Aniversario

Seis años de sábanas desordenadas,
cafés largos y conversaciones prolongadas,
delimitan un lugar donde todo es posible:
las confidencias se desnudan,
los corazones se acompañan y los cuerpos
-siempre los cuerpos-
se liberan del peso de la rutina
ingrávidos y salvajes.
Seis años dan para mucho, pero
un instante contigo puede guardar una eternidad.
Mientras el mar de tu mirada siga acariciando mis playas
habrá un rincón secreto,
una cala inexplorada o un pretexto
para encontrarnos lejos de todo,
como se encuentran el cielo y el océano
en ese horizonte donde habita el deseo
y pervive lo inalcanzable.

Blowing in the wind

Los árboles ya no están,
pero el viento sigue todavía
peinando las calles con indiferencia.
Seguramente, no se de cuenta
de que ya casi nadie se estremece a su paso,
que solo se levantan a saludarle
la basura
             y los papeles perdidos
                           de algún incívico poeta.

Sórdidas respuestas soplan
en estos tiempos bárbaros,

mientras pisamos el acelerador
-como Thelma y Louise-
directas hacia el precipicio.

<<Aunque yo me haya cerrado como un puño, abres pétalo tras pétalo mi ser.>> E.E.Cummings

En esta mañana de febrero
me entregaría al mar
o a la tormenta;
sería silencio, sería olvido,
sino fuera
porque estás ahí
sembrando futuros
en mis desiertos.
Nadie,
ni el llanto, ni la música,
conoce como tú mi soledad.

Un día gris.

Hoy es un día gris
de esos amargos que dejan
irremediablemente
un regusto intenso a melancolía.
Por lo demás
todo sigue igual,

navegando en tus sueños,
yo
volado de ausencia.
Quizás la lluvia cumpla sus amenazas
y estalle contra el suelo
en un giro de guión imprevisible.
Así mañana
veremos crecer entre los adoquines
un tallo verde
que nos anuncie la primavera.

Sobre el amor.

El amor no cura. Es más
si amas aprenderás que el otro es
tan frágil como tú, tan vulnerable
al frío del silencio,
a su desolada inclemencia, y que
tu pecho y su pecho se comunican
por un aliento insólito, que no siempre
encuentra un camino o un ojalá.
Si amas, también,
conocerás al otro, sufrirás con él,
sus problemas serán tus problemas,
sus insomnios tus desvelos,
sus heridas llorarán en ti
como el largo lamento de un niño al nacer,
desnudo y exiliado de ti mismo,
de tu burbuja.
Si amas, todo este padecer será tuyo,
serán las notas graves de tu balada.
Si no amas, en cambio,
tu destino será más cruel y sencillo,
si no amas
simplemente
enfermas.

L@s principit@s

Hay personas que saben sentir de forma casi innata,
no han necesitado grandes tragedias
para saber cuándo llorar,
ni emborracharse con Pan para saber reír.
Son personas sencillas y dispuestas,
atentas al pequeño mundo que habitan
como pequeños y humildes personajes de Saint Exupéry.
La curiosidad de esas personas
se despierta cada mañana
como un reloj biológico y exploran
con ambición de jardinero
lo que crece a su alrededor.
Son personas cuya sabiduría se nutre
de querer entender al otro
y por el otro
han aprendido a escuchar con atención
para no perderse entre la niebla.
Esas personas
nos llevan siglos de evolución de ventaja
porque mientras que la mayoría
empezamos a saber sentir
después de haber llegado al zenit de nuestro conocimiento,
ellos no necesitan escribir versos
para llenar el mundo de poesía.

El origen.

Lo original nunca es del todo nuevo,
siempre tiene una raíz
que se alimenta del origen,
de su mismo fuego.
Hablo de un germen
del que todos nos hemos nutrido,
como parásitos insaciables
de palabras y verdad.
Por eso leemos, por eso
y por sentirnos menos solos.
Porque aprendimos que entre tanta mentira,
existe un patrón repetido y que en él
se esconden: las huellas del cuento,
todos los nombres, sus vericuetos,
aquello que nos hace humanos
y que nos sobrevivirá
mientras exista alguien predispuesto a escuchar.

No aprendemos.

“La maldad no necesita razones, le basta con un pretexto.”
Goethe.

Dos de enero y Trump
ha ordenado asesinar a un general iraní.
La tercera guerra mundial
es tendencia en redes sociales.
Nunca te fíes -le digo a Ana-
de un presidente con peluquín,
son como aquellos niños del colegio
que, para tapar su estupidez,
deseaban ser delegados de clase. Aunque
lo lamentable es que nosotros
siempre elegíamos al más tonto.

Y no aprendemos.

El balcón.

Otra vez en este balcón,

buscando con la mirada algo que detenga

este viento y este ahora. Una luz

-por ejemplo-

o un pájaro invisible o una nube encarnada…

Algo que pueda llegar a ser

más real que el dolor,

más presente que esta herida

que llora como lloran los ríos:

sin detenerse, ni darse tregua.

Algo, cuya verdad desgarre el frío,

como el llanto de un niño al nacer.

Por eso me obstino en volar,

volar bien alto,

para aprender a mirarnos sin miedo.

Así iré a tu encuentro,

sin prisas, sin lamentos, sin excusas,

escogeré entonces las palabras

que sean necesarias

-ni una más-

para darte la bienvenida

otra vez en este balcón

donde renacimos.