2 sonetos de amor

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Cálidas olas que acarician mi playa

con un agua trasparente y lúcida

que emergen con absoluta blancura

del abismo que esconde tu mirada.

Montes poblados de verde esperanza

habitan en cada imagen futura

reluciente cristal es la figura

que forjamos cada nueva mañana.

Ven mi pequeña niña

arrimate a mi que te quiero cerca

brindando conmigo por tu alegría

Que es tu sonrisa la mas fértil tierra

donde cultivo mis sueños los días

y noches abrazado a tu silueta

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Son molinos

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No ciegues tu mirada

con certezas imposibles.

¡Qué son molinos mi señor!

¡Qué son molinos!

Tu camino pasa

por desnudar la palabra

libre

despegada

como pájaro

nube

o mañana. Desprenderte

del pasado y su rémora

su desván polvoriento

una vez abiertas las ventanas.

No importa que habite en ti

un extraño pasajero

su oscura compañía

es alimento de tus sueños.

Es por eso que te digo:

sólo son molinos, mi señor.

¡Sólo molinos!

Fantasmas del extrarradio.

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Disfrazada de sombra, caminas con pesadez elefantina, vueltas las enormes pupilas hacia un desván polvoriento, tu alma desprende a cada paso jirones de borrasca y óxido sobre tu cabello.
Me sorprendo saludándote, pero tu mirada quebradiza traspasa los cimientos de mi cuerpo al pedirme temblorosa un cigarrillo para una “buena causa”.
Una tristeza infinita me inunda al seguir mi camino. Sólo dura un momento, tiempo en que miro el paquete de Lucky y recuerdo que los fantasmas no fuman.

No-lugares

Lugares que no son
aunque estén, como
aquellas casas de fantasmas

anónimos

en tránsito constante.

Espacios donde nada habita
más que la fuga o el cambio,
el fluir de un río postmoderno
donde la vida se fija
desde el paradigma del traslado.

Es díficil sino arriesgado
establecer un vínculo honesto
dentro de esas salas blancas
como es hacerlo
con una única ola del mar.

Cuando nada permanece
sólo queda la ilusión de lo que pudo ser
o lo que pudo quedar grabado
en el interior de la fotografía.

La comunidad.

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Hace tres años y medio que me dieron las llaves de mi piso, concretamente las del tercero primera. Un espacio con doble aislamiento en las tres habitaciones, donde tuve que empezar una nueva vida después de que mi matrimonio (que en aquellos tiempos andaba más fisurado que la costa noruega) se rompiera definitivamente, dando al traste con casi quince años de relación.

Los comienzos fueron muy duros. De niño me enseñaron muchas cosas: a diferenciar un hiato de un diptongo, a calcular los vectores correctos para que una construcción no se desplomara e incluso me interesé por los grandes misterios de nuestra tradición religiosa. Pero nada, ninguno de esos conocimientos me sirvieron en su momento para conseguir que aquella maldita lavadora funcionara. Tanto era así que muchas noches, a pesar de odiar profundamente a mi ex-mujer, lloraba desconsoladamente recordando su destreza al preparar una tortilla, e imaginaba que en aquellos momentos estaría batiéndole los huevos a algún hombre afortunado.

Por suerte, aquella extraña niebla que se había depositado en mi vida parecía quedar muy lejos. En el momento en que me enseñaron como apagar la vitrocerámica, todo lo demás fue mucho más sencillo. Mi maestra, mi salvadora, la fuerza irreductible que me ayudó entonces se llamaba Consuelo, era mi vecina, la del tercero segunda. La primera vez que la vi fue en una reunión extraordinaria de la comunidad, en cuya acta sólo había un punto que tratar: querían saber quién era el responsable de haber convertido el patio de luces en algo parecido a un humeante cono volcánico. Fue el primer contacto que tuve con la mayoría de los propietarios del edificio, de los que a primera vista sólo les diferenciaba de la santa inquisición la falta de herramientas para torturarme debidamente. La única que entendió mis limitaciones fue Consuelo y en menos tiempo del que tarda una gallina en decir “coc” se ofreció para ayudarme.

