Crees

Tú crees en la risa, en la ingravidez
de su arquitectura cuando estalla, en
la melodía que rige el sueño y su presente .

Crees en la vida y sus renuncias, en ese
ramillete de certezas que deshojas y en
la duda que oscurece tu mirada
mendigas la semántica de sus cicatrices.

Crees en la espuma y crees en la rabia,
en la pasión que nutre tus raíces
y en la voz que canta ensanchando el alma
cuando no encuentras luz entre la gente.

Crees en la sombra de tu pasado como crees
en el futuro y sus derivas.
Aunque siempre o casi siempre
te parezcan material de derribo y cárcel
para los pájaros que sueñan con volar.

Yo sólo quiero creer en ti. Nada más.
Que estarás a mi lado
cuando al fin el eco grite nuestros nombres
y no le conteste ni el silencio.

Esa es mi fe. Tú eres mi credo.

Soledad.

Rodeado de bestias

dormidas
como piedras voraces
me oculto en la sombra y el silencio,
tras la cicatriz que me dejó tu nombre.
En ese anonimato herido
aúllo a los espejos, intentando despojar
al viento y a la rama de su armonía.
Recuerdo que me repetías:

estás loco,
pero eres honesto.

Aún arde en mi
esa luz que se propaga
como la oscuridad más transparente.
Una vez te conteste:

la locura no existe
sin soledad.
Y aquí sigo.                   Solo.

La textura del cuervo. 

​Esa tristeza que sangra en la aurora

traza un mapa de dolor y silencio,
una guía repleta de miradas perdidas,
de cigarros apagados y versos
ahogados en tazas de café. Hablo de una tristeza
atmosférica, capaz de extenderse
como un hálito de desesperación,
sustituyendo la música de tus ojos
por un réquiem oscuro y el brillo dulce de tus labios
por la áspera sensación que trae consigo el olvido.
Son tristezas que vuelan con los cuervos
arrancando de las miradas todo fulgor,
todo atisbo de vida y esperanza.
Igual que una noche lúgubre
aquella en la que los fantasmas visten con plumas negras los espejos,
hayo tu grito herido, tu sombra en sombra,
tus cicatrices abiertas como tumbas vacías.
Así, tras este hallazgo espantoso,
puedo morir, para poder despertar.

Sonoridades. 

Esta mañana desnuda de hojas

tiembla como el viento hace estremecer las ramas.
Hay frío en mi corazón y un fuego gélido en mi mirada.
Siento en la punta de mis dedos
en mi frente inclinada
el peso de los años y la condena de su marca.
Quiero levantarme como se levantan las olas
tornarme tsunami o enredadera o  catarata.
Salir volando como alondra al amanecer…
Y descansar al fin
como descansa el trigo
cuando lo siega tu guadaña.
 

Eres como naces

Eres como naces

corazón de la fuente vítrea,
recipiente de lo infinito
y lo cotidiano,
espejo que se retuerce,
metal templado. Mares insondables
habitan tras los visillos, en tu vientre,
en tu escarcha, tras
los cielos de tus pupilas,
junto a tus palabras claras.

No hay mayor oscuridad que
la que irrumpe con tu luz,
ni mayor misterio que el que esclarece tu verdad.

Vistes mi día a día
con escaleras imposibles,
viajes sobre olas desnudas, 
laberintos en los que reconozco al minotauro
pues soy yo mismo
el que se mira
en la lágrima y en el grito.
Un yo vacío que no se sacia con nada
si no es desde el paradigma de la sed.
Así moldeas mi sombra
dando lugar e instante a mis fantasmas
haciendo de lo inefable
un vergel inacabado, un invernadero
donde refugiarse para poder soñar.

Extiendes tus alas hacia el sol
como rostros entre la lluvia
atándome a la vida,
hasta que no me queden pretextos
para escuchar lo que tienes que decir sobre mí.
Entonces
cuando al fin muera
no me hayaran en los gritos, ni en las lágrimas,
tal vez en una nada categórica e impenitente,
en un silencio de bar cerrado o
de fruta podrida.
Pero tu eco continuará resonando
mientras el tiempo sea tiempo y
alguien en su soledad acuda a ti
mientras contempla como arden las naves. 

La orquesta del Titanic 

Deja que nos piense

como músicos del Titanic,
tocando un último vals
antes de hundirnos
en la noche y su silencio.
Deja que te interprete
las notas más cálidas ahora
mientras aún estamos a tiempo y
tu piel se torna
el atlas perdido de mis sueños.
Deja que me sumerja en la melodía
escapando de la aurora y su escarcha,
de la herida que abren los fantasmas
cuando nos separa más el orgullo
que la distancia.
Deja que me calle al fin
y las sabanas se incendien 

con unos últimos acordes desesperados

hasta que desaten el fuego del deseo y ardamos en húmeda hoguera.
Sé que tal vez te pida mucho
o quizás pienses que no es gran cosa.
Pero mi latido marca el instante,

allegro ma non troppo
.  
.  

Tras la puerta cerrada. 

Tras la puerta cerrada

resuena el eco sordo y su vacío,
la sombra inquieta de la incertidumbre,
el fantasma del terror y su nada.
Tras la puerta cerrada.
Tras la puerta cerrada.
No hay nombres tras los rostros,
ni historias en las palabras.
Solo un silencio de vaso vacío
y gelida llamarada
tras la puerta cerrada.
Él dijo que el infierno eran los otros, pero
ambos sabemos que éste habita en tu mirada.
Tras la puerta cerrada.

Imagen Gerard Burnett 

Ojalá.


Párpados de arena negra

cristalizan la noche en un suspiro
imperceptible. Tu piel parece una luna
suave y redonda, una luna blanca
como la aurora fría de un amanecer de enero.
Te siento tan frágil, tan difusa
como un diente de león frente al vendaval.
Pero no es así. Nunca es así.
Tras los enigmas que esconde el silencio
tu mirada invita al futuro a jugar
una rayuela dibujada sobre el abismo.
Primero un pie, luego otro. Salto a salto
vuelves a suspirar.
Yo le doy una calada al cigarro y
exhalo el humo lentamente. Te miro.
Te miro y comprendo:
que los suspiros, en ocasiones, suenan igual que un ojalá.