La camisa azul

La ropa no tiene alma, pero
cuando ella está triste
siempre se pone esa camisa azul,
incluso en verano,
cuando lo lógico
sería llorar desnuda.
Como un ventrílocuo
le presta su voz a la cosa, hace
que hable por ella, que grite por ella,
como una elegante bengala de auxilio.

Cuando está alegre, en cambio,
se pone vestidos, blusas, pantalones, sudaderas
como si el fondo de armario no tuviera fin…
Sé que esa camisa triste,
refleja su soledad monocromática,
su silencio de lluvia, el otro lado del espejo
y que siempre estará con ella. Pero
me quedo con que la alegría
no necesita que hablen por ella, por si misma
se expande, conecta con el otro,
como si fuera viral.
La alegría
a veces lo pienso
es un meme de gatitos.

@raulvelascosanchez

Somos

No somos creadores de conceptos
(la filosofía nos viene grande),
somos el calor de la lumbre y
el resplandor fugaz en la oscuridad;
la deriva como ruta y salvavidas,
el delirio consciente y la música
que entona a gritos el silencio;
somos también
la verdad incómoda y la fe en lo innombrable,

los devotos seguidores del deshielo y las danzas

que la primavera enseña al trigo verde;
somos la consciencia de lo diminuto,
las flores rosas que llora el cerezo,
la espuma que vomita el mar y
el dibujo que deshacen sus olas en la arena;
somos la mano que agarra al náufrago,
el pan compartido y la ronda pagada,
la elección reflexiva y la acción pasional:
somos los que elegimos la bondad.
Por eso somos
el vaso lleno de esperanza y las canciones
que entonamos ebrios de felicidad
esas noches en las que incendiamos los cielos.
La pluma que no teme al machete,
ni al dólar, ni a Dios, porque
ninguno vale más que aquellos que amamos,
aquellos en los que podemos confiar.
Somos la memoria colectiva,
la biblioteca invisible que solo puedes visitar
si eres libre,
         realmente libre
                    y no has perdido
la capacidad de imaginar.
Somos todo aquello
que suele pasar desapercibido entre la multitud
el maniquí desnudo, el bar cerrado,
el mendigo al que nadie ve y
la tristeza de a quien todo le va bien.
Somos soledad orgullosa
y somos deseo voraz.
Somos tanto y somos tan poco
si nos faltas tú.
Porque la vida -si lo piensas-
está a un paso del precipicio
y la muerte nunca hace prisioneros;
como mucho -si tienes el valor suficiente-
te permite ser como quieras ser.
Así que no lo olvides,
tatuátelo en el alma si es necesario:
el último deseo antes del fusilamiento
nos puede durar toda la vida.

Supervivencia.

Puede pasar que ese lugar,
que siempre has amado,
te parezca poca cosa,
como una estrella lejana y difusa, y
remuevas con el tenedor tu plato favorito,
discutas con tus fantasmas hasta dormida
o mires el mundo desde un punto equidistante
entre el hartazgo y el vacío.
Puede pasar que te canses de que a tu mente
siempre le toque perder al comecocos,
de qué las rosas jueguen con sus espinas,
y las espinas te hielen la sangre
como lágrimas sin un por qué.
Puede que el silencio enmudezca tus horas,
que el tictac del reloj se te clave en la sien, que las mañanas
sean un frío corredor de la muerte
donde esperar que salga el último tren.
Puede pasar que la vida sea triste
-no es tan raro si lo piensas-
que el hambre no se sacie con pan,
ni que haya un poema que te erice la piel.
Puede pasar que la ansiedad ahogue tu voz y
que la crisis sea global
y el miedo, la paranoia, el fin del mundo,
nos grite desde los medios de comunicación
como pájaros heridos o cachorros sin adopción.
Todo puede pasar y lo que es peor
sin palabras que consuelen, cuerpos que acompañen,
ni miradas de comprensión.
Me gustaría darte una esperanza. Pero
cuando todo está perdido
y el absurdo danza con el sinsentido
y las manos crispadas intentan agarrar el dolor,
solo nos queda abrazar con fuerza lo que somos,
ese amasijo maltrecho, esa tara sin nombre,
ese monstruo pacífico que somos, porque
esa realidad inefable sigue ahí,
por lo que solo queda ser honesta contigo misma,
ponerle palabras, amar hasta armar a aquella que
lleva contigo desde antes de que la conocieras.
Lo horrible, además,
lo verdaderamente terrorífico,
es no ser capaz de entender
el sufrimiento que algunos causan a los demás.
Lo nuestro tiene nombre. Se llama
supervivencia.

Llueve.

Llueve
y me siento
desnudo
ante:
las calles
vacias,
sus árboles
quietos,
las palabras
goteando y
esa calma
bendita
de agosto.

Lo inesperado
nunca
trae paraguas consigo.

A lo sumo
una maldición o
un recuerdo
de otras tardes
donde la desnudez
se inundó de ti.

El tendedero.

La ropa tendida,
-por fin ha dejado de llover-
la ropa interior al lado de los pantalones,
las camisetas con las camisas:
solo lo oscuro.

El olor a suavizante me hace sonreír,
creo que, por encima de todo,
la vida sigue su ritmo y que
un poco de razón tenían los católicos:
hay manchas que se van
si usas el jabón adecuado.

No basta con reconocer el mal
hay que eliminarlo o
en el peor de los casos
asumir la pérdida y comprender
que esa prenda
no la puedes llevar cuando quieras.

A la gente no le suele gustar la ropa sucia

por eso la lava en casa.

El séptimo sello.

«La partida ha acabado, Mr. Von Sydow. D.E.P.» La muerte.

Aún no ha acabado este invierno,
aunque estemos a 26 grados.
Veo gente con mascarillas y los medios
CON GRANDES PALABRAS
hablan de pánico y pandemia.
Las bolsas se desploman moribundas
y dicen que en Italia
han comenzado los saqueos.
En mi pueblo
la proximidad de la muerte
es el tema de la semana.
Parece que
nos están acostumbrando
a una rutina
de continúo apocalipsis,

quizás para que cuando llegue
no lo veamos venir.

Blowing in the wind

Los árboles ya no están,
pero el viento sigue todavía
peinando las calles con indiferencia.
Seguramente, no se de cuenta
de que ya casi nadie se estremece a su paso,
que solo se levantan a saludarle
la basura
             y los papeles perdidos
                           de algún incívico poeta.

Sórdidas respuestas soplan
en estos tiempos bárbaros,

mientras pisamos el acelerador
-como Thelma y Louise-
directas hacia el precipicio.

Un día gris.

Hoy es un día gris
de esos amargos que dejan
irremediablemente
un regusto intenso a melancolía.
Por lo demás
todo sigue igual,

navegando en tus sueños,
yo
volado de ausencia.
Quizás la lluvia cumpla sus amenazas
y estalle contra el suelo
en un giro de guión imprevisible.
Así mañana
veremos crecer entre los adoquines
un tallo verde
que nos anuncie la primavera.