Ahora, después de tanto tiempo, recuerdo con dulzura aquellas primeras lecciones, aderezadas de simpatía y chismes sobre el vecindario. Ella, que de joven había sido actriz de variedades, estaba allí desde que se construyó el edificio y con más de treinta años de experiencia vecinal estaba al corriente de todo lo que se cocía. Me habló por ejemplo de como habían cambiado las cosas en todo ese tiempo. En un principio los vecinos sabían que podían contar los unos con los otros, cuando faltaba un poquito de sal, una tacita de arroz o cuando se tenía necesidad de hablar con alguien para desatascar algún sentimiento de esos que nos atormentan en ocasiones a las personas. Según ella el tránsito hacia el aislamiento actual había sido lento, sutil, como una ceguera progresiva que les impedía reconocerse entre ellos.

Fuera como fuese, lo único que tenía claro es que aquella comunidad era como una especie de micromundo, donde según ella había de todo. Felipe Orondo, el del ático segunda, regidor de urbanismo del ayuntamiento y presidente de la comunidad era el más rico de todos. A ella siempre le pareció extraño que alguien de su categoría subiera bolsas de basura en vez de bajarlas al contenedor. Era muy extraño, pero había que reconocer que la dirección del edificio la llevaba muy bien. Nunca les había faltado de nada. También había en el principal los despachos de dos médicos de esos de la mente, uno en frente del otro y que al parecer se odiaban profunda-mente. Ella podía presumir de ser lo único que tenían en común, al haberles limpiado la consulta en más de una ocasión. La del primero, el dr. Sordo, estaba decorada con extrañas imágenes del cerebro y la del segundo Suso Campos Lingua con fotos en blanco y negro de un tal Froid y un tal Lacán, o Lacón, no sabía decir. Los dos eran tipos muy extraños y por nada del mundo les hubiera contado sus penas, más que nada porque para eso ya tenía a Agustina, su mejor amiga, que vivía en el cuarto, y que le recordaba constantemente que esta vida era una lucha y que lo importante era tirar pa’lante. A ella escuchar esas palabras siempre le habían servido de ayuda, sino de qué iba a haber llegado hasta los setenta. Agustina se llevaba bien con todo el mundo, menos con sus vecinos de arriba, un grupo de estudiantes, que montaban una juerga cada fin de semana y que más que estudiantes parecían un grupo de trogloditas, peludos y descarados, que se las daban de sabelotodos. En más de una ocasión Agustina se había visto obligada a coger la escoba y golpear el techo como un desesperado intento de que bajaran la música. Aunque a pesar de todo las cosas no habían pasado a mayores. Aquellas fricciones no podían compararse con otros hechos mucho más terribles que habían sucedido.

Consuelo se refería a la guerra vecinal que tuvo doña Julia, la vecina del quinto, con Úrsulina Panymedio (la del sexto) para que ésta dejara de escuchar Reggaeton cuando la primera estaba intentando rezar el rosario de las siete. Para ilustrar la situación, la respetadísima doña Julia confesó en una ocasión a Consuelo que en medio de las letanías se sorprendió rezando Virgen prundentísima… Dame más gasolina. Aquello en palabras de la propia Julia significó la gota que colmó el vaso, con la energía contenida de un Pearl Harbor casero que esperaba -todo hay que decirlo- ansiosa de revancha, dispuso lo necesario para luchar con las mismas armas que su vecina de arriba. Compró un equipo de Alta Fidelidad y toda la colección de grandes éxitos gregorianos de su monasterio favorito, los alemanes: Cluster beatificorum. A partir de ese momento el presidente de la comunidad anunció: La guerra total.

Fue una guerra cruel que lleno el edificio de ruido las 24 horas del día. Una guerra fratricida, en la que muchas familias del bloque se vieron separadas por algo que normalmente une a las gentes, como es la música. Los más jóvenes culpaban a doña Julia de todo lo que estaba ocurriendo, porque habían crecido con el reggeaton y les encantaba perrear; los adultos que no soportaban el reggaeton, pero que conociendo como conocían a doña Julia desde hacía más de 30 años sabían perfectamente que de haber nacido unos siglos antes hubiera sido musa del mismísimo Torquemada, callaban por miedo a posibles represalias; los más mayores simplemente desconectaban los audífonos y observaban como aquello les recordaba a tiempos pretéritos, tiempos de cruentas batallas y ejércitos abanderando el odio y la barbarie, pero tampoco lo comentaban porque ciertamente no les hacía caso ni Dios.

Pasadas unas ruidosas semanas, el presidente de la comunidad suplicó a Suso Campos que hiciera de intermediario entre aquellas dos fieras. Éste intentó negarse, pero cuando le ofrecieron la suspensión del pago de los gastos de la comunidad, incluidas posibles derramas, durante todo un año, aceptó porque le obligaba el juramento hipocrático.

