Refugios

Todo parece tan horrible,
tan paralizante, que
escribir implica dejar
que entre el horror en mi casa
con su gélido aliento de muerte.
Quizás derribe los muros y las puertas,
parta los cristales en mil pedazos inconexos,
arranque los cables y levante las baldosas
hasta que sangre el cemento desnudo, pero,
quizás,
sólo quizás,
nunca encuentre esos lugares
donde guardo la esperanza
y la poca fe que me queda en el ser humano;
allí se abre mi vía de escape,
reposa mi sueño tranquilo,
la firme sensación de que
a pesar de los pesares
nos queda la palabra.

Son tiempos difíciles, pero

los pájaros siguen volando.

Lejanía.

“En la soledad sólo se encuentra, lo que a la soledad se lleva”. Juan Ramón Jiménez

En aquella tarde de agosto,
cuando el sol poniente oscureció
tu figura ante mí, lo supe
de una forma cierta y sin sombras,
sin necesidad de decir nada.
Tan sólo busqué en mis bolsillos y
encontré:
un paquete de tabaco casi vacío y
esa pena por saber que el horizonte
parece más lejano
cuando lo contemplas en soledad.

La soledad del dragón

Una lágrima fugaz que cae,
que cae y germina
-con el tiempo-
en aliento de fuego y soledad.
No hay espada que cierre esta herida
abierta en el pecho,
como una puerta
hacia el corazón del mañana.
Al futuro siempre se llega tarde -me dijo-
vestidos de blanca aurora.
Tal vez si tus espinas
me hicieran sentir que la palabra vale la pena
derramaría mi sangre con las garras del tiempo,
para que las transformes, serena,
en un mar de rosas.

Feliç diada de Sant Jordi!

Desde mi ventana

Hay algo hermoso en estos tejados,
como pájaros dormidos
o flechas apuntando las nubes
señalan la hora inmóviles y
detienen el tiempo
con sus manos orantes.
Protegen la vida y las costumbres,
envuelven lo cotidiano
con las ropas de la intimidad.
Pero lo mejor es que sobre ellos
los líquenes tintan de ocre
las viejas tejas. Hasta en esa arcilla
machacada, cocida, moldeada,
el tiempo le da un respiro a la vida,
como si la guerra no fuera con él.

Viejas heridas.

A veces escribir
es reabrir la herida,
rascar con las uñas
la vieja cicatriz,
hasta que una gota
de sangre emborrona
las sombras y los silencios
de este pálido amanecer.

A veces reabrir la herida
es lo que nos queda
para sentir la vida,
desatar los nudos del pasado y
acallar esas voces
que nos recuerdan
los pasos que marcaron
este deambular por las calles
buscando un lugar en el mundo.

Si escribir
es reabrir la herida,
puede ser la única forma
de no acabarlo todo
con un punto y final…

El viaje.

Tanto miedo,
tanto, tanto,
a viajar ligero de equipaje
que atamos nuestras manos,
silenciamos las palabras y cedemos derrotados antes de luchar.

Tanto miedo,
tanto, tanto, que soñamos,
por no morir,
que la libertad espera
al otro lado de la puerta,
como un lunes al sol, un amor
imperfecto y maravilloso
o una palabra que al fin
abra la cerradura.
Tanto miedo a mirar, a escuchar,
a comprender.
Tanto miedo…

Pero la verdad es que
nunca hemos sido tan libres,
porque nunca hemos estado tan cerca.

Por eso te llamo esta noche,
para romper el sortilegio que te paraliza.
Porque aunque creas

que estos barrotes son tu casa,
un universo entero se abre en tu corazón.


Tomalo si quieres. Ámalo.
No necesitas maleta para este viaje.

La tregua.

Y de la noche a la mañana
se detuvo el mundo.


Justo a tiempo para que viéramos
que en unos días
el agua volvía a ser transparente
como los espejos más fieles,


el aire traía más cantos de pájaros que polución y,
separados por orden gubernamental,
las personas volvían a añorarse

y a valorar la amistad, el amor, la verdad…

Pareciera que el mismo Prometeo
haya desobedecido también a la muerte
para darnos otra oportunidad.


Pero mucho me temo que los humanos
somos esclavos de nuestros dioses,


ellos alimentan nuestros caprichos,
como a niños mimados e irresponsables.


El virus, sin saberlo,
nos ha concedido una tregua, y


quizás
la última lección
antes de que sea tarde.

El séptimo sello.

La partida ha acabado, Mr. Von Sydow. D.E.P.” La muerte.

Aún no ha acabado este invierno,
aunque estemos a 26 grados.
Veo gente con mascarillas y los medios
CON GRANDES PALABRAS
hablan de pánico y pandemia.
Las bolsas se desploman moribundas
y dicen que en Italia
han comenzado los saqueos.
En mi pueblo
la proximidad de la muerte
es el tema de la semana.
Parece que
nos están acostumbrando
a una rutina
de continúo apocalipsis,

quizás para que cuando llegue
no lo veamos venir.

Acabas un libro,
has pasado un año y medio con él
y lo conoces como a un hijo,
como a ellos
llega un día en que debes dejarlos volar
con esa mezcla de orgullo prudente
y temor por su futuro.
Ciertamente te conformas con poco. Sólo esperas:
que la vida no le sea demasiado dura,
que hasta los más críticos lo llamen por su nombre y
que llegue, sin grandes cicatrices, hasta donde pueda llegar.