La chica de Vodafone

He llamado tres veces a Vodafone
en menos de quince minutos,
como si la máquina que responde
fuera a cambiar de opinión por mi insistencia…

Pienso que por eso,
a pesar del calentamiento global
cada día hay gente un poco más fría;
como un robot o un soldado,
cumplen órdenes sin cuestionar,
son sociópatas adictos a ellos mismos
y con tendencia a cosificar a los otros.
Así, medrando, imponiéndose,
han naturalizado a las máquinas,
porque escuchan como máquinas,

aman (ellos lo llaman amor)

como máquinas

y codifican el mundo

según ceros y unos. Pero claro
el mundo es otra cosa
y para conocerlo de verdad
hay que sentir antes de entender.

Al final,
se ha puesto una muchacha real,
y ha sido amable,
una auténtica profesional de la empatía,
os podéis imaginar que su trabajo
era convencerme
-costara lo que costase-
para que no me fuera a otra compañía.

No aprendemos.

«La maldad no necesita razones, le basta con un pretexto.»
Goethe.

Dos de enero y Trump
ha ordenado asesinar a un general iraní.
La tercera guerra mundial
es tendencia en redes sociales.
Nunca te fíes -le digo a Ana-
de un presidente con peluquín,
son como aquellos niños del colegio
que, para tapar su estupidez,
deseaban ser delegados de clase. Aunque
lo lamentable es que nosotros
siempre elegíamos al más tonto.

Y no aprendemos.

El odio.

Y como un rayo
me atraviesa el odio y me divide
como un reflejo oscuro que alienta
la verdad y sus anexos.
Contiene tanta rabia mi puño cerrado,
que sueño con que arda el mundo
y se extingan las naves,
que lo único que quede de la humanidad
-que en otra hora defendí-
sea la yerma sombra de un vientre seco,
secas las venas, secos los ojos, secas las manos,
seca la boca aterrada de tanto arder.
Si esa hora llega, no me busquéis,
seré otro,
que andará sin aire y sin vida entre bastidores,
esperando que la fiesta acabe
para poder recoger
los restos consumidos de quién fui.

A las futuras generaciones

«Tu verdad no, la verdad.

Ven conmigo a buscarla

La tuya guardatela.»

Antonio Machado.

Siento confirmaros lo que ya imagináis
que nacer es empezar a morir,
mientras duele el mundo
como un disparo en la frente
y las llamas del ocaso
desparraman un mar de sangre
sobre nuestras cabezas de plástico.

Vivir, morir, tal vez soñar
con otras posibilidades, deambulando por los márgenes
en busca de compañía
para creer que no estamos solos.
Ahí reside la esperanza,
la única disidencia posible.

Pueden tumbar los cuerpos y las almas,
pueden socavar las raíces de la voluntad.
Pero si dos personas o tres o cuatro o las que sean
se ponen a trabajar juntas por la verdad… El camino

habrá valido la pena.

Como el mar al anochecer.

Estamos en el balcón del hotel
y me pido una copa de vino;

Ana solo bebe agua.

Ella sueña con que algún día

cuando yo muera

le quede algo vivo de mí.

Luego canturrea distraída
mientras mira su teléfono.
Yo quiero otra copa,
pero no la pido.
Mi sangre ya está condenada
y el futuro me parece oscuro
como el mar al anochecer.

(Yo)

Debería de ser fácil,
cómo distinguir en un mapa la península ibérica,
dejar de mirarse el ombligo,
su vórtice fetal,
para ver a un otro, a tu lado,
que te necesita.
Pero más allá de una instrumentalizante otredad,
nos relacionamos
como paramecios insatisfechos,
tan encerrados en el (yo)
que la evolución se torna entelequia.

No nos basta.

No nos basta con contemplar
la irremediable finitud de los días,

su oscura profecía.

Ni siquiera percibir
cómo lentamente
la sangre va adquiriendo
un negro hedor a futuro y muerte.

Las alarmas desatadas
chillan como bebés condenados
a una yerma rectitud de cruces sin nombre.
Pero la gente sigue ahí,
embotelladas en sus casas,
como luces que esperan
que nadie las apague

cuando llegue el alba.

Luces de navidad.

Están instalando las luces de navidad
y estamos a 20 grados,

los niños juegan en la plaza.

El recuerdo de un noviembre frío
se va desvaneciendo como el hielo de mi vaso.
Quizás se acerque el fin del mundo y
con suerte
no lo veré. Es tan propio de estos tiempos
exclamar un ¡sálvese quien pueda!
Parece que nos conformemos en desear
que si va a desatarse la tragedia
nos pille jugando.

El humo y la vida.

Empecé a fumar con 14 años por rebeldía,
por afán de libertad,
porque fumar era propio de héroes,
-aún pensaba que el cine
era un buen reflejo de la realidad-
bendita inocencia.
Desde entonces he buscado
miles de maneras de ser libre y

al final

todas han resultado humo.

Cada decisión me ha atado más a la vida,
ha marcado un momento y un lugar,
definiéndome por lo precario de mis posesiones,
porque en realidad
mi única preocupación siempre fue
con quién compartir el próximo cigarro… Cuando soy yo

el que debería de dejar de fumar.

Ciudad de muertos.

Si de verdad amas a Euridice
Vete al infierno
Y no vuelvas.

Ángel González

No hay victoria posible,
sólo barbarie. Tampoco conquistas, salvo alguna calculada concesión.

La derrota es por tanto

total y absoluta.

No nos queda otra que renunciar a las grandes trincheras
por esas humildes luchas
entre las sombras condenadas
de esta ciudad de muertos.

Asumámoslo

por la verdad y la justicia.

Si realmente amas el mundo
baja conmigo al infierno

aún estamos a tiempo de rescatar

a aquellos de los que nadie se acuerda.