4A.

No quiero tener casa
si tu
no la conviertes en hogar
con tu sonrisa.

No, no quiero tener casa, ni cama, ni amanecer roto, ni lluvia compartida; así que

renuncio para siempre:
a las calles, a sus gentes y a los libros
que cuentan sus idas y venidas.

Porque las casas siempre han estado sobrevaloradas,
sobretodo cuando no hay un corazón que las habita,
y en la oscura humedad de sus paredes
crece un moho mezquino y traicionero,
un vacío o alguna reliquia ajada,
como los despojos de una malograda ambición.

Por eso no me lamento si no tengo casa.
Porque no la quiero. Porque solo deseo estar contigo,

y para dormir,

después del encuentro, amor mío,
ya nos apañaremos.

La incógnita.

Cuando naces en una pequeña ciudad, en la más pequeña de las que hay alrededor, si viajas fuera de la provincia, siempre acabas diciendo que eres de la cercana capital. Como cuando en un bar te pregunta quién eres alguien mucho mayor y te limitas a explicarle de quién eres hijo. Para que te sitúe. Porque aunque sigas siendo anónimo en sus mapas, dejas de ser una incógnita.

Tus ojos…

Tus ojos son tan oscuros como la noche y
como ella están llenos de vida. Me recuerdan
que la emoción es imprescindible entre tanto algoritmo,
que las palabras solo son un puente que comunica las miradas,
que los placeres de la vida pueden ser sencillos
como traer incansable una pelota sucia,
solo porque es mi mano la que la lanza.