Tras la puerta cerrada. 

Tras la puerta cerrada

resuena el eco sordo y su vacío,
la sombra inquieta de la incertidumbre,
el fantasma del terror y su nada.
Tras la puerta cerrada.
Tras la puerta cerrada.
No hay nombres tras los rostros,
ni historias en las palabras.
Solo un silencio de vaso vacío
y gelida llamarada
tras la puerta cerrada.
Él dijo que el infierno eran los otros, pero
ambos sabemos que éste habita en tu mirada.
Tras la puerta cerrada.

Imagen Gerard Burnett 

Ojalá.


Párpados de arena negra

cristalizan la noche en un suspiro
imperceptible. Tu piel parece una luna
suave y redonda, una luna blanca
como la aurora fría de un amanecer de enero.
Te siento tan frágil, tan difusa
como un diente de león frente al vendaval.
Pero no es así. Nunca es así.
Tras los enigmas que esconde el silencio
tu mirada invita al futuro a jugar
una rayuela dibujada sobre el abismo.
Primero un pie, luego otro. Salto a salto
vuelves a suspirar.
Yo le doy una calada al cigarro y
exhalo el humo lentamente. Te miro.
Te miro y comprendo:
que los suspiros, en ocasiones, suenan igual que un ojalá.

Esferas

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Cabalgo nubes de dudas,

decidido a llegar al límite de tu esfera. Cuando

la luz esconde su sombra de espuma, dibujo,

ajado de ausencia, pentagramas en las piedras del camino.

Náufrago de desiertos y vapores eléctricos,

mendigo la semántica de tus caricias,

calculando los vectores que sostengan

la fuente sublime sobre el pretil de piedra.

Resonancias.

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Frío que despojas

las hojas hasta desnudar la escarcha

hacerla carne, rumor de hielo,

canto de alambre, crudo designio del marinero;

entonas la vibración infinita del silencio

en tus dedos, en tu nada, en la claridad oscura

del manantial seco. Tu cálido misterio alza

el eco que resuena en la llegada de la alondra,

como la música que colma el alma, y hace crecer

las negrillas entre la hojarasca furiosa.

 

fotografía: Luis Lafuente.

 

Cementerio.

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Un poema es como un cementerio

donde cada palabra tiene su propio epitafio,

su historia, su sendero, su brizna de hierba, su cielo,

sus muros y sus verjas, sus flores marchitas, sus lágrimas,

su silencio, su ausencia. Un cementerio sumergido en una sima incalculable

donde cada lápida resguarda sus viejos retratos, sus sueños, sus delirios,

sus afectos, las cosas que le unieron al mundo y aquellas

que trascendieron; los rostros de los borrachos, los mendigos y los locos, que

se cruzaron a brindar por Dylan Thomas o por Baudelaire, y

las caricias que recorrieron los muslos húmedos

para apacigüar el vacío infinito que no cabe, ni cabrá en ningún feretro.

El absurdo de estar vivo se delimita en cada coma, en cada punto,

frágil estructura a un caos que se propaga, como un incendio,

si es que hubiera algo real que pudiera arder, que no fuera

la incertidumbre absoluta del tiempo.

Ola de muerte

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Brote talado, luz que se desvanece en la memoria de la arena,

el cadáver ahogado de la postmodernidad besa la playa

sentenciándola a muerte. Su fantasma perdura en la vergüenza,

en la sangre que maquillamos con despecho. Tanta odio, tanta indiferencia,

nunca es gratuita, siempre deja un poso de bilis en los ojos del que mira,

un remordimiento patético de superviviente, el delirio cruel

que impulsa a la sociopatía. La sombra de lo que fue un niño

ahogado en la playa de Lesbos se la llevó la noche y las olas.

Él sin nombre, sin historia. Nosotros, sin inocencia.

Tiempo y ceniza.

Ceniza…
¿y si al final no fueramos polvo
ni agua, ni fuego, ni aire…

…Sólo ceniza de lo que fuimos, los restos carbonizados de la historia?

A la lumbre de tus libros
enarbolo esta verdad definitiva:

Los ríos donde fluye nuestra realidad
se ahogaron en un mar de ceniza.

Y nadie lloró por ellas, nadie. Todos preferimos mirar a otro lado. Y los que gritamos de horror fuimos silenciados,
porque era más fácil matar al mensajero. 

Un hombre.

Un hombre apaga el televisor

se sirve una copa y mira por la ventana;

afuera llueve, dentro arrecia la borrasca,

con cada trago.

Los mismos tejados, las mismas culpas,

el mismo hastío que nutre de veneno

la herida cruel de la impotencia.

Apura la copa como si apurara su vida,

él lo sabe, de alguna forma silenciosa e invisible lo sabe,

a lo lejos, alguien, sufre el mundo hasta que le sangran las manos.

El hombre se sirve otra copa y susurra:

a tu salud.

Auto de fe.

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Ahora lo sé

el amanecer ha abierto mis ojos

partiendo mi alma a cada lado de tu soledad.

No hay presente sin poesía, no hay presente.

No hay ciudades, ni castillos de arena,

no hay ríos helados, ni lluvia satisfecha,

no hay prados generosos, ni espejos amables,

no los hay, ni los habrá, si no palpita el corazón

cada verso inacabado, cada caricia, cada mirada,

cada parpadeo que te enmarca frente a mi.

Oh, tú, que atraviesas los limites de la piel del universo,

alimentando la voz eterna de las caracolas, tú,

eres el núcleo del diamante, la geometría perfecta,

la vendimia del deseo. Tú, meteórito solitario,

conservas en tu interior la memoria de las piedras,

la música del cosmos, las sandalias que llevaron a Dante

a cruzar el infierno, el aroma fresco del tabaco que aspiraba Whitman y

el hada verde que iluminó a Rimbaud. Tú, no puedes morir,

sin exterminar al hombre como guadaña certera,

sin arrasar las ciudades y derruir las montañas,

hasta que el amor se extinga y no quede ni el recuerdo de tu silueta agradecida.

Tú, no puedes morir, cuando más se te necesita,

cuando el mundo parece un agujero negro

sin horizonte de posibilidades.

Pero ahora lo sé, lo he visto en los pájaros, me lo ha dicho la lluvia,

no puedes morir, ni morirás, mientras en un rincón del mundo

sobreviva la esperanza y alguien pinte en una pared que:

estamos a nada de serlo todo.

Aunque al final de todo, no seamos nada.

Exilios. 

Mi existencia se disipa 

niebla cansada que hunde mis párpados,

fluye como un río de gente, como viento entre las espigas de trigo dorado.

Demasiado pasado, demasiado futuro

para reconocerme entre la bruma. 

Así vuelvo a la nada, me cobijo en el vacío y

tu cielo, entonces,

parece tan azul como mi propio cielo. 

Su reflejo marino 

me recuerda que hay dos cosas que no deben perturbarme:

el mañana y su aurora, el ayer

y su ceniza.