Llamó a la puerta de doña Julia desde donde unos salmos aullaban descontrolados. Insistió y volvió a llamar, y así durante media hora. Al final llamó a los bomberos. Cuando llegaron al domicilio y abrieron la puerta a hachazos, el requiem alejandrino se hizo ensordecedor. Encontraron una casa sucia, desvencijada, repleta de velas semi-apagadas y de estampas de devocionario. Desconectaron el equipo de Alta Fidelidad y en la última habitación encontraron el cuerpo de doña Julia estirado sobre un charco de sangre seca que había salido de sus tímpanos.

-¿Cuál es su diagnóstico doctor? – Le preguntó un bombero a Suso. Éste se quedó pensando unos momentos hasta que sentenció.

-Brote psicótico paranoico por personalidad Cluster B.

-¿Cómo dice? -Le preguntó el bombero.

-Que llames al forense ¡coño!, que yo soy psiquiatra.

-A mandar.- Concluyó el bombero.

Cuando llegó la policía y el forense, Suso pudo marcharse por fin y la paz volvió a la Comunidad.

En los últimos tiempos todo parecía ir bien. Consuelo andaba algo pocha de salud, pero nada le impedía venir a mi piso y enseñarme a cocinar. Gracias a su enorme paciencia he aprendido a hacer paella, aunque sigo sin tener esa ella con quien compartirla. Nada me hacía presagiar que Consuelo nos iba a abandonar. Me molesta no haber sospechado nada cuando, después de probar el arroz, vi que se llevaba la mano al pecho, se le agarrotaba el brazo izquierdo y caía al suelo desplomaba, con una mueca de enorme dolor. Pobre de mí, pensé que estaba recordando sus tiempos de actriz parodiando una muerte por intoxicación y me reía estúpidamente, mientras ella agonizaba, y aplaudí a rabiar cuando finalmente falleció. Fue todo muy triste. Intenté desahogarme con Agustina, pero aún no entiendo el por qué ésta me acusaba de haber matado a su mejor amiga… El resto de los vecinos directamente estaban demasiado ocupados viendo la televisión, para interesarse por mis penas. Así que acabé bajando al principal para visitar al doctor Sordo. Le conté lo triste y culpable que me sentía, lo condenadamente solitaria que era mi vida desde la desaparición de Consuelo. Él me explicó no sé qué de unos neurotransmisores llamados serotonina y dopamina, a lo que le repliqué que eso de neurotransmitir estaba muy bien, pero que mi problema era que no había nadie al otro lado para recibir el mensaje. Como si no me hubiera oído me hizo una receta para que fuera a la farmacia, pero al salir de su consulta crucé el descansillo y entré en la consulta de Suso Campos Lingua. Éste me hizo pasar y antes de que pudiera decirle nada, me dijo que lo sentía, que se había enterado de lo sucedido y que comprendía mi dolor. Su recibimiento me hizo sentir muy bien. Pero la cosa se complicó cuando pasamos a su despacho y me hizo tumbarme en un diván. Yo quería hablarle de todo mi desconsuelo y el me preguntaba por mi infancia y por mis padres. ¿Suso, joder, qué tienen que ver mis padres en la muerte de Consuelo? Nada, me contestó. ¿Entonces para qué me preguntas? Me levanté con un salto del diván y me despedí de él con un escueto, gracias, creo que no tengo remedio. Él se levantó y me dijo que no, que desgraciadamente la estupidez era una enfermedad incurable a día de hoy. Sin saber si me estaba llamando estúpido o no, le sonreí agradecido y le di la mano, antes de salir de la consulta primero y del edificio después.

