Desde mi ventana

Hay algo hermoso en estos tejados,
como pájaros dormidos
o flechas apuntando las nubes
señalan la hora inmóviles y
detienen el tiempo
con sus manos orantes.
Protegen la vida y las costumbres,
envuelven lo cotidiano
con las ropas de la intimidad.
Pero lo mejor es que sobre ellos
los líquenes tintan de ocre
las viejas tejas. Hasta en esa arcilla
machacada, cocida, moldeada,
el tiempo le da un respiro a la vida,
como si la guerra no fuera con él.

Viejas heridas.

A veces escribir
es reabrir la herida,
rascar con las uñas
la vieja cicatriz,
hasta que una gota
de sangre emborrona
las sombras y los silencios
de este pálido amanecer.

A veces reabrir la herida
es lo que nos queda
para sentir la vida,
desatar los nudos del pasado y
acallar esas voces
que nos recuerdan
los pasos que marcaron
este deambular por las calles
buscando un lugar en el mundo.

Si escribir
es reabrir la herida,
puede ser la única forma
de no acabarlo todo
con un punto y final…

El séptimo sello.

«La partida ha acabado, Mr. Von Sydow. D.E.P.» La muerte.

Aún no ha acabado este invierno,
aunque estemos a 26 grados.
Veo gente con mascarillas y los medios
CON GRANDES PALABRAS
hablan de pánico y pandemia.
Las bolsas se desploman moribundas
y dicen que en Italia
han comenzado los saqueos.
En mi pueblo
la proximidad de la muerte
es el tema de la semana.
Parece que
nos están acostumbrando
a una rutina
de continúo apocalipsis,

quizás para que cuando llegue
no lo veamos venir.

Blowing in the wind

Los árboles ya no están,
pero el viento sigue todavía
peinando las calles con indiferencia.
Seguramente, no se de cuenta
de que ya casi nadie se estremece a su paso,
que solo se levantan a saludarle
la basura
             y los papeles perdidos
                           de algún incívico poeta.

Sórdidas respuestas soplan
en estos tiempos bárbaros,

mientras pisamos el acelerador
-como Thelma y Louise-
directas hacia el precipicio.

Sísifo

Trato de no pensar demasiado,
tan solo de aguantar el peso de esta niebla,
que me abraza fría,
traspasa mi piel
y clava sus uñas de hielo
en mi corazón confuso.
Es extraño estar y no estar,
ser la sombra de una sombra,
cuando todo acontece y
sentir que la vida se te escurre de las manos,
como despierta Sísifo en el valle.
Será por eso que al final
me conformo con lo poco que queda en ellas,
porque la alternativa es demasiado lúgubre
como escribir tu propia esquela

o imaginar mi vida sin mí.

Sobre el amor.

El amor no cura. Es más
si amas aprenderás que el otro es
tan frágil como tú, tan vulnerable
al frío del silencio,
a su desolada inclemencia, y que
tu pecho y su pecho se comunican
por un aliento insólito, que no siempre
encuentra un camino o un ojalá.
Si amas, también,
conocerás al otro, sufrirás con él,
sus problemas serán tus problemas,
sus insomnios tus desvelos,
sus heridas llorarán en ti
como el largo lamento de un niño al nacer,
desnudo y exiliado de ti mismo,
de tu burbuja.
Si amas, todo este padecer será tuyo,
serán las notas graves de tu balada.
Si no amas, en cambio,
tu destino será más cruel y sencillo,
si no amas
simplemente
enfermas.

Los espejos rotos.

A mi vida le falta un pedazo,
algo que no puedo recordar
porque lo que recuerdo
-según todos- nunca sucedió.
Es como construir sobre cimientos de nube
o como si alguien hubiera roto todos los espejos.
Imposible que no tiemble mi alma de hoja,
cuando quieres ver arder todos los almanaques y
el tiempo se escurre entre los dedos de mi memoria
sin poder conservar sus relatos.
Pero el tiempo no se detiene y
más allá de la marea
se mueven las alas de este vuelo inacabable,
congelado en un movimiento interrumpido…

Mientras tanto

cada vez que respiro

esa esquirla de hielo

se acerca más a mi corazón.