…Y mar,

en la memoria eterna,

en la caricia cercana,

en ese azul que vi de niño,

cuando todo era sencilla

como tu mirada honesta.

Hay cosas que nunca cambian -por fortuna-

porque cuando te veo,

tan cerca y tan lejos,

ante mis parpados cerrados,

todo se ve más claro.

Eres como esos fantasmas que nos resucitan.

Ese algo que nos impulsa a seguir adelante,

porque saben mejor que nadie,

que no es momento de decir adios.

Tal vez,

en el mejor y el peor de los casos,

un hasta siempre

-como siempre-

imaginado…

Macarrones.

Recuerdo que de niño
le dije que me habían gustado mucho sus macarrones
y ella me los preparó durante siete días consecutivos…

Así que yo no quise probarlos nunca más.

Solo ahora entiendo que era su forma de quererme,
su torpe y excesiva manera de cuidarme.

Cada día, de aquella interminable semana:
pochó la cebolla, sofrió la carne, redujo el tomate
y lo dejó reposar mientras hervía el agua y se cocía la pasta.

Hubiera tardado menos en hacerme una ensalada y un filete,

en freír unos huevos con patatas…

Pero yo le había comentado
que me gustaban mucho sus macarrones,
que eran mejor que los de mi madre (su hija).
Sin imaginar que mis palabras,
le señalaban un delirante camino
para que yo me sintiera
mejor que en mi propia casa.

Ayer fui a verla al hospital,

se está muriendo y…

…Hace tiempo que el alzheimer no le permite ni preparar un pan con tomate.

Cuando mi madre la despertó,
nos sonrió y nos dijo:
<<Recordad, recordad…
Hay que vivir…>

Poco después, cuando llegué a casa,
mi mujer me preguntó en qué pensaba.
Yo le dije que estaba triste.

-¿Quieres que cocine yo? -Me propuso.

-Vale, haz macarrones. -Le pedí, mientras me encendía otro cigarrillo.

¡Joder!

Va siendo hora de dejar de fumar.

Mis votos nupciales

Ahora,
cariño mío, es nuestro momento.
Mientras todo es posible y
las grandes cosas de la vida:
amor, alegría, deseo,
parecen simples y hermosas
como este anillo; por eso
quiero invitar al pasado a dar un paso al frente;
todo lo demas: sus adherencias,
su ternura, sus inciertos amaneceres,
las lágrimas que en otra hora incendiaron nuestras mejillas,
deben hoy alimentar otro fuego,
aquel donde arrojar todo lo efímero,
todo aquello que no entienda de eternidades.

Ahora,
que las calles en la que nos hemos amado
están a nuestros pies,
las invoco como testigo perpetuo
cuando digo que te amo;
te amo mucho, amor mío,
te amo con mi torpe corazón,
mis manos desnudas,
mi alma triste y mis huesos cansados.

Por eso ahora
es el momento en que todo acaba y todo empieza,
porque este ahora somos nosotros,
somos esta hora tardía…

Solo te pido que insistamos,
ahora y siempre,
en los besos y en las risas
-esa forma tan nuestra de cuidarnos,
de sembrar futuro-,
hasta que nos descubra la madrugada
tal y como somos,
hijos de ese instante desnudo,
universal,
tan sencillo como eterno;
para que juntos
en cualquier lugar y cualquier tiempo
seamos llama,
seamos uno, seamos pueblo.

Fotografía: David García (El Largo)

Mi ciudad, (I).

Estoy en un atasco

y, por momentos, pienso

que nunca acabará.

No debo ser el único que se siente

preso, en medio de la autopista,

esfinge en un desierto de almas,

sediento de palabras y libertad.

Pero como estoy en un atasco

me consuelo

pensando que cada coche

es una isla salvaje e indómita

por descubrir.

Observo al conductor que tengo a mi derecha,

preguntándome si es abogado o fontanero,

si está casado o le gusta leer a Pizarnik,

si prefiere el rock o los gatos,

y como si notara mi mirada se vuelve hacia mí

sin verme.

Confieso que yo

tampoco he distinguido en él gran cosa:

una impermeabilidad opaca,

la sombra de una sombra,

cómo un apagón en el cine,

un móvil sin batería

o el silencio que sigue

a un punto y final.

El cant de l’enyor. (Per l’Eugeni, descansi en pau)

Criden,

criden les cordes d’aquesta guitarra,

criden, criden

aixecant el teló.

Crits, que són llàgrimes,

ballen una dansa eterna,

coreografia sense passos, ni dansaires,

sense rams, ni mocadors…

Només un buit ple de records, de música,

de moments que parpellejan a la memòria,

com estels sobre un cel seré,

dibuixen una passarel·la plena de vida,

un pont que travessa el no-res.

Tots els que omplim aquesta platea

contemplem a les onades plorant amb el vent,

perquè ell ja no pot ballar com sempre

i fins i tot les campanes es colpegen el pit

al pensar que ja no hi és.

Tant de bo puguis volar

deixant enrere els núvols d’una existència

que mai té sentit.

Aquí abaix l’espectacle continua

-quin remei-

i el teló no baixarà

mentre et moguis elegant i valent

sobre les taules fermes

de la nostra ment.

Esa lágrima furtiva

A veces

en la radio del coche

suena una canción que reabre la herida,

como si nunca se hubiera cerrado, y

aminoras

para no chocar

con esa lágrima furtiva,

agazapada en la memoria,

que como una bestia caleidoscópica

que ha sobrevivido al olvido

te asalta,

te asalta en tu soledad,

desde su sombra,

como el eco de un lamento o

el triste negativo de una historia.