Caminé por las calles sin dirección. Un aluvión de preguntas me asaltaban. ¿Qué hacíamos las personas en esta vida? ¿Qué hacía yo en esta sociedad? ¿Cuándo habían empezado mis problemas? ¿Qué habría sido de Consuelo tras su muerte? ¿Estaría enseñando a cocinar a otras almas perdidas? ¿Por qué no encontraba palabras para describir todo el absurdo que intuía? ¿Dónde encontrar respuestas cuando sólo tienes preguntas? Y la más importante de todas: ¿Dónde coño estaba yo? Detuve mis pasos a la vez que mis pensamientos. Sin darme cuenta había anochecido y me encontraba en medio de lo que parecía un bosque. Un escalofrió recorrió mi cuerpo al comprender que estaba perdido, que mi vida no tenía sentido, que estaba solo, total y absolutamente solo entre árboles de raíces profundas y copas altas tocándose las unas con las otras. En ese momento hubiera cambiado mi piso por un abrazo sincero, de esos que conectan más allá de cualquier discurso, más allá de cualquier excusa o pretexto. Un abrazo como bolla o tabla de salvamento en la deriva de mi soledad. Un abrazo y por qué no: un beso. Deseé estar a mil kilómetros de aquel lugar, en un lugar dónde nadie me conociera, un lugar donde poder empezar una nueva vida y, sin darme cuenta, comencé a llorar como un niño. Como el niño que aún era, a pesar de mis casi 50 años.

En medio de mis lamentos escuché una voz femenina, que decía: Eh tú, tú, no puedes estar aquí. Pensé que aquella voz significaba que había enloquecido del todo, que había llegado a ese punto de sufrimiento que llaman delirio. Pero la voz insistió: ¿Estás sordo? Te he dicho que no puedes estar aquí. Continué sin hacerle caso aquella voz, no estaba dispuesto a abandonarme a la locura. Pero algo me dijo que me estaba equivocando cuando la locura acompañó la frase: Tú, imbécil, que te estoy hablando, con un empujón que me hizo morder el polvo. Con los ojos irritados y enrojecidos por las lágrimas distinguí la silueta de una mujer vestida con un mono verde y un rastrillo. ¿Quién eres?¿Qué quieres de mi?¿Es que uno no puede ya ni perderse en el bosque? Le pregunté. Que bosque ni que leches… Estas en medio del parque del retiro y tenemos que cerrar. Así que venga, arreando que es gerundio. La mujer que era tan guapa como desconfiada me acompañó hasta la puerta de Atocha, la cual cerró tras de mí. La ciudad se me antojó entonces como una fiera de acero y hormigón, en cuyo vientre, en cada edificio de su vientre, la soledad acechaba como el peor de los finales. Triste y abatido regresé a mi casa, me dejé caer en el sofá y encendí la televisión. Creo que me quedé dormido mientras la ex-mujer de un torero corneaba verbalmente al presentador de un programa del corazón.

A la mañana siguiente llamé a mi ex-mujer y le expliqué toda esta historia. Ella me dijo que lo sentía, pero que había rehecho su vida, que mi problema era que nunca había amado realmente porque nunca había renunciado a nada en toda mi vida. Pero ya nadie renuncia a nada, le repliqué, todo el mundo quiere tener más y más cosas, para ser como sus vecinos, sin ir más lejos estoy pensando en comprar un diván como el de Suso. Ella respiró hondo, como si tomara aire antes de empezar a correr y me dijo: mira cielo, sé que la soledad es una de las peores cosas que hay en esta vida. Que parece mentira que rodeados como estamos de tanta gente en realidad nos sintamos tan desamparados. Hoy en día todo el mundo va a la suya, nos creímos eso de que el individualismo nos daría la felicidad y en realidad nos ha hecho más desgraciados. Todos necesitamos de esas personas que nos escuchen, nos acompañen en el tránsito de la vida, que nos acojan en su rutina. Gabriel García Márquez decía que su corazón tenía más habitaciones que un hotel de putas. Yo creo que todos tenemos esas habitaciones, pero hemos de dejar entrar a los demás en ellas a la vez que entramos nosotros en las suyas. Ahí reside la clave de eso que llaman compartir. Las comunidades, los grupos, los colectivos se basan en ese principio tan simple, en que todos necesitamos los unos de los otros. Lo mejor que puedes hacer, sentenció, es olvidarme y olvidar a Consuelo y conocer otras mujeres. Hasta tú tienes algo que ofrecer a los demás. ¿Cómo? le pregunté casi llorando. No sé, me dijo, ¿has probado en internet?

Así que cansado de la soledad de mi comunidad de vecinos, abandoné el deseo de comprar un diván como el de Suso, me hice con un ordenador portátil y entré en otra comunidad de esas que llaman cibernéticas. A partir de ese día mi vida cambió bruscamente, encontré ese algo que ofrecer. Desde ese día se me conoce como Paula, de 27 años, morena, de ojos verdes y unas medidas de infarto. Aunque bueno… Esta es otra historia…

Piel de otoño.

