L@s principit@s

Hay personas que saben sentir de forma casi innata,
no han necesitado grandes tragedias
para saber cuándo llorar,
ni emborracharse con Pan para saber reír.
Son personas sencillas y dispuestas,
atentas al pequeño mundo que habitan
como pequeños y humildes personajes de Saint Exupéry.
La curiosidad de esas personas
se despierta cada mañana
como un reloj biológico y exploran
con ambición de jardinero
lo que crece a su alrededor.
Son personas cuya sabiduría se nutre
de querer entender al otro
y por el otro
han aprendido a escuchar con atención
para no perderse entre la niebla.
Esas personas
nos llevan siglos de evolución de ventaja
porque mientras que la mayoría
empezamos a saber sentir
después de haber llegado al zenit de nuestro conocimiento,
ellos no necesitan escribir versos
para llenar el mundo de poesía.

El secreto.

Dicen los gurús de la psicología positiva
que todo es posible si lo deseas con fuerza.
Cuando en realidad
lo absoluto -como el deseo
(que no entiende de intensidades)-
es inalcanzable por definición.
Se debería decir que:
puedes conseguir algunas cosas que deseas
si te esfuerzas mucho
y tienes suerte en tus decisiones.
Aún así
las probabilidades son escasas,
pero persevera, no te queda otra,
algo encontrarás en tu camino.
Eso sí, el universo no conspirará nunca,
porque no piensa y si pensara
tu vida y la mía le importarían un carajo.
Este es el secreto
somos insignificantes y la verdad
no vende, ni se vende.

La anciana y el perro.

He visto a una anciana pasear a su perro.
Éste era pequeño, tranquilo,
cargado más de orina que de prisa;
se adaptaba al paso de su amiga y
levantaba la mirada hacia ella con atención.
La mujer, a pesar de su edad,
no eludía su paseo. Como mucho
le avisaba conmovida 
para que no tirara demasiado:
«A ver por dónde me llevas, cariño,
que yo no veo».
Como tantas veces en las relaciones
ambos se responsabilizan del otro,
se cuidan mutuamente, se acompañan
y siguen adelante con la confianza
de que cada paso dado
es una pequeña victoria a la muerte.

La verdad.

No hay más verdad que la mentira,
ni mentira que no aspire a ser verdad;
no son opuestas por tanto
sino complementos de este artificio,
como subtexto dramático de lo real.
Así el conocimiento
es invento humano
y herramienta de poder,
son construcciones delirantes, atrezzo necesario,
intentos desesperados de imponer
un orden al caos y al ser.
Y sin embargo,
-después de todo-
de tanta mentira cierta
de tanta incierta verdad
necesitamos aferrarnos a un ramillete de certezas
para no ser engullidos por el vacío de la incertidumbre,

su absurdo hueco.


Las mías son tu risa, nuestros cuerpos
y las palabras con las que construimos
un puente indestructible.
Tenlo por cierto. No necesito mucho más.

La biblioteca

Dijo Susan Sontag
que su biblioteca
era un archivo de anhelos;
como si la palabra escrita
reflejara con fuerza
la fuente inagotable de la existencia.
Tanto es así que

la vida, la verdad o el deseo


se tornan un poco más reales,
cuando los fijamos con palabras y frenamos

por un instante

el flujo constante de su movimiento.

La fragilidad de los engranajes.

Parece que nada importa demasiado
mientras seas productivo.
La gente entenderá que seas
una apisonadora o un colgado,
un cretino o un bobalicón,
siempre que generes riqueza.
Eso sí, si se te rompe el alma,
si persigues un sueño o
el insomnio abraza tus noches,
te dirán loco, te llamarán enfermo,
por no llamarte otras cosas.
La gente -a priori-
no comprende la fragilidad de los engranajes,
porque en el vientre de la máquina
no hay lugar para la disidencia.
Así que produce o muere,
muere produciendo,
entrégate sin fisuras
al devenir de la rueda,
hasta que un día,
ya de viejo, seas sustituido
por una pieza nueva.

La luz.

Sentarse en la misma terraza
no implica ver siempre la misma gente.
Hasta esos tres evangelistas de Jehová
rotan en su misión depende del día.
Cuando me pongo a escribir pasa un poco lo mismo: encontrar
unas pocas palabras que brillen
-entre tanta oscuridad-
requiere asumir
que la luz no contempla sombras,
sólo proyecta la que cada uno tenga,
según el día.

Ilustración: «Plaza» (1913) Giorgio de Chirico

No aprendemos.

«La maldad no necesita razones, le basta con un pretexto.»
Goethe.

Dos de enero y Trump
ha ordenado asesinar a un general iraní.
La tercera guerra mundial
es tendencia en redes sociales.
Nunca te fíes -le digo a Ana-
de un presidente con peluquín,
son como aquellos niños del colegio
que, para tapar su estupidez,
deseaban ser delegados de clase. Aunque
lo lamentable es que nosotros
siempre elegíamos al más tonto.

Y no aprendemos.

El odio.

Y como un rayo
me atraviesa el odio y me divide
como un reflejo oscuro que alienta
la verdad y sus anexos.
Contiene tanta rabia mi puño cerrado,
que sueño con que arda el mundo
y se extingan las naves,
que lo único que quede de la humanidad
-que en otra hora defendí-
sea la yerma sombra de un vientre seco,
secas las venas, secos los ojos, secas las manos,
seca la boca aterrada de tanto arder.
Si esa hora llega, no me busquéis,
seré otro,
que andará sin aire y sin vida entre bastidores,
esperando que la fiesta acabe
para poder recoger
los restos consumidos de quién fui.