La carretera.

Esos árboles desnudos,
a los que ya no alcanza ninguna primavera,
marcan las lindes del granito,

de su voz cenicienta.

Su lamento sin raíces,
alza nubes de plástico
sobre las columnas de caña seca,

son huérfanos de lodo

junto al cuerpo de la mano muerta.

Siempre es así esta carretera,
raída por el humo y su oscura consigna.

Solo alguna temeraria genista
desafía el calor de este ocaso
con la sencilla y lejana humildad de una estrella.
Como nos pasa a todos,
no ha elegido nacer en este momento,
ni en este lugar.
Pero se obstina en dar vida a un instante
porque sin pensarlo
-ajena al progreso y su condena-
siente correr entre sus nudos
a lo largo de su tallo cristalino
el aliento del tiempo que apremia.