Tu piel es el nombre
secreto del misterio,
el cielo donde imagino
dibujarse mis nubes.
Cuando la luz tardía
del otoño se cierne,
aflora una perspectiva
de flores carmesí
en cada hoja de su contorno,
estremecido.

Las tardes sobre ella
tienen sabor a nata fresca.
Sus noches el calor
titilante de la lumbre.
Las mañanas
una luz diáfana
que eriza la piel y los sentidos
como un regalo que se hace presente.

Creo que tu piel

plantea preguntas

que nunca tendrán respuestas.

Tan bella, dulce e imperfecta
como un sueño
una caricia
o un poema.

Momentos.

Hay momentos que te asaltan
como un timbrazo a media noche
o un fuerte estallido durante la verbena de San Juan.
Momentos en los que el estupor, deja sitio a la sorpresa
ésta hace hueco a la perplejidad, para que después inevitablemente
se instale el alivio o el miedo, en forma de incertidumbre magmática,
como reflejo fiel de nuestra tremenda fragilidad.

Hay momentos en los que el vacío viste de oscuro la mirada
y pareciera que no existe asidero ni balsa a la que aferrarse en
la desolada deriva por las ruinas de nuestra soledad.
Y uno se mira en el espejo y no se ve, y si se ve no se reconoce, y si se reconoce
llora como un niño perdido en medio de la multitud, reclamando una compasión
suplicando una clemencia, que los adultos no tenemos ni con nosotros mismos.

Hay momentos en cambio que la rueda de la vida
-o ese destino en el que me niego a creer-
nos reserva otras sorpresas mucho mas agradables. Y tras la cortina de
humo de un dialogo improvisado una mirada nos atraviesa
y se fija en la boca del estomago haciéndonos cosquillas con cada parpadeo.
Momentos en los que el deseo aviva un fuego que se creía extinguido
y hacia él arrojamos el miedo, la duda, la inseguridad neurótica, el desaliento
para ver si así dejan de joder de una vez. Tras ellas van las ilusiones
las fantasías y los sueños, para que con estos ingredientes juntos -y a fuego lento-
se vaya cocinando la esperanza.
Son situaciones, en definitiva, en las que todos los seres con corazón
nos reducimos a la cárcel de un animal sediento de palabras y anatomía,
porque más allá de un fin en si mismo, lo mejor del amor, como en el caso del arte,
es que es un camino que sólo existe mientras lo vas caminando.

Bares. Recordando a Mario Benedetti.

72

Los bares son teatros
de telones etéreos, dónde puedes
beberte la vida
o huir de ella preso en el recuerdo.

Hay bares donde uno
se siente como en casa;
la liturgia del café con hielo o la caña
se hace tradición
como si pudiéramos condensar
en un instante
la ilusión por lo permanente.

Las escenas se suceden
entre rostros sombríos o alegres
y a veces,
sólo a veces,
es interesante imaginar que dicen,
sobre todo si ella mira sobre las gafas con ternura
y él sonríe, tímido, tendiendo puentes:

Quizás
en uno de esos momentos
la mirada de él
le diga a la de ella:

Amor, ya lo sabes, pero
puedes contar conmigo.
Con mi alma alegre,
mi corazón dedicado,
mi mente despierta
y mi ánimo honrado.
Puedes contar
con mi calma y mi consejo,
mi apoyo siempre
que lo necesites,
mi cariño fiel,
mi pasión diaria
y mi cortejo.
Puedes contar
con mis manos obreras
y mi boca vagabunda,
con mi mirada
que te anhela,
y con mi cuerpo que te busca.
Es así, mi amor,
tan simple y tan mundano,
que no hay música
en este mundo
que resuene tan intensa
como las palabras
que abren tus labios.
Y aunque eres mía
y no eres mía,
o precisamente por eso,
tengo que amarte, amor,
tengo que amarte,
porque eres la melodía de mis mañanas
y el ritmo incesante de mis versos.
Esa canción
que nunca,
nunca,
me canso de escuchar.

Los bares son escenarios que proyectan realidades
que no se ocultan tras el humo,
ni el ruido de fondo; experiencias
extrasecas y con hielo, en una sociedad líquida,
en la que nada permanece y
el amor se materializa
entre las colillas del cenicero.

