Ola de muerte

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Brote talado, luz que se desvanece en la memoria de la arena,

el cadáver ahogado de la postmodernidad besa la playa

sentenciándola a muerte. Su fantasma perdura en la vergüenza,

en la sangre que maquillamos con despecho. Tanta odio, tanta indiferencia,

nunca es gratuita, siempre deja un poso de bilis en los ojos del que mira,

un remordimiento patético de superviviente, el delirio cruel

que impulsa a la sociopatía. La sombra de lo que fue un niño

ahogado en la playa de Lesbos se la llevó la noche y las olas.

Él sin nombre, sin historia. Nosotros, sin inocencia.

Tiempo y ceniza.

Ceniza…
¿y si al final no fueramos polvo
ni agua, ni fuego, ni aire…

…Sólo ceniza de lo que fuimos, los restos carbonizados de la historia?

A la lumbre de tus libros
enarbolo esta verdad definitiva:

Los ríos donde fluye nuestra realidad
se ahogaron en un mar de ceniza.

Y nadie lloró por ellas, nadie. Todos preferimos mirar a otro lado. Y los que gritamos de horror fuimos silenciados,
porque era más fácil matar al mensajero. 

Auto de fe.

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Ahora lo sé

el amanecer ha abierto mis ojos

partiendo mi alma a cada lado de tu soledad.

No hay presente sin poesía, no hay presente.

No hay ciudades, ni castillos de arena,

no hay ríos helados, ni lluvia satisfecha,

no hay prados generosos, ni espejos amables,

no los hay, ni los habrá, si no palpita el corazón

cada verso inacabado, cada caricia, cada mirada,

cada parpadeo que te enmarca frente a mi.

Oh, tú, que atraviesas los limites de la piel del universo,

alimentando la voz eterna de las caracolas, tú,

eres el núcleo del diamante, la geometría perfecta,

la vendimia del deseo. Tú, meteórito solitario,

conservas en tu interior la memoria de las piedras,

la música del cosmos, las sandalias que llevaron a Dante

a cruzar el infierno, el aroma fresco del tabaco que aspiraba Whitman y

el hada verde que iluminó a Rimbaud. Tú, no puedes morir,

sin exterminar al hombre como guadaña certera,

sin arrasar las ciudades y derruir las montañas,

hasta que el amor se extinga y no quede ni el recuerdo de tu silueta agradecida.

Tú, no puedes morir, cuando más se te necesita,

cuando el mundo parece un agujero negro

sin horizonte de posibilidades.

Pero ahora lo sé, lo he visto en los pájaros, me lo ha dicho la lluvia,

no puedes morir, ni morirás, mientras en un rincón del mundo

sobreviva la esperanza y alguien pinte en una pared que:

estamos a nada de serlo todo.

Aunque al final de todo, no seamos nada.

No hay poetas.

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Escucho la brisa

el mensaje incesante que brota del silencio;

su voz queda y misteriosa que penetra en la roca

haciendo resonar sus raíces como cascabeles.

Me pregunta si quedan poetas…

Le respondo que hace tiempo que se extinguieron.

Quizás aquel que contempló de verdad, con la náusea y desesperación

del que va a ser fusilado, o

el borracho que mira su vaso vacío y vislumbra su alma,

antes de pedir una penúltima ronda y así olvidar.

No puede haber poetas en una sociedad donde nada permanece.

Ni tan siquiera la palabra. Por eso

hay más poesía en un maniquí desnudo

que en nuestro imaginario colectivo, ese escaparate

donde todos estamos en venta.

He conocido personas más auténticas de madrugada

que en el claustro de la universidad, allí donde

el presunto SABER se pavonea engreído

con sus llamativos maquillajes. No puedes ser poeta

si nunca has amado de verdad; si no has estado dispuesto a morir

o incluso a matar, que es otra forma de morir. No puedes.

Olvídalo. Ser poeta es encarnar tu propia bestia, aquella que no atiende,

sino a su propio instinto de supervivencia.

Lo demás son juegos de palabras, malabarismos de pasarela,

incendiar los rastrojos sin jugarte la vida en ello.

Así que no lo intentes. Olvídalo. No tiene sentido.

