y abren el alma para que entre aire fresco.
Círculos donde cabe la diferencia,
las múltiples diferencias que resultamos en ocasiones;
que son núcleo y vórtice,
inicio, camino y meta.
Círculos que cobran sentido por nosotros,
por ellos, por los que nunca tendrán voz,
ni estarán en ningún círculo.
Círculos que nos conforman
desde la compleja sencillez de su periferia,
esa madeja de palabras con la que hilamos el futuro, germen de encuentro
más allá de cualquier perspectiva.
Círculos que son bandera y regalos
y que precisamente por eso convertimos en presente.
Círculos, al fin y al cabo,
que no encierran, que abren el alma
para que habite la esperanza.






…Abrió los ojos. Eran las 4 de la madrugada. Una noche más el insomnio se materializaba en su rostro en forma de cansancio y fastidio. La visión de dos cucarachas frente al microondas lo habían despertado con un sobresalto. Pensó en Kafka, en las pesadillas que debió sufrir para escribir “La metamorfosis”. Sueños inmundos y castradores, como los que soñaría una bestia acorralada. En la oscuridad, recordó que no hay peor amenaza que la de nuestros propios miedos reprimidos y supo que ya no podría volver a dormir. Se levantó pesadamente y fue a beber un vaso de agua a la cocina. La mirada le volaba hasta el microondas, por si acaso todo aquello resultaba un deja vu. Ni rastro. Sólo un periodico abierto donde leyó las palabras de W.H. Auden: El valor de algo profano es su utilidad, el valor de algo sagrado es su existencia. Dejó el vaso en el fregadero y al girarse, vio a dos cucarachas frente al microondas. Abrió lo ojos. Eran las 4 de la madrugada…
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