Como aquellos dos
en la mesa del fondo. Quizás él
está diciendo lo que se dice en ocasiones
con amargura de cerveza:

Tú lo dijiste
este amor
es un amor de ceniza.
Nos ha consumido
hasta no reconocernos.
No sé si ha sido la rutina
o el orgullo,
si la tristeza
o la distancia de nuestros mundos.
Este amor
es un amor de ceniza
gris y polvorienta
que hemos aspirado
hasta convertirnos en humo.
Qué vacío absurdo
qué despropósito
cuando consumimos el amor
para estar aún más solos.
Es una verdad triste, una pena,
pensábamos que nos queríamos
pero en la única llama que ardía
quemamos nuestros sueños.
Un amor de ceniza
sólo eso
como un pasado
que nunca fue presente.
Un tiempo
que a pesar de todo
cuando sienta tu ausencia en mi cama
no podré evitar recordar.
Estate tranquila,
me conformaré
con encender otro cigarro
y ponerme una copa
para brindar a tu salud
por nuestra soledad.

Los bares son teatros
donde cae el telón al cierre,
cuando las mesas se deshabitan
queda la desolación de un cementerio
o la de una iglesia vacía.
Los últimos clientes,
borrachos y anónimos
apuran sus copas, como espectros.
Ustedes pueden irse
yo me quedo.

Pintura: Gonzalo Ilabaca

COSAS QUE DECIR… EN VEZ DE HACER LA CENA

No suelo hacer reseñas. No me considero nadie para hablar bien o mal del libro de un colega. Sé demasiado bien el esfuerzo que supone -y lo desagradecido que suele resultar- cosasquedecidir(pg)acabar un libro y que éste sea editado. Menos aún cuando sientes cierto aprecio por la persona en cuestión. Si me estoy lanzando a pergüeñar estas cuatro líneas es porque el libro «Cosas que decidir mientras se hace la cena» de Maite Núñez (Editorial BASE) contiene algunas de las historias más brillantes que he leído en mucho tiempo.

Todo el libro parece atravesado por una procesión de personajes sumidos en el aislamiento de sus rutinas, que se aferran -en su particular deriva- a lo que pueden para no zozobrar. Robinsones voluntarios e inconscientes, demasiado ocupados en sus cuitas interiores para ser capaces de tender puentes que conviertan sus islas en penínsulas. Seres confusos y desconfiados, incapaces de asumir la insignificancia que supone la existencia y sus derrotas, para así poder seguir adelante, son diseccionados con precisión quirúrgica, hasta que la cruel realidad de la incomunicación es revelada . El miedo a mostrarse tal cómo son, a doblarse ante el deseo del otro, para no ser heridos, acaba dando al traste con sus verdaderos deseos, frustrando su salida del túnel que supone la soledad.

Un túnel, que la propia autora no oculta que ella misma vivió, durante el proceso de recuperación de una enfermedad. Esta circunstancia, presente en distintos relatos del libro, le da una nueva perspectiva. Como si esa ciudad ficticia (San Cayetano) donde se acaban desarrollando la inmensa mayoría de historias, representara el imaginario de una mujer que sublima en sus protagonistas sus propios miedos, sus propias angustias, permitiéndose hacerles una mueca cínica y cargada de humor negro. Cosa que por desgracia, la realidad no siempre permite.

Sus primeras 40 páginas son simplemente maravillosas, a la altura de las grandes maestras relatistas españolas del siglo XX (Puértolas, Martín Gaite, etc). Personalmente considero que los relatos: «Todos los seres queridos» y «El plano de Londres» son auténticas obras maestras del género. Después, aunque baja el nivel de intensidad, sigue a suficiente altura como para acabar y disfrutar con el libro empujado por la poderosa inercia inicial.

En fin, hay que leerlo. Hay que disfrutarlo. Sólo la buena literatura se presta a ello. Si habéis visitado las páginas de Chejov, Henry James, D. Lessing, P. Highsmith o Alice Munro, no os defraudará. Me apuesto un gintonic.

La cárcel de sus alas

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Palabras que surgís
libres de intenciones
como el agua, que del manantial,
brota sin más deseo
que su necesidad de fluir.
Sin querer,
desnudáis mi mirada
mostráis mis interiores
a veces tan ciegos,
a veces tan oscuros,
dando sentido desde vuestra cárcel
a mi viaje sin rumbo.
De este modo
me encerráis y me liberáis,
desde vuestra paradójica realidad,
encadenadas
solamente
por el peso que los demás quieran daros.