Esa lágrima furtiva

A veces

en la radio del coche

suena una canción que reabre la herida,

como si nunca se hubiera cerrado, y

aminoras

para no chocar

con esa lágrima furtiva,

agazapada en la memoria,

que como una bestia caleidoscópica

que ha sobrevivido al olvido

te asalta,

te asalta en tu soledad,

desde su sombra,

como el eco de un lamento o

el triste negativo de una historia.

Puede pasar entonces

que la carretera se estreche o se retuerza,

peligrosamente,

transformada en remordimiento o pérdida,

en culpa o descrédito,

y tal vez, por un momento,

pienses en detener el coche para así

poder llorar mejor.

Conducir por esos caminos

por donde solo transita el alma

tiene estas cosas…

Tarde o temprano

acabas llegando al corazón.

La magia reside en ese instante

en que a esa canción le sigue otra

-realmente no importa el género-

y la herida vuelve a desvanecerse

como un espectro…

Es cuando sonríes y descubres,

justo antes de acelerar,

que somos la suma

de todos nuestros fantasmas, que

son ellos

los que nos hacen sentir vivos.

Begin the beguine

Me gustaría escribir que tras mi ventana se ve el mar,

que me viste cada mañana con aromas de oro y azul

y las gaviotas me arrullan cada noche con sus plácidas trayectorias.

Me gustaría contarte que un concierto de jilgueros atraviesa los cristales y

que los chopos y los abedules, los alcornoques y los robles

son nuestros vecinos por derecho de conquista.

Pero la aburrida y sobria realidad

muestra una geografía de áridos tejados y antenas de televisión;

claxones, sirenas y rugidos de motor dan cuerpo a la estampa

como gotas negras sobre un lienzo de Pollock.

Tras las cortinas se extiende la gris modernidad,

pero aquí dentro…

Aquí dentro estás tú, estoy yo y suena Cole Porter;

es de noche y hemos abierto una segunda botella de vino.

Estás hermosa, ¡joder! Mientras que yo

no sé si estoy borracho, pero me da igual,

quiero amarte como nunca nadie te ha amado,

buscando en la piel cada signo de un lenguaje que

sólo entendamos cuando no hagan falta más palabras que

mar, cielo, bosque

y Begin the beguine…

Se vuelve humo

Como un cigarrillo que se consume en el cenicero,

la espera de tus labios se vuelve humo y cenizas;

algo de materia orgánica y…

Otro algo

que desea elevarse

para mirarnos desde arriba.

Lo cierto es que te echo de menos…

La tarde se quema entre mis dedos

mientras añoro tus manos pequeñas

dibujando interrogantes sobre mi espalda y

tus ojos brillantes y redondos,

como dientes de león, devorándome.

Supongo que estoy triste,

que estoy triste y te quiero,

que me arrepiento de haber sido tan yo

para no ser capaz de pensar en un nosotros.

Por eso te pienso,

desnuda ante mí,

para poder decirte lo que siempre callé.

Por eso te sueño,

amándome otra vez,

porque no quiero despertar.

La higuera.

Solía venir de pequeño a visitarte, cuando la vida era sencilla

como sentarse a tu sombra, esperando a que la gravedad

fuera generosa con tus negros frutos.

Recuerdo que, por aquel entonces,

las tardes se alargaban como prematuras estrellas fugaces

y que imaginaba ser mayor para al fin ser libre.

Vivir -qué equivocado estaba-

me parecía una aventura que solo los adultos protagonizaban.

Mis héroes eran adultos, mis padres también,

mientras que yo solo era un niño, ajeno a la guerra y a la miseria,

que esperaba, impaciente, el porvenir.

Pero a pesar de todo, de mi ignorancia, de mi estupidez,

solía escaparme hasta aquí las tardes de verano

en compañía de Verne, Stevenson o Tolkien,

-según me diera-, porque lo que sí sabía era que los sueños,

en compañía, germinan mejor.

Supongo que era un niño algo solitario, que no entendía el mundo,

ni lo pretendía; que me revelaba contra mi visión de lo injusto,

huyendo bajo tus ramas, en esa isla diminuta que habitaba,

como un Robinson Crusoe en medio de un océano de palabras.