Sino te juegas la vida en cada verso, nunca podrás sentir

que este instante, ahora, puede ser el último

en que escuches la brisa

el mensaje incesante que brota del silencio.

No me callaré.

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No me callaré nunca. Nunca.

Mi voz será el sendero que quiebre

el río y el abismo, su sed implacable.

Enterraré la palabra para que arraigue: el tiempo,

la luz, el vuelo de Ícaro, la disidencia

a lo que gritan que somos y al terror

inyectado en cada poro de la piel.

Seré aquella isla que desaparece de los mapas

porque sólo podrá ser vista si se sueña,

porque sólo podrá ser soñada si alguna vez estuviste allí.

Renuncio por tanto al silencio, al olor de sus bibliotecas,

porque sólo aniquilando la palabra, ésta

tendrá una posibilidad de sobrevivir.

 

Rojo oscuro. Casi negro.

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Levantó la copa de vino hacia la luz. Contempló sus tonos rojizos, con reflejos de un dorado pálido. Al llevarla a la nariz se le erizó la piel al notar sus aromas a frutos rojos, maduros, casi confitados y las sutilezas de sus gráciles taninos. En boca resultaba majestuoso, un auténtico estallido de sabores que le provocaron un leve gemido de placer. A sus 47 años, al fin cumplía el sueño de catar un Chateux la vie del 74. Cuando al día siguiente le ejecutaran por el asesinato de su hija 14 años atrás, la inyección letal le cerraría los ojos con una sonrisa. Su vida al fin tenía sentido.

No es…

silencio

 

No es nube, ni pájaro, ni reflejo,

ni torbellino, ni maleza, ni laberinto;

no es espejo, ni luna, ni retrato,

ni rayo, ni anagrama, ni farolillo;

no es duda, ni certeza, ni deseo,

ni tuit, ni muro, ni acertijo;

no es beso, ni cama, ni canción,

ni mesa, ni mar, ni delirio;

no es castillo, ni epístola, ni paredón,

ni perro, ni dama, ni amigo;

no es faro, ni risa, ni Woolf,

ni llanto, ni prisa, ni amorío;

no es soledad, ni sexo, ni compañía,

ni manta, ni recebo, ni hombría;

no es tinta, ni río, ni navegar,

ni bolla, ni sed, ni deriva;

no es miedo, ni fin, ni soledad,

ni consuelo, ni tristeza, ni alegría;

no es prosa, ni ensayo, ni poesía…

 

Es silencio…

 

Solamente silencio.

Be-(v)iendo mi realidad.

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Bebo el fracaso de los nombres,
cuando tocan las nubes mis pájaros de cristal.

Bebo los vientos de tu sexo,
como vuelan las sábanas, desgarrando las sombras del amanecer.

Bebo del aullido a la tormenta y, a la tristeza, hueca, de las calles vacías.

Bebo el paso incansable del tiempo
sus libros apilados y el polvo que los consuela.

Bebo apenado por las letras
heridas y por sus verbos cansados
de pasmo y soledad.

Bebo la muerte y sus pronombres,
la tumba abierta que nos espera impasible.

Bebo la noche y la mañana,
la arruga de asombro en mi frente oblicua.

Bebo tu amor y tu compañía
tu paciencia devota, tu silencio, tu alegría.

Bebo la preposición de tu alegato,
tan fiel como incierto, cuando acecha la espesura.

Bebo las nubes y los claros,
el despertar ansioso y su maraña tardía.

Bebo y no me canso de beberme, beberte y bebernos…

…Supongo que todo ello es la causa natural de que no se apague mi sed.

Fantasmas del extrarradio.

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Disfrazada de sombra, caminas con pesadez elefantina, vueltas las enormes pupilas hacia un desván polvoriento, tu alma desprende a cada paso jirones de borrasca y óxido sobre tu cabello.
Me sorprendo saludándote, pero tu mirada quebradiza traspasa los cimientos de mi cuerpo al pedirme temblorosa un cigarrillo para una “buena causa”.
Una tristeza infinita me inunda al seguir mi camino. Sólo dura un momento, tiempo en que miro el paquete de Lucky y recuerdo que los fantasmas no fuman.