Como el mar al anochecer.

Estamos en el balcón del hotel
y me pido una copa de vino;

Ana solo bebe agua.

Ella sueña con que algún día

cuando yo muera

le quede algo vivo de mí.

Luego canturrea distraída
mientras mira su teléfono.
Yo quiero otra copa,
pero no la pido.
Mi sangre ya está condenada
y el futuro me parece oscuro
como el mar al anochecer.

El humo y la vida.

Empecé a fumar con 14 años por rebeldía,
por afán de libertad,
porque fumar era propio de héroes,
-aún pensaba que el cine
era un buen reflejo de la realidad-
bendita inocencia.
Desde entonces he buscado
miles de maneras de ser libre y

al final

todas han resultado humo.

Cada decisión me ha atado más a la vida,
ha marcado un momento y un lugar,
definiéndome por lo precario de mis posesiones,
porque en realidad
mi única preocupación siempre fue
con quién compartir el próximo cigarro… Cuando soy yo

el que debería de dejar de fumar.

Ana (una parte de todo)

Ana
siempre me hace reír.

Es su superpoder y su responsabilidad.

Para ella

darle la vuelta al mundo, pensar

que la actualidad es un cuadro y la verdad un cuento
que solo entendemos de niños es

una forma de volar, de salvarnos del naufragio.

Sé que puede parecer
una frívola deformación, una pobre comedia en sesión continúa,
pero lo cierto es que

en ocasiones,

le puede el desánimo y se sepulta en la cama,

arañando sus cicatrices,

llorando como lloran

las más bellas flores suicidas.

Es entonces,

cuando tengo que enfrentar la borrasca,

armarme de cielos

y desarmar los fantasmas

Porque su risa

es un manantial que debe preservarse

de la tóxica contaminación de la existencia.

Solo así

tal vez

le devuelva

una parte de todo lo que me ha regalado.

Sofá y mantita.

La perra en mi regazo y el gato…
Vete tú a saber dónde se habrá metido.
Ana y yo comemos pipas, hay
una pizza en el horno y vemos una serie en Netflix,

aunque en realidad

sólo la escuchamos

-tenemos la mirada fija en las pantallas de nuestros teléfonos-. Ella
mira videos sobre trucos del hogar y yo
busco algo en Twitter que me haga sonreír.
En algún momento levantamos la mirada,
han matado a alguien de un disparo en la cabeza.
Luego nos miramos impertérritos
«este olía a muerto desde hace una temporada» y pienso
que la vida no se parece al arte, se parece
a una mala serie de televisión,
que pasa de un capítulo a otro,
y la contemplamos
sin saber cuando la van a cancelar.

El balcón.

Otra vez en este balcón,

buscando con la mirada algo que detenga

este viento y este ahora. Una luz

-por ejemplo-

o un pájaro invisible o una nube encarnada…

Algo que pueda llegar a ser

más real que el dolor,

más presente que esta herida

que llora como lloran los ríos:

sin detenerse, ni darse tregua.

Algo, cuya verdad desgarre el frío,

como el llanto de un niño al nacer.

Por eso me obstino en volar,

volar bien alto,

para aprender a mirarnos sin miedo.

Así iré a tu encuentro,

sin prisas, sin lamentos, sin excusas,

escogeré entonces las palabras

que sean necesarias

-ni una más-

para darte la bienvenida

otra vez en este balcón

donde renacimos.

Una delgada e invisible frontera

En lo oscuro, con los ojos cerrados,
(como antes de nacer), veo,
imagino tus ojos, rasgando las tinieblas.

Para mí se está volviendo algo cotidiano,
como tomarme una copa de vino mientras preparo la comida,
buscarte en la ausencia, rescatarte del silencio…

No sé quién eres. Creo que nunca te conocí.
Solo sé que necesito tu luz
para recomponer aquello que nadie sabe que está roto.

Hablo de mi infierno,
pero también podría hablar perfectamente
del cielo.
Al fin y al cabo, solo los separa una delgada e invisible frontera.

…Y mar,

en la memoria eterna,

en la caricia cercana,

en ese azul que vi de niño,

cuando todo era sencilla

como tu mirada honesta.

Hay cosas que nunca cambian -por fortuna-

porque cuando te veo,

tan cerca y tan lejos,

ante mis parpados cerrados,

todo se ve más claro.

Eres como esos fantasmas que nos resucitan.

Ese algo que nos impulsa a seguir adelante,

porque saben mejor que nadie,

que no es momento de decir adios.

Tal vez,

en el mejor y el peor de los casos,

un hasta siempre

-como siempre-

imaginado…

Macarrones.

Recuerdo que de niño
le dije que me habían gustado mucho sus macarrones
y ella me los preparó durante siete días consecutivos…

Así que yo no quise probarlos nunca más.

Solo ahora entiendo que era su forma de quererme,
su torpe y excesiva manera de cuidarme.

Cada día, de aquella interminable semana:
pochó la cebolla, sofrió la carne, redujo el tomate
y lo dejó reposar mientras hervía el agua y se cocía la pasta.

Hubiera tardado menos en hacerme una ensalada y un filete,

en freír unos huevos con patatas…

Pero yo le había comentado
que me gustaban mucho sus macarrones,
que eran mejor que los de mi madre (su hija).
Sin imaginar que mis palabras,
le señalaban un delirante camino
para que yo me sintiera
mejor que en mi propia casa.

Ayer fui a verla al hospital,

se está muriendo y…

…Hace tiempo que el alzheimer no le permite ni preparar un pan con tomate.

Cuando mi madre la despertó,
nos sonrió y nos dijo:
<<Recordad, recordad…
Hay que vivir…>

Poco después, cuando llegué a casa,
mi mujer me preguntó en qué pensaba.
Yo le dije que estaba triste.

-¿Quieres que cocine yo? -Me propuso.

-Vale, haz macarrones. -Le pedí, mientras me encendía otro cigarrillo.

¡Joder!

Va siendo hora de dejar de fumar.

Tras el incendio

Te tengo, pero

estás tan lejos como el silencio,

como la luna,

como un secreto…

Sé que te tengo porque soy tuyo,

porque me lo dices:

con palabras, con tu cuerpo,

con alegría y dolor;

siempre que hablas y callas,

siempre que eres

tú.

Cada paso de este viaje nuestro

es un crisol de encuentros, una búsqueda de encuentros,

sobretodo cuando creemos

que no queremos volver a escucharnos,

porque no soportamos aquello que nos hace especiales o

-por qué no decirlo-

un poco insoportables…

Creo sinceramente

que en esos desvelos compartidos,

como si esnifaramos una línea de algo desconocido,

reside la razón del porqué no puedo estar sin ti.

Pienso que es algo simple, quizás,

como también pienso que

estos versos no sean merecedores

de un Ángel González o un Ernesto Cardenal,

pero al menos son auténticos

genuinos a este insomnio y este ahora.

Porque la vida, ¡ese policía corrupto!,

ha llenado nuestra rutina

de muerte,

de dolor,

de angustia,

y aún así

no sé bien cómo

de este incendio brutal,

de sus cenizas

juntos

somos capaces de huir de esta cárcel

-que sólo existe en nuestro pensamiento-

abriendo un grieta

donde se levantaban los muros.

Porque como una hoja que tiembla frente al vendaval

temblamos,

temblamos,

temblamos,

pero ningún viento que

sea ajeno a nuestro corazón

nos puede hacer caer.