Puede pasar entonces

que la carretera se estreche o se retuerza,

peligrosamente,

transformada en remordimiento o pérdida,

en culpa o descrédito,

y tal vez, por un momento,

pienses en detener el coche para así

poder llorar mejor.

Conducir por esos caminos

por donde solo transita el alma

tiene estas cosas…

Tarde o temprano

acabas llegando al corazón.

La magia reside en ese instante

en que a esa canción le sigue otra

-realmente no importa el género-

y la herida vuelve a desvanecerse

como un espectro…

Es cuando sonríes y descubres,

justo antes de acelerar,

que somos la suma

de todos nuestros fantasmas, que

son ellos

los que nos hacen sentir vivos.

Begin the beguine

Me gustaría escribir que tras mi ventana se ve el mar,

que me viste cada mañana con aromas de oro y azul

y las gaviotas me arrullan cada noche con sus plácidas trayectorias.

Me gustaría contarte que un concierto de jilgueros atraviesa los cristales y

que los chopos y los abedules, los alcornoques y los robles

son nuestros vecinos por derecho de conquista.

Pero la aburrida y sobria realidad

muestra una geografía de áridos tejados y antenas de televisión;

claxones, sirenas y rugidos de motor dan cuerpo a la estampa

como gotas negras sobre un lienzo de Pollock.

Tras las cortinas se extiende la gris modernidad,

pero aquí dentro…

Aquí dentro estás tú, estoy yo y suena Cole Porter;

es de noche y hemos abierto una segunda botella de vino.

Estás hermosa, ¡joder! Mientras que yo

no sé si estoy borracho, pero me da igual,

quiero amarte como nunca nadie te ha amado,

buscando en la piel cada signo de un lenguaje que

sólo entendamos cuando no hagan falta más palabras que

mar, cielo, bosque

y Begin the beguine…

Ese hombre

Hubo una vez un hombre

que prefirió vivir descalzo.

Pero hay cosas peores…

Se despojó de la ropa que compraron sus padres,

de las ideas que había heredado y

salió a hacer camino.

Pero hay cosas peores, ¡mucho peores!

Durante años lo vi por mi pueblo

en constante peregrinación hacia ningún lugar,

trotamundos de lo metafísico, vagabundo de lo material,

de niño temía la suciedad de tus harapos, pero

también veía luz en esos ojos huidizos,

que ignoraban lo mundano,

y los imaginaba buscando luz en Dios sabe qué silencios.

Me cuentan que la muerte te hayó durmiendo,

no sé el porqué

creía que te fulminaría de una forma más poética.

Por eso recuerdo hoy el día

en qué vencí mis miedos y te hablé.

Tú sonreíste. No había miedo en tu rostro,

quizás una bondadosa resignación,

la melancolía del que pasa su vida en busca del tiempo perdido;

te pregunté ¿por qué vivir así?

Tú encogiste los hombros y me respondiste:

¿Por qué no?

Hay cosas peores…

Se vuelve humo

Como un cigarrillo que se consume en el cenicero,

la espera de tus labios se vuelve humo y cenizas;

algo de materia orgánica y…

Otro algo

que desea elevarse

para mirarnos desde arriba.

Lo cierto es que te echo de menos…

La tarde se quema entre mis dedos

mientras añoro tus manos pequeñas

dibujando interrogantes sobre mi espalda y

tus ojos brillantes y redondos,

como dientes de león, devorándome.

Supongo que estoy triste,

que estoy triste y te quiero,

que me arrepiento de haber sido tan yo

para no ser capaz de pensar en un nosotros.

Por eso te pienso,

desnuda ante mí,

para poder decirte lo que siempre callé.

Por eso te sueño,

amándome otra vez,

porque no quiero despertar.

La higuera.

Solía venir de pequeño a visitarte, cuando la vida era sencilla

como sentarse a tu sombra, esperando a que la gravedad

fuera generosa con tus negros frutos.

Recuerdo que, por aquel entonces,

las tardes se alargaban como prematuras estrellas fugaces

y que imaginaba ser mayor para al fin ser libre.

Vivir -qué equivocado estaba-

me parecía una aventura que solo los adultos protagonizaban.

Mis héroes eran adultos, mis padres también,

mientras que yo solo era un niño, ajeno a la guerra y a la miseria,

que esperaba, impaciente, el porvenir.

Pero a pesar de todo, de mi ignorancia, de mi estupidez,

solía escaparme hasta aquí las tardes de verano

en compañía de Verne, Stevenson o Tolkien,

-según me diera-, porque lo que sí sabía era que los sueños,

en compañía, germinan mejor.

Supongo que era un niño algo solitario, que no entendía el mundo,

ni lo pretendía; que me revelaba contra mi visión de lo injusto,

huyendo bajo tus ramas, en esa isla diminuta que habitaba,

como un Robinson Crusoe en medio de un océano de palabras.

Hoy, rozando los cuarenta, he vuelto y no estabas.

Supongo que era fácil de imaginar.

En tu lugar se extiende el asfalto del aparcamiento de un Lidl,

hay niños con sus padres, pero diría que ninguno ha llegado a conocer

a los que un día fueron mis amigos, porque los libros

se abren para dejarte entrar en su mundo

mientras que las pantallas, a pesar de su luz,

solo te devuelven un reflejo difuso de lo que podrías llegar a ser.

Ahora, puedo comprar todas las frutas que quiera comer,

pero sigo sin saciarme. Supongo que, tristemente, sigo sin entender el mundo…

¡Y ni falta que hace!