que me revelaba contra mi visión de lo injusto,

huyendo bajo tus ramas, en esa isla diminuta que habitaba,

como un Robinson Crusoe en medio de un océano de palabras.

Hoy, rozando los cuarenta, he vuelto y no estabas.

Supongo que era fácil de imaginar.

En tu lugar se extiende el asfalto del aparcamiento de un Lidl,

hay niños con sus padres, pero diría que ninguno ha llegado a conocer

a los que un día fueron mis amigos, porque los libros

se abren para dejarte entrar en su mundo

mientras que las pantallas, a pesar de su luz,

solo te devuelven un reflejo difuso de lo que podrías llegar a ser.

Ahora, puedo comprar todas las frutas que quiera comer,

pero sigo sin saciarme. Supongo que, tristemente, sigo sin entender el mundo…

¡Y ni falta que hace!

Una luz incierta

Bajo la corteza

allí donde no alcanzan

los rayos del sol,

ni las miradas…

Una luz titila en el frío.

Solo se propaga cuando puede.

Parece que no responda más

que al sueño del colibrí,

con esa flor

que existe porque se piensa,

sin ningún otro motivo.

Sé que es amor.

Supe que era amor

porque pasados los años

todo ocupaba su lugar correspondiente:

el té, los libros, tus manos, las calles,

las palabras y los silencios…

De repente,

como la primavera amanece en los cerezos,

el universo se movió a ritmo de Bach

o con una rumba de Los delincuentes,

como si tú atmósfera diera aire a un mundo

ahogado en su propio abismo.

Supe que era amor,

porque todo lo aprendido

en las aulas, en los libros y en las gentes

era insuficiente para explicar

la profundidad de tu melodía.

Y aquí sigo,

vencido el lenguaje para siempre,

dejando que hablen los cuerpos

lo que sabes que sé.

Ellos no mienten.

Cuando las palabras no bastan…

Cuando las palabras no bastan,

justo en ese instante fatídico,

en que los versos

se vuelven piedras cansadas al borde del camino y

la mirada pareciera

un oscuro mezcladís, que proyecta eclipses

sobre el futuro incierto… Ponte manos a la obra

porque el amor en ocasiones

también es esto:

soledad, dolor, angustia, desasosiego…

Las botellas llenas con la ceniza de los días

no son más que un reflejo opaco

de lo que no se nombra,

lo oculto en el desván.

Demasiadas heridas abiertas quizás

contra las aristas de una verdad poliédrica,

excesivas llagas ulceradas

contra su sombra magmática.

Pero la vida sabemos

también es esto:

miedo, dudas, decepciones, desiertos…

La razón es simple, casi obvia:

cuando el amor y la locura

se miran en el mismo espejo

uno tiene la certeza

de que ambos son verdaderos,

mientras que la poesía

no es más que una preciosa mentira,

un decorado envoltorio

para las verdades del presente.

Así que recuerda

cuando las palabras no bastan,

cuando los versos son como aviones de papel,

dirigiéndose contra el suelo,

solo pueden hablar los corazones.

Espero tu respuesta.

Rojo oscuro. Casi negro.

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Levantó la copa de vino hacia la luz. Contempló sus tonos rojizos, con reflejos de un dorado pálido. Al llevarla a la nariz se le erizó la piel al notar sus aromas a frutos rojos, maduros, casi confitados y las sutilezas de sus gráciles taninos. En boca resultaba majestuoso, un auténtico estallido de sabores que le provocaron un leve gemido de placer. A sus 47 años, al fin cumplía el sueño de catar un Chateux la vie del 74. Cuando al día siguiente le ejecutaran por el asesinato de su hija 14 años atrás, la inyección letal le cerraría los ojos con una sonrisa. Su vida al fin tenía sentido.