El balcón.

Otra vez en este balcón,

buscando con la mirada algo que detenga

este viento y este ahora. Una luz

-por ejemplo-

o un pájaro invisible o una nube encarnada…

Algo que pueda llegar a ser

más real que el dolor,

más presente que esta herida

que llora como lloran los ríos:

sin detenerse, ni darse tregua.

Algo, cuya verdad desgarre el frío,

como el llanto de un niño al nacer.

Por eso me obstino en volar,

volar bien alto,

para aprender a mirarnos sin miedo.

Así iré a tu encuentro,

sin prisas, sin lamentos, sin excusas,

escogeré entonces las palabras

que sean necesarias

-ni una más-

para darte la bienvenida

otra vez en este balcón

donde renacimos.

Tras el incendio

Te tengo, pero

estás tan lejos como el silencio,

como la luna,

como un secreto…

Sé que te tengo porque soy tuyo,

porque me lo dices:

con palabras, con tu cuerpo,

con alegría y dolor;

siempre que hablas y callas,

siempre que eres

tú.

Cada paso de este viaje nuestro

es un crisol de encuentros, una búsqueda de encuentros,

sobretodo cuando creemos

que no queremos volver a escucharnos,

porque no soportamos aquello que nos hace especiales o

-por qué no decirlo-

un poco insoportables…

Creo sinceramente

que en esos desvelos compartidos,

como si esnifaramos una línea de algo desconocido,

reside la razón del porqué no puedo estar sin ti.

Pienso que es algo simple, quizás,

como también pienso que

estos versos no sean merecedores

de un Ángel González o un Ernesto Cardenal,

pero al menos son auténticos

genuinos a este insomnio y este ahora.

Porque la vida, ¡ese policía corrupto!,

ha llenado nuestra rutina

de muerte,

de dolor,

de angustia,

y aún así

no sé bien cómo

de este incendio brutal,

de sus cenizas

juntos

somos capaces de huir de esta cárcel

-que sólo existe en nuestro pensamiento-

abriendo un grieta

donde se levantaban los muros.

Porque como una hoja que tiembla frente al vendaval

temblamos,

temblamos,

temblamos,

pero ningún viento que

sea ajeno a nuestro corazón

nos puede hacer caer.

Begin the beguine

Me gustaría escribir que tras mi ventana se ve el mar,

que me viste cada mañana con aromas de oro y azul

y las gaviotas me arrullan cada noche con sus plácidas trayectorias.

Me gustaría contarte que un concierto de jilgueros atraviesa los cristales y

que los chopos y los abedules, los alcornoques y los robles

son nuestros vecinos por derecho de conquista.

Pero la aburrida y sobria realidad

muestra una geografía de áridos tejados y antenas de televisión;

claxones, sirenas y rugidos de motor dan cuerpo a la estampa

como gotas negras sobre un lienzo de Pollock.

Tras las cortinas se extiende la gris modernidad,

pero aquí dentro…

Aquí dentro estás tú, estoy yo y suena Cole Porter;

es de noche y hemos abierto una segunda botella de vino.

Estás hermosa, ¡joder! Mientras que yo

no sé si estoy borracho, pero me da igual,

quiero amarte como nunca nadie te ha amado,

buscando en la piel cada signo de un lenguaje que

sólo entendamos cuando no hagan falta más palabras que

mar, cielo, bosque

y Begin the beguine…

Se vuelve humo

Como un cigarrillo que se consume en el cenicero,

la espera de tus labios se vuelve humo y cenizas;

algo de materia orgánica y…

Otro algo

que desea elevarse

para mirarnos desde arriba.

Lo cierto es que te echo de menos…

La tarde se quema entre mis dedos

mientras añoro tus manos pequeñas

dibujando interrogantes sobre mi espalda y

tus ojos brillantes y redondos,

como dientes de león, devorándome.

Supongo que estoy triste,

que estoy triste y te quiero,

que me arrepiento de haber sido tan yo

para no ser capaz de pensar en un nosotros.

Por eso te pienso,

desnuda ante mí,

para poder decirte lo que siempre callé.

Por eso te sueño,

amándome otra vez,

porque no quiero despertar.

Sé que es amor.

Supe que era amor

porque pasados los años

todo ocupaba su lugar correspondiente:

el té, los libros, tus manos, las calles,

las palabras y los silencios…

De repente,

como la primavera amanece en los cerezos,

el universo se movió a ritmo de Bach

o con una rumba de Los delincuentes,

como si tú atmósfera diera aire a un mundo

ahogado en su propio abismo.

Supe que era amor,

porque todo lo aprendido

en las aulas, en los libros y en las gentes

era insuficiente para explicar

la profundidad de tu melodía.

Y aquí sigo,

vencido el lenguaje para siempre,

dejando que hablen los cuerpos

lo que sabes que sé.

Ellos no mienten.