Dudas

Siempre empieza igual:
una arruga en el entrecejo,
la mirada perdida y dentro de ella
un océano de dudas,
largo y profundo, como un suspiro.
Siempre comienza así y
reconozco
que hay veces que no sé ni dónde guarecerme
de esta mecánica agotadora.
Sería mucho más fácil saber siempre qué decir,
cómo mirar, dónde mover las manos;
pero para qué -me repito-
todos los que aparentan saber todas las respuestas,
en el fondo, me parecen aún más perdidos.

El tendedero.

La ropa tendida,
-por fin ha dejado de llover-
la ropa interior al lado de los pantalones,
las camisetas con las camisas:
solo lo oscuro.

El olor a suavizante me hace sonreír,
creo que, por encima de todo,
la vida sigue su ritmo y que
un poco de razón tenían los católicos:
hay manchas que se van
si usas el jabón adecuado.

No basta con reconocer el mal
hay que eliminarlo o
en el peor de los casos
asumir la pérdida y comprender
que esa prenda
no la puedes llevar cuando quieras.

A la gente no le suele gustar la ropa sucia

por eso la lava en casa.

Aniversario

Seis años de sábanas desordenadas,
cafés largos y conversaciones prolongadas,
delimitan un lugar donde todo es posible:
las confidencias se desnudan,
los corazones se acompañan y los cuerpos
-siempre los cuerpos-
se liberan del peso de la rutina
ingrávidos y salvajes.
Seis años dan para mucho, pero
un instante contigo puede guardar una eternidad.
Mientras el mar de tu mirada siga acariciando mis playas
habrá un rincón secreto,
una cala inexplorada o un pretexto
para encontrarnos lejos de todo,
como se encuentran el cielo y el océano
en ese horizonte donde habita el deseo
y pervive lo inalcanzable.

Rutinas.

Los platos por fregar pueden esperar a mañana,
esta tarde es nuestra y la noche
escribirá nuestro nombre solo para nosotros.
Por mucho que algunas rutinas nos sujeten
a la tierra como viejas raíces,
prefiero volar por tu cuerpo desnudo,
hacerme viento hasta desordenar tu cabello,
volverme fuego para que ardan nuestras miserias.
Este es nuestro juego. Volar, arder, renacer
en las cenizas de estos días grises.
Porque cuando el silencio enfanga mis alas
y el hielo escarcha mi rostro de azul,
eres tú la que me libera,
con la destreza de tu sonrisa,
hasta hacerme volar, arder y renacer contigo,

siempre contigo.

Refugios

Todo parece tan horrible,
tan paralizante, que
escribir implica dejar
que entre el horror en mi casa
con su gélido aliento de muerte.
Quizás derribe los muros y las puertas,
parta los cristales en mil pedazos inconexos,
arranque los cables y levante las baldosas
hasta que sangre el cemento desnudo, pero,
quizás,
sólo quizás,
nunca encuentre esos lugares
donde guardo la esperanza
y la poca fe que me queda en el ser humano;
allí se abre mi vía de escape,
reposa mi sueño tranquilo,
la firme sensación de que
a pesar de los pesares
nos queda la palabra.

Son tiempos difíciles, pero

los pájaros siguen volando.

Desde mi ventana

Hay algo hermoso en estos tejados,
como pájaros dormidos
o flechas apuntando las nubes
señalan la hora inmóviles y
detienen el tiempo
con sus manos orantes.
Protegen la vida y las costumbres,
envuelven lo cotidiano
con las ropas de la intimidad.
Pero lo mejor es que sobre ellos
los líquenes tintan de ocre
las viejas tejas. Hasta en esa arcilla
machacada, cocida, moldeada,
el tiempo le da un respiro a la vida,
como si la guerra no fuera con él.

Viejas heridas.

A veces escribir
es reabrir la herida,
rascar con las uñas
la vieja cicatriz,
hasta que una gota
de sangre emborrona
las sombras y los silencios
de este pálido amanecer.

A veces reabrir la herida
es lo que nos queda
para sentir la vida,
desatar los nudos del pasado y
acallar esas voces
que nos recuerdan
los pasos que marcaron
este deambular por las calles
buscando un lugar en el mundo.

Si escribir
es reabrir la herida,
puede ser la única forma
de no acabarlo todo
con un punto y final…

El viaje.

Tanto miedo,
tanto, tanto,
a viajar ligero de equipaje
que atamos nuestras manos,
silenciamos las palabras y cedemos derrotados antes de luchar.

Tanto miedo,
tanto, tanto, que soñamos,
por no morir,
que la libertad espera
al otro lado de la puerta,
como un lunes al sol, un amor
imperfecto y maravilloso
o una palabra que al fin
abra la cerradura.
Tanto miedo a mirar, a escuchar,
a comprender.
Tanto miedo…

Pero la verdad es que
nunca hemos sido tan libres,
porque nunca hemos estado tan cerca.

Por eso te llamo esta noche,
para romper el sortilegio que te paraliza.
Porque aunque creas

que estos barrotes son tu casa,
un universo entero se abre en tu corazón.


Tomalo si quieres. Ámalo.
No necesitas maleta para este viaje.

La tregua.

Y de la noche a la mañana
se detuvo el mundo.


Justo a tiempo para que viéramos
que en unos días
el agua volvía a ser transparente
como los espejos más fieles,


el aire traía más cantos de pájaros que polución y,
separados por orden gubernamental,
las personas volvían a añorarse

y a valorar la amistad, el amor, la verdad…

Pareciera que el mismo Prometeo
haya desobedecido también a la muerte
para darnos otra oportunidad.


Pero mucho me temo que los humanos
somos esclavos de nuestros dioses,


ellos alimentan nuestros caprichos,
como a niños mimados e irresponsables.


El virus, sin saberlo,
nos ha concedido una tregua, y


quizás
la última lección
antes de que sea tarde.