Hay personas que saben sentir de forma casi innata,
no han necesitado grandes tragedias
para saber cuándo llorar,
ni emborracharse con Pan para saber reír.
Son personas sencillas y dispuestas,
atentas al pequeño mundo que habitan
como pequeños y humildes personajes de Saint Exupéry.
La curiosidad de esas personas
se despierta cada mañana
como un reloj biológico y exploran
con ambición de jardinero
lo que crece a su alrededor.
Son personas cuya sabiduría se nutre
de querer entender al otro
y por el otro
han aprendido a escuchar con atención
para no perderse entre la niebla.
Esas personas
nos llevan siglos de evolución de ventaja
porque mientras que la mayoría
empezamos a saber sentir
después de haber llegado al zenit de nuestro conocimiento,
ellos no necesitan escribir versos
para llenar el mundo de poesía.
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El origen.
Lo original nunca es del todo nuevo,
siempre tiene una raíz
que se alimenta del origen,
de su mismo fuego.
Hablo de un germen
del que todos nos hemos nutrido,
como parásitos insaciables
de palabras y verdad.
Por eso leemos, por eso
y por sentirnos menos solos.
Porque aprendimos que entre tanta mentira,
existe un patrón repetido y que en él
se esconden: las huellas del cuento,
todos los nombres, sus vericuetos,
aquello que nos hace humanos
y que nos sobrevivirá
mientras exista alguien predispuesto a escuchar.
No aprendemos.
«La maldad no necesita razones, le basta con un pretexto.»
Goethe.
Dos de enero y Trump
ha ordenado asesinar a un general iraní.
La tercera guerra mundial
es tendencia en redes sociales.
Nunca te fíes -le digo a Ana-
de un presidente con peluquín,
son como aquellos niños del colegio
que, para tapar su estupidez,
deseaban ser delegados de clase. Aunque
lo lamentable es que nosotros
siempre elegíamos al más tonto.
Y no aprendemos.
El balcón.

Otra vez en este balcón,
buscando con la mirada algo que detenga
este viento y este ahora. Una luz
-por ejemplo-
o un pájaro invisible o una nube encarnada…
Algo que pueda llegar a ser
más real que el dolor,
más presente que esta herida
que llora como lloran los ríos:
sin detenerse, ni darse tregua.
Algo, cuya verdad desgarre el frío,
como el llanto de un niño al nacer.
Por eso me obstino en volar,
volar bien alto,
para aprender a mirarnos sin miedo.
Así iré a tu encuentro,
sin prisas, sin lamentos, sin excusas,
escogeré entonces las palabras
que sean necesarias
-ni una más-
para darte la bienvenida
otra vez en este balcón
donde renacimos.
Lazos invisibles

Lenta
y suave,
como la memoria de las flores o
las lágrimas del hielo,
tu mano
recorre mi espalda
despertando la piel.
Consigues
con ese movimiento
que me estremezca.
Y pienso
que la vida,
a veces,
te regala emociones
envueltas
con lazos invisibles.
Tras el incendio
Te tengo, pero
estás tan lejos como el silencio,
como la luna,
como un secreto…
Sé que te tengo porque soy tuyo,
porque me lo dices:
con palabras, con tu cuerpo,
con alegría y dolor;
siempre que hablas y callas,
siempre que eres
tú.
Cada paso de este viaje nuestro
es un crisol de encuentros, una búsqueda de encuentros,
sobretodo cuando creemos
que no queremos volver a escucharnos,
porque no soportamos aquello que nos hace especiales o
-por qué no decirlo-
un poco insoportables…
Creo sinceramente
que en esos desvelos compartidos,
como si esnifaramos una línea de algo desconocido,
reside la razón del porqué no puedo estar sin ti.
Pienso que es algo simple, quizás,
como también pienso que
estos versos no sean merecedores
de un Ángel González o un Ernesto Cardenal,
pero al menos son auténticos
genuinos a este insomnio y este ahora.
Porque la vida, ¡ese policía corrupto!,
ha llenado nuestra rutina
de muerte,
de dolor,
de angustia,
y aún así
no sé bien cómo
de este incendio brutal,
de sus cenizas
juntos
somos capaces de huir de esta cárcel
-que sólo existe en nuestro pensamiento-
abriendo un grieta
donde se levantaban los muros.
Porque como una hoja que tiembla frente al vendaval
temblamos,
temblamos,
temblamos,
pero ningún viento que
sea ajeno a nuestro corazón
nos puede hacer caer.
Begin the beguine

Me gustaría escribir que tras mi ventana se ve el mar,
que me viste cada mañana con aromas de oro y azul
y las gaviotas me arrullan cada noche con sus plácidas trayectorias.
Me gustaría contarte que un concierto de jilgueros atraviesa los cristales y
que los chopos y los abedules, los alcornoques y los robles
son nuestros vecinos por derecho de conquista.
Pero la aburrida y sobria realidad
muestra una geografía de áridos tejados y antenas de televisión;
claxones, sirenas y rugidos de motor dan cuerpo a la estampa
como gotas negras sobre un lienzo de Pollock.
Tras las cortinas se extiende la gris modernidad,
pero aquí dentro…
Aquí dentro estás tú, estoy yo y suena Cole Porter;
es de noche y hemos abierto una segunda botella de vino.
Estás hermosa, ¡joder! Mientras que yo
no sé si estoy borracho, pero me da igual,
quiero amarte como nunca nadie te ha amado,
buscando en la piel cada signo de un lenguaje que
sólo entendamos cuando no hagan falta más palabras que
mar, cielo, bosque
y Begin the beguine…
Se vuelve humo

Como un cigarrillo que se consume en el cenicero,
la espera de tus labios se vuelve humo y cenizas;
algo de materia orgánica y…
Otro algo
que desea elevarse
para mirarnos desde arriba.
Lo cierto es que te echo de menos…
La tarde se quema entre mis dedos
mientras añoro tus manos pequeñas
dibujando interrogantes sobre mi espalda y
tus ojos brillantes y redondos,
como dientes de león, devorándome.
Supongo que estoy triste,
que estoy triste y te quiero,
que me arrepiento de haber sido tan yo
para no ser capaz de pensar en un nosotros.
Por eso te pienso,
desnuda ante mí,
para poder decirte lo que siempre callé.
Por eso te sueño,
amándome otra vez,
porque no quiero despertar.
Sé que es amor.

Supe que era amor
porque pasados los años
todo ocupaba su lugar correspondiente:
el té, los libros, tus manos, las calles,
las palabras y los silencios…
De repente,
como la primavera amanece en los cerezos,
el universo se movió a ritmo de Bach
o con una rumba de Los delincuentes,
como si tú atmósfera diera aire a un mundo
ahogado en su propio abismo.
Supe que era amor,
porque todo lo aprendido
en las aulas, en los libros y en las gentes
era insuficiente para explicar
la profundidad de tu melodía.
Y aquí sigo,
vencido el lenguaje para siempre,
dejando que hablen los cuerpos
lo que sabes que sé.
Ellos no mienten.
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