Bajo la corteza
allí donde no alcanzan
los rayos del sol,
ni las miradas…
Una luz titila en el frío.
Solo se propaga cuando puede.
Parece que no responda más
que al sueño del colibrí,
con esa flor
que existe porque se piensa,
sin ningún otro motivo.
Bajo la corteza
allí donde no alcanzan
los rayos del sol,
ni las miradas…
Una luz titila en el frío.
Solo se propaga cuando puede.
Parece que no responda más
que al sueño del colibrí,
con esa flor
que existe porque se piensa,
sin ningún otro motivo.

Supe que era amor
porque pasados los años
todo ocupaba su lugar correspondiente:
el té, los libros, tus manos, las calles,
las palabras y los silencios…
De repente,
como la primavera amanece en los cerezos,
el universo se movió a ritmo de Bach
o con una rumba de Los delincuentes,
como si tú atmósfera diera aire a un mundo
ahogado en su propio abismo.
Supe que era amor,
porque todo lo aprendido
en las aulas, en los libros y en las gentes
era insuficiente para explicar
la profundidad de tu melodía.
Y aquí sigo,
vencido el lenguaje para siempre,
dejando que hablen los cuerpos
lo que sabes que sé.
Ellos no mienten.
Cuando las palabras no bastan,
justo en ese instante fatídico,
en que los versos
se vuelven piedras cansadas al borde del camino y
la mirada pareciera
un oscuro mezcladís, que proyecta eclipses
sobre el futuro incierto… Ponte manos a la obra
porque el amor en ocasiones
también es esto:
soledad, dolor, angustia, desasosiego…
Las botellas llenas con la ceniza de los días
no son más que un reflejo opaco
de lo que no se nombra,
lo oculto en el desván.
Demasiadas heridas abiertas quizás
contra las aristas de una verdad poliédrica,
excesivas llagas ulceradas
contra su sombra magmática.
Pero la vida sabemos
también es esto:
miedo, dudas, decepciones, desiertos…
La razón es simple, casi obvia:
cuando el amor y la locura
se miran en el mismo espejo
uno tiene la certeza
de que ambos son verdaderos,
mientras que la poesía
no es más que una preciosa mentira,
un decorado envoltorio
para las verdades del presente.
Así que recuerda
cuando las palabras no bastan,
cuando los versos son como aviones de papel,
dirigiéndose contra el suelo,
solo pueden hablar los corazones.
Espero tu respuesta.

Levantó la copa de vino hacia la luz. Contempló sus tonos rojizos, con reflejos de un dorado pálido. Al llevarla a la nariz se le erizó la piel al notar sus aromas a frutos rojos, maduros, casi confitados y las sutilezas de sus gráciles taninos. En boca resultaba majestuoso, un auténtico estallido de sabores que le provocaron un leve gemido de placer. A sus 47 años, al fin cumplía el sueño de catar un Chateux la vie del 74. Cuando al día siguiente le ejecutaran por el asesinato de su hija 14 años atrás, la inyección letal le cerraría los ojos con una sonrisa. Su vida al fin tenía sentido.
…Abrió los ojos. Eran las 4 de la madrugada. Una noche más el insomnio se materializaba en su rostro en forma de cansancio y fastidio. La visión de dos cucarachas frente al microondas lo habían despertado con un sobresalto. Pensó en Kafka, en las pesadillas que debió sufrir para escribir “La metamorfosis”. Sueños inmundos y castradores, como los que soñaría una bestia acorralada. En la oscuridad, recordó que no hay peor amenaza que la de nuestros propios miedos reprimidos y supo que ya no podría volver a dormir. Se levantó pesadamente y fue a beber un vaso de agua a la cocina. La mirada le volaba hasta el microondas, por si acaso todo aquello resultaba un deja vu. Ni rastro. Sólo un periodico abierto donde leyó las palabras de W.H. Auden: El valor de algo profano es su utilidad, el valor de algo sagrado es su existencia. Dejó el vaso en el fregadero y al girarse, vio a dos cucarachas frente al microondas. Abrió lo ojos. Eran las 4 de la madrugada…
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