Si muriera mañana.

Si muriera mañana
no sé detendría el tiempo,
no llorarían las farolas,
ni se abrazarían los pájaros,
no se oscureceria el agua,
ni hablarían las nubes sobre mí deceso.
Ana lloraría, lo pasaría muy mal,
y mis padres, los poco amigos que mantengo,
la familia que me quiere
aunque nos encontremos solo
cuando cambia el viento;
llamadme egoísta
pero la vida, el mundo, lo que importa:
las sonrisas, la mirada alegre de los perros,
la tranquilidad de los gatos
y la de algunos poetas. Todo eso:
el aroma del café por la mañana,
el goteo de un piano rompiendo el silencio,
el sabor de un beso de ojos cerrados,
las miradas que te desnudan con ojos abiertos,
el alivio de un suspiro y su ojalá,
perduraría como contrapeso
al ingente dolor que llora en el mundo
sin consuelo. Sin consuelo.
Ellos son la esperanza
que le queda al condenado, su última cena,
su sólido testamento.
Si muriera mañana, os legaría todo eso;
nada de palabras vacías, ni de abrazos maltrechos,
nada de miradas huidizas,
ni de soledad entre los dedos; que cantéis a la vida
porque cantando la penas son menos.
Por eso si muriera mañana
os llevaría en el pensamiento,
porque sois mi luna llena
y mi andar sereno.
Al final
la vida llega hasta donde esperan los dragones,
más allá,
os espero.

It’s a trap

Lamento anunciar
que la vida es una trampa;
cuando eres feliz, un día
te lo preguntas, solo deseas confírmarlo,
pero ya es tarde; la felicidad
es como ir al cine,
cuando piensas en lo que has visto
es porque la diversión ha acabado.

Necesito auriculares.

Una terraza vacía
y como en un cuadro de Hooper
tres personas charlan tras la cristalera: silencio.
Cálido silencio y una bolsa triste
bailando con el viento.
En éste lado de la plaza, en cambio,
un fascista evangeliza con gritos y cerveza,
a otra víctima de la fortuna.
Mi mente, que lleva todo el día moviéndose
al ritmo de “Moonlight serenade”, mira
como las farolas en otoño pintan los árboles de oro y sueña
con una soledad y un silencio,
donde no llegue el ruido, ni la estupidez.

Respuesta a A.P.R.

Las heridas solo se reabren
porque nunca han estado del todo cerradas,
podía parecer que el tiempo y el silencio
habían curado los tejidos, pero los años
solo cubrieron de polvo lo inefable,
como un libro
oscuro
relegado
a los estantes del olvido.
Señalar
así su situación
es cosa de médicos o historiadores,
mas, en cualquier caso, se trata
de un ejercicio quirúrgico de memoria.
Dar un lugar a lo innombrable
resulta un descanso para la vida,
porque los muertos
no tienen heridas. A decir verdad,
no tienen nada.

Se lee…

Se lee en el cartel:
“si no te ven no existes”

y te parece tan triste,
como si nadie -o casi nadie-
supiera realmente como te sientes:
¿frágil?, ¿pequeña?,
¿ovillada en tu rincón?;
también piensas
que apenas uno o dos
conocen el volumen de tu vacío,
y tal vez sean menos
los que sepan navegar sin perderse
en los límites de tus silencios. Por eso
me miras con un mohín de lamento
y veo a una niña aterrada
que no comprende el mundo ni quiere.
Ni siquiera desea que el miedo
cambie de bando. Solo quiere que pase
como pasan los días,
sin preguntar.

Fuego.

«Yo, como Satanás, llevaba un infierno en mi interior y, al comprender mi aislamiento, quería destrozar los árboles, esparcir la destrucción a mi alrededor, para sentarme luego a contemplar con fruición aquellas ruinas».

Mary Shelley.



A veces miro el fuego
buscándome en sus lenguas,
saltando sin parar,
en una danza de destrucción implacable,
y me siento poderoso, cruel incluso,
            como un dios vengativo
                        con un plan inevitable.
Extraña fascinación la que nos produce
contemplar como la realidad se vuelve cenizas,
que ardemos con el deseo
de controlar la materia, cuando nadie
tiene control sobre nada
que valga en verdad la pena.

De niño.

De niño yo quería
hacer lo que hacen los mayores,
soñaba con la aventura de decidir,
con la libertad de actuar… Mi madre
desde el conocimiento que le daba su experiencia
un día me dijo:         hazlo
             y la hostia
fue proporcional a mí ignorancia.
Desde entonces he cosechado
tantos errores como aciertos
he fantaseado con volver a ser niño
para no tener responsabilidades que temer,
he aprendido a dudar y a estar cerca
de personas suficientemente locas
para cantar la verdad.
Pero ahora sé
que nada de eso me obligó a nada,
es trabajo de cada uno aprender
como correr sobre el hielo sin caerte.

Te echo de menos.

Quería decirte que te echo de menos,
pero ya lo sabes, siempre
notas mi tristeza cuando te vas
como si te soltaras de mi mano por accidente.
Pensar en ti, entonces, soñarte,
alivia las horas de prórroga,
da un poco de aire
        a mis asfixias cotidianas, desarma
los fantasmas de la soledad.

No es que no disfrute
de estar conmigo mismo, no es eso;
es solo que la vida
a tu lado                   respira con risas
y avanza paso a paso. Esa -y no otra-
es nuestra verdadera victoria a la muerte…

Lo demás es esperar.

Las piedras en el río.

Estirar del hilo de una idea
con la legitimidad del herido y
la voluntad del rencor, es fácil;
como arrojar piedras sobre un charco,
ajeno al estallido y a sus ondas.
Las heridas marcan nuestra vida y también

se heredan

entonces esos charcos
no curan, ni cicatrizan,
solo remueven el barro de otro


aunque lo amáramos sobre todas las cosas,
aunque lo amáramos,
aunque fuera quien nos enseñara
a tirar piedras sobre los charcos,


aunque fuera…

Escribir como.

Escribir como se habla
que el lenguaje sea altavoz de
las calles que tanto amo,
de sus gentes y sus verdades,
de su vida plena y también
de su absurdo vacío,
la soledad de sus fronteras
y ese dolor                     innombrable
que supura en las heridas.
Escribir para que sientan
mis manos a su lado, ahora que
el mundo parece una distopía
donde los gritos
ahogan de silencio a la razón.