Ser libre

SER LIBRE es soñar posibilidades
con los ojos abiertos. Soñar
que tus manos son a la vez
alas y raíces, árbol y pájaro,
sin miedo a volar, ni a dar frutos;
saber que eres responsable de tus pasos
y que la libertad
si no es compartida
se convierte en privilegio,
en tiranía. Porque cuando las noches
sean tierra quemada y pasto de pesadillas,
ser libre, realmente libre,
será un acto último de resistencia, el viento
que esparcirá la luz y el cambio,
la verdad
y su semilla.

El silencio.

EL SILENCIO es un arma cargada
en los labios de la indiferencia,
bocas que callan y mueren por dentro,
dentelladas lentas de muda barbarie.
No es el miedo el preludio de tu herida,
sino el estúpido orgullo de tu divergencia.
Eliges mirar a otro lado para no ver la injusticia
y la legítimas con la complicidad del arrogante.
Se empieza así y un día, sin darte cuenta,
darás la espalda a la música,
a la filosofía, a una extraña y bella flor,
porque ver el mundo no implica
mirarlo a la cara,
escucharlo, entenderlo, respetarlo…
Ese día, si llega, será demasiado tarde,
te habrás quedado ciego para siempre
y ni tus manos temblorosas
serán capaces de reconocer
la cara de un amigo en la oscuridad.

@raulvelascosanchez

Somos.

Somos un conjunto de máscaras,
un ramillete de identidades
en constante aprendizaje y evolución.
Conocerse a uno mismo implica aceptar
tu papel en este baile de espejos.
Seguramente, por esto, Pessoa
fue el gran poeta del siglo XX,
cuánto más se disfrazaba
más se parecía a si mismo.

Decía Cioran que el miedo
es la muerte de cualquier instante.
Como un rayo de hielo
detiene los relojes y congela las manos,
impone un velo de luto y tinieblas,
situándote en el centro de tu propio laberinto.
Hablo de una fuga y un tránsito constante,
como fugitivos perseguidos por su propia sombra
huimos hasta cerrar el círculo
de lo que nos ha llevado hasta allí.

La guerra por dentro

La guerra es por dentro, sigue a tu instinto.

Che Sudaka.

Llevamos la guerra por dentro,
todos,
casi sin excepción.
La paz interior no es más que un armisticio
fugaz,
como un relámpago,
que ilumina por un instante
lo que fuimos, lo que somos
y lo que deseamos ser.
Dura solo un instante, el tiempo suficiente
para que podamos reconocernos antes de la penumbra.

SOBRE EL AMOR Y EL ARTE.

Solo el amor y el arte nos sitúan
en el ahora
con todo lo que eso implica:
la consciencia plena de ser quién eres
(de todos aquellos que te forman)
para poder centrarte en lo que sientes
con todas sus consecuencias.
No existe el lugar adecuado,
ni el momento concreto,
solo la certeza de estar ahí
haciendo lo que quieres hacer.
Todo lo demás: las facturas, los quebrantos,
los platos del fregadero,
los inconvenientes de lo cotidiano…

…pueden esperar.

A tu lado

No te amo porque te siga
(aunque te admire),
ni porque tú me sigas a mí
(aún no entiendo el porqué).
Te amo porque entre nosotros
no tiene sentido ir delante o detrás del otro,
porque siempre eliges estar a mi lado,
acompañándome, porque
eres mi amor, mi amiga y contigo
la vida es como un río
donde todo fluye de forma natural.
Solo espero que las palabras, los silencios, las risas,
las tardes de sofá y mantita,
las noches, los orgasmos sigan su curso,
hasta que -también juntos-
seamos mar.

Sobre la libertad.

No creo en la libertad. Me siento
preso en un cuerpo cansado
encadenado al tiempo

y al sistemático sinsentido
y sin embargo opto

cada día

por la bondad.

Lo cierto es que me da vértigo pensar
que entre tanta elección cotidiana
hay tanto de uno

como de los otros;

al fin y al cabo, somos
una soledad acompañada,
una pequeña burbuja

entre la espuma.

Solo me consuela pensar
que tenderte la mano me libera
porque me acerca más a ti. Ahí,
precisamente, reside el dilema:
¿De qué sirve
tener un precioso jardín
si no puedes regalar:

el aroma de sus rosas,
la frescura de su sombra
o el calor de sus estíos?

Con el alma humana

pasa más o menos lo mismo:

no somos lo que tenemos,
nada nos pertenece (para siempre),
somos un conjunto de decisiones que

libres o no

pueden quedar grabadas
en los ojos que nos miran.

Kintsugi

Kintsugi: un arte milenario japonés que consiste en restaurar una pieza que se ha roto, agrandando incluso la fractura con oro, plata o platino para enaltecer las cicatrices.

Te amo, aunque estés lejos;
y cuando tu silencio
hace frontera con mi soledad, me pregunto
qué ausencias habitan tus labios,
qué alas te elevan hasta las nubes
donde anidas:
pájaro de fuego, estrella de nieve,
canción de sombra y aullido.
Esos días con lágrimas de hielo
cuando parece que no me necesitas
sé que debo estar a tu lado,
para que cuando amanezca la palabra
y hable la piel,
cuando la música vibre con nosotros,
y la ternura empatice con nuestros desiertos,
mis manos te recuerden
que aunque las heridas
sean la arcilla de nuestra alma,
siempre -hasta cuándo arrecia el dolor-
las caricias las pueden reparar
hasta honrar cada cicatriz.

Del amor y la amistad.

Hace años que aprendí
que si hay algo incontrolable:
es el amor.
Las sonrisas, las miradas auténticas,
no entienden de color, género o clase social;
tampoco es de mi incumbencia juzgar
los deseos de la gente, por mí
como si se quieren enamorar de un árbol
o una estrella fugaz.
Ni siquiera estoy de acuerdo con Girondo
a mí me importa un bledo
que no sepan volar.
A los únicos que no soporto
(bajo ningún concepto)
es a los hipócritas y a los cretinos.
Si eres capaz de vender tu corazón
o engañar hasta a tu alma
no cuentes conmigo,
la vida es demasiado corta
y el amor demasiado valioso
para celebrarlos con cianuro.


Los amigos vienen y van
siguen sus vidas,
sus caminos,
a veces incluso tienen hijos
y se les cae el pelo
y se les arruga el alma
Pero pase el tiempo que pase
se les reconoce
porque tras un minuto con ellos sabes
que cuando se habla de quedar
para tomar una caña o un café
la respuesta no es la evasiva “ya quedaremos”
sino un claro “tenemos que ponernos día”.


Las remoras son personas
que se acoplan a otro más fuerte
porque solos no sabrían
ni freírse un huevo. No son parásitos
propiamente dichos,
aunque tampoco creen en la codependecia;
son seres solitarios y egoístas,
carroñeros de energía,
que disfrazan su ambición y victimismo
con frases vacías y otras
de lastimera cobardía.