Reflexiones.

Con el paso del tiempo cada vez hablo peor y eso que antes daba conferencias. Preso de la duda, renuncié a las certezas para volar más alto y así escapar de la cárcel del lenguaje. Hablo de una renuncia a los dilemas mundanos, a esas conversaciones de barra de bar o tertulia literaria, de una forma más callada de estar en compañía, para poder sentirme menos solo. Como en una huida calculada ante la abrumadora falta de información siento una agónica apatía ante los grandes discursos, sobretodo los excluyentes. Sólo cuando escribo conecto con algo realmente propio, como esporas que germinan en la noche oscura que me habita. Hablo de algo parecido a un logos precario, frontera entre lo no dicho y todo aquello que observo, cada vez con menos interés. Al final acabo pensando que, vistas de cerca, las personas solo son el eco de sus palabras, el constructo de una repetición que se desvanece en un cielo de silencio. Si no fuera por la risa compartida, por su fuerza liberadora, creo que hace tiempo que yo también habría desaparecido en un mar de niebla. La risa es lo que mejor me conecta con el otro, porque es el nudo principal que me ata a la vida.

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