La luz.

Sentarse en la misma terraza
no implica ver siempre la misma gente.
Hasta esos tres evangelistas de Jehová
rotan en su misión depende del día.
Cuando me pongo a escribir pasa un poco lo mismo: encontrar
unas pocas palabras que brillen
-entre tanta oscuridad-
requiere asumir
que la luz no contempla sombras,
sólo proyecta la que cada uno tenga,
según el día.

Ilustración: “Plaza” (1913) Giorgio de Chirico

La chica de Vodafone

He llamado tres veces a Vodafone
en menos de quince minutos,
como si la máquina que responde
fuera a cambiar de opinión por mi insistencia…

Pienso que por eso,
a pesar del calentamiento global
cada día hay gente un poco más fría;
como un robot o un soldado,
cumplen órdenes sin cuestionar,
son sociópatas adictos a ellos mismos
y con tendencia a cosificar a los otros.
Así, medrando, imponiéndose,
han naturalizado a las máquinas,
porque escuchan como máquinas,

aman (ellos lo llaman amor)

como máquinas

y codifican el mundo

según ceros y unos. Pero claro
el mundo es otra cosa
y para conocerlo de verdad
hay que sentir antes de entender.

Al final,
se ha puesto una muchacha real,
y ha sido amable,
una auténtica profesional de la empatía,
os podéis imaginar que su trabajo
era convencerme
-costara lo que costase-
para que no me fuera a otra compañía.

El odio.

Y como un rayo
me atraviesa el odio y me divide
como un reflejo oscuro que alienta
la verdad y sus anexos.
Contiene tanta rabia mi puño cerrado,
que sueño con que arda el mundo
y se extingan las naves,
que lo único que quede de la humanidad
-que en otra hora defendí-
sea la yerma sombra de un vientre seco,
secas las venas, secos los ojos, secas las manos,
seca la boca aterrada de tanto arder.
Si esa hora llega, no me busquéis,
seré otro,
que andará sin aire y sin vida entre bastidores,
esperando que la fiesta acabe
para poder recoger
los restos consumidos de quién fui.

A las futuras generaciones

“Tu verdad no, la verdad.

Ven conmigo a buscarla

La tuya guardatela.”

Antonio Machado.

Siento confirmaros lo que ya imagináis
que nacer es empezar a morir,
mientras duele el mundo
como un disparo en la frente
y las llamas del ocaso
desparraman un mar de sangre
sobre nuestras cabezas de plástico.

Vivir, morir, tal vez soñar
con otras posibilidades, deambulando por los márgenes
en busca de compañía
para creer que no estamos solos.
Ahí reside la esperanza,
la única disidencia posible.

Pueden tumbar los cuerpos y las almas,
pueden socavar las raíces de la voluntad.
Pero si dos personas o tres o cuatro o las que sean
se ponen a trabajar juntas por la verdad… El camino

habrá valido la pena.

No nos basta.

No nos basta con contemplar
la irremediable finitud de los días,

su oscura profecía.

Ni siquiera percibir
cómo lentamente
la sangre va adquiriendo
un negro hedor a futuro y muerte.

Las alarmas desatadas
chillan como bebés condenados
a una yerma rectitud de cruces sin nombre.
Pero la gente sigue ahí,
embotelladas en sus casas,
como luces que esperan
que nadie las apague

cuando llegue el alba.

Vacío

El bar está vacío,
como los tejados por los que ando
buscando cielos.
Vacío como mi mirada cansada de verme
siempre al otro lado,
tan extraño en mi locura, como
un abrazo sin dueño.
Vacío como ese vaso cargado de recuerdos,
como ese sueño cargado de olvido.
Así escribo en el suelo del funambulista
imaginando pájaros que escriben con su vuelo
palabras que rompan el maleficio.

Una carcajada en la televisión encendida
me devuelve a este espacio de un golpe.
El dueño me mira con sus ojos rasgados.

Es la hora de salir.