Me gusta tomar café por las mañanas en esta plaza,
mirar a la gente, leer un poco, intentar escribir…
Son formas de huída cercana,
como sumergirme en una piscina de bolas buscando mi niñez,
o soñar que soy otro,
solo por imaginar qué le gustaría más: Benedetti o Baudelaire,
El truco está en jugar a que no te ven,
sólo así puedes mirar con el atrevimiento desesperado de una estatua viviente. Y
con un poco de fortuna
el mundo te regala una mirada, una sonrisa,
un recuerdo en forma de presente,
que atesoro… Y es que a mi edad
la memoria
es un baluarte oculto,
un jardín umbrío donde todo,
hasta el olvido, responde a un porqué.
poema
Ana (una parte de todo)
Ana
siempre me hace reír.
Es su superpoder y su responsabilidad.
Para ella
darle la vuelta al mundo, pensar
que la actualidad es un cuadro y la verdad un cuento
que solo entendemos de niños es
una forma de volar, de salvarnos del naufragio.
Sé que puede parecer
una frívola deformación, una pobre comedia en sesión continúa,
pero lo cierto es que
en ocasiones,
le puede el desánimo y se sepulta en la cama,
arañando sus cicatrices,
llorando como lloran
las más bellas flores suicidas.
Es entonces,
cuando tengo que enfrentar la borrasca,
armarme de cielos
y desarmar los fantasmas
Porque su risa
es un manantial que debe preservarse
de la tóxica contaminación de la existencia.
Solo así
tal vez
le devuelva
una parte de todo lo que me ha regalado.
Plaza 11 de septiembre
La libertad es una librería
Joan Margarit
El sol de noviembre revela
unas gotas de lluvia secas en el toldo sucio.
A este lado
unos aforismos de K. y otro café.
Al otro, el cielo está azul y las parejas pasean sus carritos de bebé
o pasean su amor, simplemente…
Sutil primavera la de este otoño
que hasta la gente triste parece amarse.
Llegué aquí preguntándome por la libertad, ahora que no la busco en las librerías,
pero mi mirada
recorre una y otra vez
-no sin cierta nostalgia-
los restos de una ilusión,
como unas manchas en el plástico
que no recuerdan que fueron nube.
Sofá y mantita.
La perra en mi regazo y el gato…
Vete tú a saber dónde se habrá metido.
Ana y yo comemos pipas, hay
una pizza en el horno y vemos una serie en Netflix,
aunque en realidad
sólo la escuchamos
-tenemos la mirada fija en las pantallas de nuestros teléfonos-. Ella
mira videos sobre trucos del hogar y yo
busco algo en Twitter que me haga sonreír.
En algún momento levantamos la mirada,
han matado a alguien de un disparo en la cabeza.
Luego nos miramos impertérritos
«este olía a muerto desde hace una temporada» y pienso
que la vida no se parece al arte, se parece
a una mala serie de televisión,
que pasa de un capítulo a otro,
y la contemplamos
sin saber cuando la van a cancelar.
Infancia (atrápame si puedes).
A veces, miro a los niños, esos
que nunca tendremos, amor.
Y no me siento aliviado.
Ser padre no entra en mis planes,
pero contemplar tanta vida,
rescata del olvido a aquel otro niño,
ese que ahora se recuerda trepando a un árbol, jugando
a las canicas, al pilla pilla y hacía de portero en el recreo.
Es inquietante pensar que nada cambia, que
desde aquellos años tempranos
me persigue la muerte y que ahora,
a diferencia de entonces, fumo como un carretero.
Pasiones y otras cegueras
Tanta pasión como precipicio de la inteligencia,
tanto arrojo desmedido, tantas certezas
alimentando
el delirio y las hogueras.
Pero nos hace sentir tan vivos…
Que parece que volemos sobre los tejados y las verdades,
sobre la gente y sus sombras inquietas.
Sólo al fin comprendemos
en un golpe preciso y duro,
que para volar hay que tener alas, pero
para caer a plomo
sólo necesitamos
pensar que podemos ver en la oscuridad.
Miedo.
Escribir es también tu miedo, pavor
a que las palabras sean ángeles exterminadores:
de rostros queridos, de complicidades,
de afectos.
Un terror subterráneo
a que caigan los puentes
y no halle más eco en esta isla
que el de mi desolada
soledad.
Pero al miedo
solo hay una forma de encararlo
y es desnudo.
Aquí estoy,
habítame,
gracias a ti
sé volver a casa.
El balcón.

Otra vez en este balcón,
buscando con la mirada algo que detenga
este viento y este ahora. Una luz
-por ejemplo-
o un pájaro invisible o una nube encarnada…
Algo que pueda llegar a ser
más real que el dolor,
más presente que esta herida
que llora como lloran los ríos:
sin detenerse, ni darse tregua.
Algo, cuya verdad desgarre el frío,
como el llanto de un niño al nacer.
Por eso me obstino en volar,
volar bien alto,
para aprender a mirarnos sin miedo.
Así iré a tu encuentro,
sin prisas, sin lamentos, sin excusas,
escogeré entonces las palabras
que sean necesarias
-ni una más-
para darte la bienvenida
otra vez en este balcón
donde renacimos.
¿Qué es ser poeta?
¿Qué es ser poeta?
Llorar,
llorar la herida,
llorar el mar
hasta amar sus olas.
Solo así salvaremos del naufragio
las cuatro o cinco palabras
que nos acompañen fieles
en esta inmensa deriva.
Las mías
-si os apetece buscarlas-
se esconden entre la espuma.
Lazos invisibles

Lenta
y suave,
como la memoria de las flores o
las lágrimas del hielo,
tu mano
recorre mi espalda
despertando la piel.
Consigues
con ese movimiento
que me estremezca.
Y pienso
que la vida,
a veces,
te regala emociones
envueltas
con lazos invisibles.
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