Hoy, rozando los cuarenta, he vuelto y no estabas.

Supongo que era fácil de imaginar.

En tu lugar se extiende el asfalto del aparcamiento de un Lidl,

hay niños con sus padres, pero diría que ninguno ha llegado a conocer

a los que un día fueron mis amigos, porque los libros

se abren para dejarte entrar en su mundo

mientras que las pantallas, a pesar de su luz,

solo te devuelven un reflejo difuso de lo que podrías llegar a ser.

Ahora, puedo comprar todas las frutas que quiera comer,

pero sigo sin saciarme. Supongo que, tristemente, sigo sin entender el mundo…

¡Y ni falta que hace!

La carretera.

Esos árboles desnudos,
a los que ya no alcanza ninguna primavera,
marcan las lindes del granito,

de su voz cenicienta.

Su lamento sin raíces,
alza nubes de plástico
sobre las columnas de caña seca,

son huérfanos de lodo

junto al cuerpo de la mano muerta.

Siempre es así esta carretera,
raída por el humo y su oscura consigna.

Solo alguna temeraria genista
desafía el calor de este ocaso
con la sencilla y lejana humildad de una estrella.
Como nos pasa a todos,
no ha elegido nacer en este momento,
ni en este lugar.
Pero se obstina en dar vida a un instante
porque sin pensarlo
-ajena al progreso y su condena-
siente correr entre sus nudos
a lo largo de su tallo cristalino
el aliento del tiempo que apremia.

Busco la soledad.

Busco la soledad,

pero no quiero que ella me encuentre.

Sé demasiado bien que esa historia

no tendría un final feliz.

Por eso me escondo en el recuerdo,

entre las estanterías polvorientas o

en el reflejo pálido

que me observa entre mis manos

con la vana esperanza de huir…

Entre tanto,

discuto mentalmente con cretinos

que arrojaría al infierno,

sino fuera porque éste

arde en mi mirada hasta consumirla,

debato los pros y los contras

de rendirme al vacío de ser,

sin estar al fin

y escribo

porque no tengo otra arma para combatirme.

Pero entonces

una fuerza invisible

se agita hasta sublevarme,

se revela como un negativo de lo que soy

cuando estoy sin ti

y comprendo

con la luz de un despertar tardío,

que la huida es una trampa

un farol descubierto

porque nadie,

ni siquiera la muerte,

puede escapar de ti.

Sé que es amor.

Supe que era amor

porque pasados los años

todo ocupaba su lugar correspondiente:

el té, los libros, tus manos, las calles,

las palabras y los silencios…

De repente,

como la primavera amanece en los cerezos,

el universo se movió a ritmo de Bach

o con una rumba de Los delincuentes,

como si tú atmósfera diera aire a un mundo

ahogado en su propio abismo.

Supe que era amor,

porque todo lo aprendido

en las aulas, en los libros y en las gentes

era insuficiente para explicar

la profundidad de tu melodía.

Y aquí sigo,

vencido el lenguaje para siempre,

dejando que hablen los cuerpos

lo que sabes que sé.

Ellos no mienten.

La herida

El deseo de verte

como solo yo te veo,

pensarte cada día,

en las luces y las sombras;

imaginarte, nombrarte,

como un eco en el abismo,

hasta hacerte carne

dentro de mi herida…

…No es más

que un ejercicio

de auténtica libertad.

Como las páginas de un diario íntimo

me desnudas

para luego vestirme

con la verdad que te trajo a mí.

Los sauces.

Ese vacío

tan lleno de ira contenida,

anuda mis palabras

a un mástil invisible.

La lluvia, el rumor callado de mi sangre,

todas las palabras de amor

que simplemente olvidé,

habitan esta página desnuda

como una nube desangelada

o ese eco sordo

que me repite cada noche tu nombre.

Es una verdad simple

-si lo pienso-

la que se viste de saudade:

todos los sauces bajo los que nos besamos

han dejado de llorar por ti.