Del amor.

Imagen: “Audacia” Hatem Khraiche

      

                                       “Creo que si mirásemos más al cielo, acabaríamos por tener alas.” Gustave Flaubert

Del amor ya se ha escrito todo,

porque nada de lo que se expresa es suficiente.
Uno queda atrapado, con cara de bobo,
ante la torpe incompetencia del lenguaje.
Como si sólo en un parpadeo
           se pudiera contemplar el infinito,
buscamos en el otro nuestro espejo
            como si en aquella cálida pupila
se extendiera un atlas del deseo, una crónica
sobre todo aquello que nos trajo hasta aquí.


Ain’t no mountain high enough
Ain’t no valley low enough
Ain’t no river wide enough

Y sin embargo               ahí seguimos
buscando razones para ser amados,
argumentos que eleven nuestros corazones
                   tan cansados, a veces,
                   tan desgastados
de tiempo y soledad.

Puede suceder también que
rompamos el silencio para revelarnos,
de lo que somos,
de lo que fuimos,
de lo que queremos dejar de ser,
porque las heridas más profundas
siempre se esconden tras sus muros.

Y aunque en el fondo sabemos
que nada de lo que digamos nos devolverá al paraíso,
seguimos amando, seguimos escribiendo,
                   porque soñamos
                   que dentro de esa cálida pupila
                                se abre una puerta a la eternidad.

Vuela

​Vuela:

aunque sea sin alas,
aunque sea sin sombra,
aunque sea sin tiempo.
Vuela como las nubes
o como el viento.
Vuela hasta el abismo
para poder salir de él y
vuela hasta el horizonte
para alcanzar aquello que siempre
estuvo en tu interior.
Vuela hasta los confines
más lejanos de ti mismo,
hasta la Ítaca de Kavafis o
el paraíso perdido. Tu vuelo
te hará sabio para reconocer
las perspectivas de la vida y de la muerte.
Quizás así a fuerza de partir
podrás volar entre el olvido y el recuerdo.
Quizás así puedas al fin volver
y saberte tú 

al poner los pies en el suelo. 

Reconciliación 

Poca cosa 

soy cuando te miro.
Poca cosa.
Un grano de arena,
una hoja al viento,
aquella lágrima en la lluvia,
que se suicidó desde tus mejillas,
para perderse y nunca volver.
La mañana se presenta fría en este espejo
como un frágil reproche o
una aurora pálida y cristalina.

Soy poca cosa
no cabe duda.

Sino fuera porque, a veces,
entre tanta bruma, me miras
devolviéndome el aliento.
Es entonces
cuando no importa lo dicho
ni ese silencio incómodo que me envuelve
en tu ausencia;
amanece en mi interior
la alegría de estar contigo
y esto, aunque no parezca gran cosa,
nos hace eternos.

No es…

silencio

 

No es nube, ni pájaro, ni reflejo,

ni torbellino, ni maleza, ni laberinto;

no es espejo, ni luna, ni retrato,

ni rayo, ni anagrama, ni farolillo;

no es duda, ni certeza, ni deseo,

ni tuit, ni muro, ni acertijo;

no es beso, ni cama, ni canción,

ni mesa, ni mar, ni delirio;

no es castillo, ni epístola, ni paredón,

ni perro, ni dama, ni amigo;

no es faro, ni risa, ni Woolf,

ni llanto, ni prisa, ni amorío;

no es soledad, ni sexo, ni compañía,

ni manta, ni recebo, ni hombría;

no es tinta, ni río, ni navegar,

ni bolla, ni sed, ni deriva;

no es miedo, ni fin, ni soledad,

ni consuelo, ni tristeza, ni alegría;

no es prosa, ni ensayo, ni poesía…

 

Es silencio…

 

Solamente silencio.

Sucede…

Hermosa-lluvia-de-estrellas

Y sucede que a veces

nos saluda la muerte con una sonrisa

como aquel que sabe el significado de lo inevitable

el trasfondo que habita en toda luz:

su oscuridad.

 

Sucede también

que como en un mal guión: llueve

y nos pensamos que el cielo está triste

¿Qué tendrá este cielo?

