Del amor.

Imagen: «Audacia» Hatem Khraiche

      

                                       «Creo que si mirásemos más al cielo, acabaríamos por tener alas.» Gustave Flaubert

Del amor ya se ha escrito todo,

porque nada de lo que se expresa es suficiente.
Uno queda atrapado, con cara de bobo,
ante la torpe incompetencia del lenguaje.
Como si sólo en un parpadeo
           se pudiera contemplar el infinito,
buscamos en el otro nuestro espejo
            como si en aquella cálida pupila
se extendiera un atlas del deseo, una crónica
sobre todo aquello que nos trajo hasta aquí.


Ain’t no mountain high enough
Ain’t no valley low enough
Ain’t no river wide enough

Y sin embargo               ahí seguimos
buscando razones para ser amados,
argumentos que eleven nuestros corazones
                   tan cansados, a veces,
                   tan desgastados
de tiempo y soledad.

Puede suceder también que
rompamos el silencio para revelarnos,
de lo que somos,
de lo que fuimos,
de lo que queremos dejar de ser,
porque las heridas más profundas
siempre se esconden tras sus muros.

Y aunque en el fondo sabemos
que nada de lo que digamos nos devolverá al paraíso,
seguimos amando, seguimos escribiendo,
                   porque soñamos
                   que dentro de esa cálida pupila
                                se abre una puerta a la eternidad.

Han ganado… (De momento)

El televisor grazna como cuervo
su propaganda delirante
y yo
sentado, con el cigarro aferrado
a una mueca triste
me pregunto si dormir…

Dormir, morir, tal vez soñar…

¿Ignoro si soy? No.
Soy el puzzle de un espejo
que enfrentado a otro espejo
muestra su laberinto.
Como esa colilla que ahora me contempla
indiferente                   y gris
en el cenicero.

Cuando la esperanza se apaga
todo sabe a ceniza de futuro,
a parto trágico,                     a grito herido
que nadie                en el bosque
escuchará.
Y no hay trago, ni boca, ni colchón
que apacigüe la rabia, ni devuelva el latido
al viejo y desconfiado reloj.

Mientras las calles se llenan de vacío
el verano quema mi corazón.

Tic, tac, tic, tac, tic, tac…

El tiempo pasa y a
cada paso                       siento
que nos aleja
como desengaños
de la primavera en que nuestras manos
soñaron florecer.

Las bocas muertas.

Yo vengo a hablar por vuestras bocas muertas
aquellas que silenció el rayo y la noche,
cuando en lo más oscuro
las lágrimas se vistieron de alba y ceniza.

Vengo a hablar por la esperanza talada
por la tierra quemada de orgullo y por
la desolación que oculta la vidriera de tus ojos
marchitos, cansados, de pena y soledad.

Vengo a hablar por vuestros nombres mudos
ajenos al otro como los lados de un túnel
donde no corre ni el aire, ni la alegría
entre tan negra pesadumbre.

Vengo a hablar por ellos, por ellas,
para que la rabia no apague la risa,
ni el dolor eclipse las almas. Cuando parece
cuando cualquiera diría que todo está perdido
miremos al futuro cara a cara,
digamos cosas sin sentido
como por ejemplo:
alas, fotografías, corazones, corsarios
hasta derruir los parentesis de nuestra burbuja
y afrontemos el presente como un regalo.

Así que salgamos de las tumbas como zombies
hambrientos de caricias,
rompamos el hielo que cristaliza los suspiros y
quebremos los espejos convexos de la noche
que deforman las siluetas como en la calle del gato.
Porque he venido a hablar por vuestras bocas muertas
como habla el mar con sus olas o
sueña el cielo con sus pájaros.

Desnudo de nombres.

Para Octavio Paz 

Amar era desnudarse de los nombres;

deshojar entre las sábanas 

las flores de tu sonrisa, hasta que

no quedaran más pétalos por arrancar que 

un nosotros                       palpitando 

al ritmo sereno del amanecer.
Cuando la noche viste de sudor 

nuestras miradas felinas

descubro que no hay poema que trascienda

pues no somos más que la suma de dos deseos

rendidos a su suerte. 

