Sonoridades. 

Esta mañana desnuda de hojas

tiembla como el viento hace estremecer las ramas.
Hay frío en mi corazón y un fuego gélido en mi mirada.
Siento en la punta de mis dedos
en mi frente inclinada
el peso de los años y la condena de su marca.
Quiero levantarme como se levantan las olas
tornarme tsunami o enredadera o  catarata.
Salir volando como alondra al amanecer…
Y descansar al fin
como descansa el trigo
cuando lo siega tu guadaña.
 

Eres como naces

Eres como naces

corazón de la fuente vítrea,
recipiente de lo infinito
y lo cotidiano,
espejo que se retuerce,
metal templado. Mares insondables
habitan tras los visillos, en tu vientre,
en tu escarcha, tras
los cielos de tus pupilas,
junto a tus palabras claras.

No hay mayor oscuridad que
la que irrumpe con tu luz,
ni mayor misterio que el que esclarece tu verdad.

Vistes mi día a día
con escaleras imposibles,
viajes sobre olas desnudas, 
laberintos en los que reconozco al minotauro
pues soy yo mismo
el que se mira
en la lágrima y en el grito.
Un yo vacío que no se sacia con nada
si no es desde el paradigma de la sed.
Así moldeas mi sombra
dando lugar e instante a mis fantasmas
haciendo de lo inefable
un vergel inacabado, un invernadero
donde refugiarse para poder soñar.

Extiendes tus alas hacia el sol
como rostros entre la lluvia
atándome a la vida,
hasta que no me queden pretextos
para escuchar lo que tienes que decir sobre mí.
Entonces
cuando al fin muera
no me hayaran en los gritos, ni en las lágrimas,
tal vez en una nada categórica e impenitente,
en un silencio de bar cerrado o
de fruta podrida.
Pero tu eco continuará resonando
mientras el tiempo sea tiempo y
alguien en su soledad acuda a ti
mientras contempla como arden las naves. 

La orquesta del Titanic 

Deja que nos piense

como músicos del Titanic,
tocando un último vals
antes de hundirnos
en la noche y su silencio.
Deja que te interprete
las notas más cálidas ahora
mientras aún estamos a tiempo y
tu piel se torna
el atlas perdido de mis sueños.
Deja que me sumerja en la melodía
escapando de la aurora y su escarcha,
de la herida que abren los fantasmas
cuando nos separa más el orgullo
que la distancia.
Deja que me calle al fin
y las sabanas se incendien 

con unos últimos acordes desesperados

hasta que desaten el fuego del deseo y ardamos en húmeda hoguera.
Sé que tal vez te pida mucho
o quizás pienses que no es gran cosa.
Pero mi latido marca el instante,

allegro ma non troppo
.  
.  

La memoria de las olas.

​Llega el mar, llega, 

llega. Con su aliento incesante,
con su latido eterno. Llega, llega,
como llega la vida y la muerte,
marcando el paso del tiempo. Llega.

Llega su voz profunda contando
historias de horizontes inalcanzables, llega porque
conoce el peso de las nubes y la indiferencia del viento. Llega. Llega, mientras
intento completar su materia incomprensible
con palabras que abarquen lo infinito. Llega, llega y recuerda que
no hay margen que contenga la armonía de su ritmo,
ni la memoria de sus olas.

Tras la puerta cerrada. 

Tras la puerta cerrada

resuena el eco sordo y su vacío,
la sombra inquieta de la incertidumbre,
el fantasma del terror y su nada.
Tras la puerta cerrada.
Tras la puerta cerrada.
No hay nombres tras los rostros,
ni historias en las palabras.
Solo un silencio de vaso vacío
y gelida llamarada
tras la puerta cerrada.
Él dijo que el infierno eran los otros, pero
ambos sabemos que éste habita en tu mirada.
Tras la puerta cerrada.

Imagen Gerard Burnett 

Tiempo y ceniza.

Ceniza…
¿y si al final no fueramos polvo
ni agua, ni fuego, ni aire…

…Sólo ceniza de lo que fuimos, los restos carbonizados de la historia?

A la lumbre de tus libros
enarbolo esta verdad definitiva:

Los ríos donde fluye nuestra realidad
se ahogaron en un mar de ceniza.

Y nadie lloró por ellas, nadie. Todos preferimos mirar a otro lado. Y los que gritamos de horror fuimos silenciados,
porque era más fácil matar al mensajero. 

Un hombre.

Un hombre apaga el televisor

se sirve una copa y mira por la ventana;

afuera llueve, dentro arrecia la borrasca,

con cada trago.

Los mismos tejados, las mismas culpas,

el mismo hastío que nutre de veneno

la herida cruel de la impotencia.

Apura la copa como si apurara su vida,

él lo sabe, de alguna forma silenciosa e invisible lo sabe,

a lo lejos, alguien, sufre el mundo hasta que le sangran las manos.

El hombre se sirve otra copa y susurra:

a tu salud.

Exilios. 

Mi existencia se disipa 

niebla cansada que hunde mis párpados,

fluye como un río de gente, como viento entre las espigas de trigo dorado.

Demasiado pasado, demasiado futuro

para reconocerme entre la bruma. 

Así vuelvo a la nada, me cobijo en el vacío y

tu cielo, entonces,

parece tan azul como mi propio cielo. 

Su reflejo marino 

me recuerda que hay dos cosas que no deben perturbarme:

el mañana y su aurora, el ayer

y su ceniza.

La universidad de la locura

Manicomio_2

Aprendes: que no eres

que no importa tu historia,

ni tu nombre,

ni las palabras que te llevaron hasta allí.

En un ejercicio

de sumisa normalización

renuncias a todo,

incluso a tu libertad. Porque

comprendes rápidamente

que el único camino para escapar

pasa por desertar de uno mismo.

Puede que te aten, que te violen

la mente, o el culo, o el coño extra-seco,

tras sus muros ciegos.

Será entonces

cuando te gradues

como un animal

en el manicomio,

la auténtica universidad de la locura.

No es…

silencio

 

No es nube, ni pájaro, ni reflejo,

ni torbellino, ni maleza, ni laberinto;

no es espejo, ni luna, ni retrato,

ni rayo, ni anagrama, ni farolillo;

no es duda, ni certeza, ni deseo,

ni tuit, ni muro, ni acertijo;

no es beso, ni cama, ni canción,

ni mesa, ni mar, ni delirio;

no es castillo, ni epístola, ni paredón,

ni perro, ni dama, ni amigo;

no es faro, ni risa, ni Woolf,

ni llanto, ni prisa, ni amorío;

no es soledad, ni sexo, ni compañía,

ni manta, ni recebo, ni hombría;

no es tinta, ni río, ni navegar,

ni bolla, ni sed, ni deriva;

no es miedo, ni fin, ni soledad,

ni consuelo, ni tristeza, ni alegría;

no es prosa, ni ensayo, ni poesía…

 

Es silencio…

 

Solamente silencio.