Las suspiros se escapan de su vientre infinito…

…Sucede que caminamos por las calles, convertidos en sombra,

en borrasca o en llama que arde de luto,

disparando con la mirada

ráfagas de preguntas, que rebotan en las paredes, en las gentes,

en nuestro silencio, hasta acertar precisa

con nuestro corazón ceniciento.

Sucede entonces que

nos convertimos en filósofos al contemplar

el paso irreductible del tiempo y

miramos a la muerte a los ojos

preguntándonos cuándo será nuestro turno.

La noria

agujero-negro

Las lágrimas rompieron su mirada

quebrando el horizonte de sucesos.

Rastro de sales, restos de vida.

En medio de la noche,

aquella multitud no era nada,

sólo sombras, como fantasmas.

Él la miraba; ella, temblorosa, le rehuía.

La noria giraba y regiraba

su incontrolable vaivén de emociones.

Pero sus miradas se encontraron

en medio del túnel.

Se escrutaron en silencio,

se reconocieron entre la bruma.

Él quiso saber si ella estaba mareada.

Ella le hizo prometer que sus lágrimas no serían en vano.

Bares. Recordando a Mario Benedetti.

72

Los bares son teatros
de telones etéreos, dónde puedes
beberte la vida
o huir de ella preso en el recuerdo.

Hay bares donde uno
se siente como en casa;
la liturgia del café con hielo o la caña
se hace tradición
como si pudiéramos condensar
en un instante
la ilusión por lo permanente.

Las escenas se suceden
entre rostros sombríos o alegres
y a veces,
sólo a veces,
es interesante imaginar que dicen,
sobre todo si ella mira sobre las gafas con ternura
y él sonríe, tímido, tendiendo puentes:

Quizás
en uno de esos momentos
la mirada de él
le diga a la de ella:

Amor, ya lo sabes, pero
puedes contar conmigo.
Con mi alma alegre,
mi corazón dedicado,
mi mente despierta
y mi ánimo honrado.
Puedes contar
con mi calma y mi consejo,
mi apoyo siempre
que lo necesites,
mi cariño fiel,
mi pasión diaria
y mi cortejo.
Puedes contar
con mis manos obreras
y mi boca vagabunda,
con mi mirada
que te anhela,
y con mi cuerpo que te busca.
Es así, mi amor,
tan simple y tan mundano,
que no hay música
en este mundo
que resuene tan intensa
como las palabras
que abren tus labios.
Y aunque eres mía
y no eres mía,
o precisamente por eso,
tengo que amarte, amor,
tengo que amarte,
porque eres la melodía de mis mañanas
y el ritmo incesante de mis versos.
Esa canción
que nunca,
nunca,
me canso de escuchar.

Los bares son escenarios que proyectan realidades
que no se ocultan tras el humo,
ni el ruido de fondo; experiencias
extrasecas y con hielo, en una sociedad líquida,
en la que nada permanece y
el amor se materializa
entre las colillas del cenicero.

Como aquellos dos
en la mesa del fondo. Quizás él
está diciendo lo que se dice en ocasiones
con amargura de cerveza:

Tú lo dijiste
este amor
es un amor de ceniza.
Nos ha consumido
hasta no reconocernos.
No sé si ha sido la rutina
o el orgullo,
si la tristeza
o la distancia de nuestros mundos.
Este amor
es un amor de ceniza
gris y polvorienta
que hemos aspirado
hasta convertirnos en humo.
Qué vacío absurdo
qué despropósito
cuando consumimos el amor
para estar aún más solos.
Es una verdad triste, una pena,
pensábamos que nos queríamos
pero en la única llama que ardía
quemamos nuestros sueños.
Un amor de ceniza
sólo eso
como un pasado
que nunca fue presente.
Un tiempo
que a pesar de todo
cuando sienta tu ausencia en mi cama
no podré evitar recordar.
Estate tranquila,
me conformaré
con encender otro cigarro
y ponerme una copa
para brindar a tu salud
por nuestra soledad.

Los bares son teatros
donde cae el telón al cierre,
cuando las mesas se deshabitan
queda la desolación de un cementerio
o la de una iglesia vacía.
Los últimos clientes,
borrachos y anónimos
apuran sus copas, como espectros.
Ustedes pueden irse
yo me quedo.

Pintura: Gonzalo Ilabaca