
Emborrono tu superficie
buscando (d)escribir en la niebla
un punto de luz.
Pero sólo encuentro traumas
abiertos en la piel del pasado,
y dudo y me pierdo
y trastabillo.
Mi cuerpo, caído
en la calle vacía,
devuelve tu silueta
a categorías ingrávidas.

Emborrono tu superficie
buscando (d)escribir en la niebla
un punto de luz.
Pero sólo encuentro traumas
abiertos en la piel del pasado,
y dudo y me pierdo
y trastabillo.
Mi cuerpo, caído
en la calle vacía,
devuelve tu silueta
a categorías ingrávidas.
Si yo fuera otro,
con otra vida, otra historia,
otros deseos y otras soledades
tendría que conocerte igual
indistinta
con todas tus virtudes
y esos defectos
que me hacen adorarte
como a una diosa cercana.
Porque esta comedia sencilla
la escribimos a cuatro manos
cada vez que nos reencontramos
en las luces y las sombras.
¡Qué le voy a hacer! Estoy enganchado
a la fuerza de tu risa
la claridad de tu mirada
y al calor de un cuerpo que
no entiende
de excusas, ni inviernos.
Por eso mis palabras
me parecen insuficientes para decirte
cuánto te amo
y prefiero decirtelo a veces
con la lumbre de mi devoto silencio.

Las lágrimas rompieron su mirada
quebrando el horizonte de sucesos.
Rastro de sales, restos de vida.
En medio de la noche,
aquella multitud no era nada,
sólo sombras, como fantasmas.
Él la miraba; ella, temblorosa, le rehuía.
La noria giraba y regiraba
su incontrolable vaivén de emociones.
Pero sus miradas se encontraron
en medio del túnel.
Se escrutaron en silencio,
se reconocieron entre la bruma.
Él quiso saber si ella estaba mareada.
Ella le hizo prometer que sus lágrimas no serían en vano.
Puede parecer fácil gritar
hasta que estallan las luces de neón.
Gritar como grita el viento
o la ola o la ceniza,
cuando sangran los dedos
y todo se vuelve del revés.
Desnudarse
en plena Diagonal
como si detuvieras tu reloj
en medio de tanta urgencia;
cubrir tu cuerpo con escamas
tan claras, tan claras
que oscurecen
todo aquello que transparentan.
Perderse por los pasillos de tu propia casa
buscando aquello que expulsaste
del laberinto de tu alma
para no verlo nunca más.
Partir como un volcán en erupción:
relaciones y lenguajes, espejos y salidas,
como quien vomita sangre sobre el folio en blanco;
hasta que te miras sin verte
al filo del precipicio.
Pero no lo es.
No enloquece quien quiere
sino quien puede.
Fríos amaneceres
sobre pardos tejados.
Preguntas sin respuesta
en la taza de cafe.
Silencio. Silencio. Silencio.
Y una mueca así de triste
en la superficie del espejo.
Silencio, silencio y miedo a la muerte
Cuando las nubes se visten de fantasma,
encadenan mi mirada con sus dudas.
Silencio, miedo y angustia.
Mientras la lluvia cae sobre las calles…
Tu reflejo se encarna
frágil sobre los charcos.
Pero sólo escuchas el estruendo infinito
del silencio.
Silencio.
Silencio.
«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.»
Julio Cortázar. Rayuela. (Capítulo VII)
Cálidas olas que acarician mi playa
con un agua trasparente y lúcida
que emergen con absoluta blancura
del abismo que esconde tu mirada.
Montes poblados de verde esperanza
habitan en cada imagen futura
reluciente cristal es la figura
que forjamos cada nueva mañana.
Ven mi pequeña niña
arrimate a mi que te quiero cerca
brindando conmigo por tu alegría
Que es tu sonrisa la mas fértil tierra
donde cultivo mis sueños los días
y noches abrazado a tu silueta
No ciegues tu mirada
con certezas imposibles.
¡Qué son molinos mi señor!
¡Qué son molinos!
Tu camino pasa
por desnudar la palabra
libre
despegada
como pájaro
nube
o mañana. Desprenderte
del pasado y su rémora
su desván polvoriento
una vez abiertas las ventanas.
No importa que habite en ti
un extraño pasajero
su oscura compañía
es alimento de tus sueños.
Es por eso que te digo:
sólo son molinos, mi señor.
¡Sólo molinos!
Disfrazada de sombra, caminas con pesadez elefantina, vueltas las enormes pupilas hacia un desván polvoriento, tu alma desprende a cada paso jirones de borrasca y óxido sobre tu cabello.
Me sorprendo saludándote, pero tu mirada quebradiza traspasa los cimientos de mi cuerpo al pedirme temblorosa un cigarrillo para una “buena causa”.
Una tristeza infinita me inunda al seguir mi camino. Sólo dura un momento, tiempo en que miro el paquete de Lucky y recuerdo que los fantasmas no fuman.
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