Sobre el amor.

El amor no cura. Es más
si amas aprenderás que el otro es
tan frágil como tú, tan vulnerable
al frío del silencio,
a su desolada inclemencia, y que
tu pecho y su pecho se comunican
por un aliento insólito, que no siempre
encuentra un camino o un ojalá.
Si amas, también,
conocerás al otro, sufrirás con él,
sus problemas serán tus problemas,
sus insomnios tus desvelos,
sus heridas llorarán en ti
como el largo lamento de un niño al nacer,
desnudo y exiliado de ti mismo,
de tu burbuja.
Si amas, todo este padecer será tuyo,
serán las notas graves de tu balada.
Si no amas, en cambio,
tu destino será más cruel y sencillo,
si no amas
simplemente
enfermas.

Los espejos rotos.

A mi vida le falta un pedazo,
algo que no puedo recordar
porque lo que recuerdo
-según todos- nunca sucedió.
Es como construir sobre cimientos de nube
o como si alguien hubiera roto todos los espejos.
Imposible que no tiemble mi alma de hoja,
cuando quieres ver arder todos los almanaques y
el tiempo se escurre entre los dedos de mi memoria
sin poder conservar sus relatos.
Pero el tiempo no se detiene y
más allá de la marea
se mueven las alas de este vuelo inacabable,
congelado en un movimiento interrumpido…

Mientras tanto

cada vez que respiro

esa esquirla de hielo

se acerca más a mi corazón.

El secreto.

Dicen los gurús de la psicología positiva
que todo es posible si lo deseas con fuerza.
Cuando en realidad
lo absoluto -como el deseo
(que no entiende de intensidades)-
es inalcanzable por definición.
Se debería decir que:
puedes conseguir algunas cosas que deseas
si te esfuerzas mucho
y tienes suerte en tus decisiones.
Aún así
las probabilidades son escasas,
pero persevera, no te queda otra,
algo encontrarás en tu camino.
Eso sí, el universo no conspirará nunca,
porque no piensa y si pensara
tu vida y la mía le importarían un carajo.
Este es el secreto
somos insignificantes y la verdad
no vende, ni se vende.

La anciana y el perro.

He visto a una anciana pasear a su perro.
Éste era pequeño, tranquilo,
cargado más de orina que de prisa;
se adaptaba al paso de su amiga y
levantaba la mirada hacia ella con atención.
La mujer, a pesar de su edad,
no eludía su paseo. Como mucho
le avisaba conmovida 
para que no tirara demasiado:
«A ver por dónde me llevas, cariño,
que yo no veo».
Como tantas veces en las relaciones
ambos se responsabilizan del otro,
se cuidan mutuamente, se acompañan
y siguen adelante con la confianza
de que cada paso dado
es una pequeña victoria a la muerte.

La verdad.

No hay más verdad que la mentira,
ni mentira que no aspire a ser verdad;
no son opuestas por tanto
sino complementos de este artificio,
como subtexto dramático de lo real.
Así el conocimiento
es invento humano
y herramienta de poder,
son construcciones delirantes, atrezzo necesario,
intentos desesperados de imponer
un orden al caos y al ser.
Y sin embargo,
-después de todo-
de tanta mentira cierta
de tanta incierta verdad
necesitamos aferrarnos a un ramillete de certezas
para no ser engullidos por el vacío de la incertidumbre,

su absurdo hueco.


Las mías son tu risa, nuestros cuerpos
y las palabras con las que construimos
un puente indestructible.
Tenlo por cierto. No necesito mucho más.

El origen.

Lo original nunca es del todo nuevo,
siempre tiene una raíz
que se alimenta del origen,
de su mismo fuego.
Hablo de un germen
del que todos nos hemos nutrido,
como parásitos insaciables
de palabras y verdad.
Por eso leemos, por eso
y por sentirnos menos solos.
Porque aprendimos que entre tanta mentira,
existe un patrón repetido y que en él
se esconden: las huellas del cuento,
todos los nombres, sus vericuetos,
aquello que nos hace humanos
y que nos sobrevivirá
mientras exista alguien predispuesto a escuchar.

La biblioteca

Dijo Susan Sontag
que su biblioteca
era un archivo de anhelos;
como si la palabra escrita
reflejara con fuerza
la fuente inagotable de la existencia.
Tanto es así que

la vida, la verdad o el deseo


se tornan un poco más reales,
cuando los fijamos con palabras y frenamos

por un instante

el flujo constante de su movimiento.

La fragilidad de los engranajes.

Parece que nada importa demasiado
mientras seas productivo.
La gente entenderá que seas
una apisonadora o un colgado,
un cretino o un bobalicón,
siempre que generes riqueza.
Eso sí, si se te rompe el alma,
si persigues un sueño o
el insomnio abraza tus noches,
te dirán loco, te llamarán enfermo,
por no llamarte otras cosas.
La gente -a priori-
no comprende la fragilidad de los engranajes,
porque en el vientre de la máquina
no hay lugar para la disidencia.
Así que produce o muere,
muere produciendo,
entrégate sin fisuras
al devenir de la rueda,
hasta que un día,
ya de viejo, seas sustituido
por una pieza nueva.

La luz.

Sentarse en la misma terraza
no implica ver siempre la misma gente.
Hasta esos tres evangelistas de Jehová
rotan en su misión depende del día.
Cuando me pongo a escribir pasa un poco lo mismo: encontrar
unas pocas palabras que brillen
-entre tanta oscuridad-
requiere asumir
que la luz no contempla sombras,
sólo proyecta la que cada uno tenga,
según el día.

Ilustración: «Plaza» (1913) Giorgio de Chirico