Como dos barcas que se cruzan en su deriva o

dos personas                           anónimas

buscando a tientas un porqué.

La montaña 

No basta con abrir la ventana

para ver los tejados y los cielos,
ni para distinguir los puentes entre las nubes que
tienden las palomas con cada aleteo.
Hay que hacer un esfuerzo por perderle el respeto a la montaña
convertirse en niebla o en viento o en agua
para ocultar su grandiosidad, subir hasta su cima
y penetrar hasta su núcleo inalterable.
Ella siempre estará allí, cuando todos nos hayamos ido, ella
permanecerá impasible como el mar o el tiempo.
Por eso tiene una importancia relativa su presencia,
me resulta mucho más interesante describir
qué guarda tu silencio por las noches
cuando todo elemento que no sea tu mirada
parece lejano como pálida estrella.
Quizás nunca llegue a averiguarlo, pero al menos
te tengo cerca.

Reconciliación 

Poca cosa 

soy cuando te miro.
Poca cosa.
Un grano de arena,
una hoja al viento,
aquella lágrima en la lluvia,
que se suicidó desde tus mejillas,
para perderse y nunca volver.
La mañana se presenta fría en este espejo
como un frágil reproche o
una aurora pálida y cristalina.

Soy poca cosa
no cabe duda.

Sino fuera porque, a veces,
entre tanta bruma, me miras
devolviéndome el aliento.
Es entonces
cuando no importa lo dicho
ni ese silencio incómodo que me envuelve
en tu ausencia;
amanece en mi interior
la alegría de estar contigo
y esto, aunque no parezca gran cosa,
nos hace eternos.

Crees

Tú crees en la risa, en la ingravidez
de su arquitectura cuando estalla, en
la melodía que rige el sueño y su presente .

Crees en la vida y sus renuncias, en ese
ramillete de certezas que deshojas y en
la duda que oscurece tu mirada
mendigas la semántica de sus cicatrices.

Crees en la espuma y crees en la rabia,
en la pasión que nutre tus raíces
y en la voz que canta ensanchando el alma
cuando no encuentras luz entre la gente.

Crees en la sombra de tu pasado como crees
en el futuro y sus derivas.
Aunque siempre o casi siempre
te parezcan material de derribo y cárcel
para los pájaros que sueñan con volar.

Yo sólo quiero creer en ti. Nada más.
Que estarás a mi lado
cuando al fin el eco grite nuestros nombres
y no le conteste ni el silencio.

Esa es mi fe. Tú eres mi credo.

La orquesta del Titanic 

Deja que nos piense

como músicos del Titanic,
tocando un último vals
antes de hundirnos
en la noche y su silencio.
Deja que te interprete
las notas más cálidas ahora
mientras aún estamos a tiempo y
tu piel se torna
el atlas perdido de mis sueños.
Deja que me sumerja en la melodía
escapando de la aurora y su escarcha,
de la herida que abren los fantasmas
cuando nos separa más el orgullo
que la distancia.
Deja que me calle al fin
y las sabanas se incendien 

con unos últimos acordes desesperados

hasta que desaten el fuego del deseo y ardamos en húmeda hoguera.
Sé que tal vez te pida mucho
o quizás pienses que no es gran cosa.
Pero mi latido marca el instante,

allegro ma non troppo
.  
.  

Ojalá.


Párpados de arena negra

cristalizan la noche en un suspiro
imperceptible. Tu piel parece una luna
suave y redonda, una luna blanca
como la aurora fría de un amanecer de enero.
Te siento tan frágil, tan difusa
como un diente de león frente al vendaval.
Pero no es así. Nunca es así.
Tras los enigmas que esconde el silencio
tu mirada invita al futuro a jugar
una rayuela dibujada sobre el abismo.
Primero un pie, luego otro. Salto a salto
vuelves a suspirar.
Yo le doy una calada al cigarro y
exhalo el humo lentamente. Te miro.
Te miro y comprendo:
que los suspiros, en ocasiones, suenan igual que un ojalá.