Silencio.

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Fríos amaneceres
sobre pardos tejados.
Preguntas sin respuesta
en la taza de cafe.

Silencio. Silencio. Silencio.

Y una mueca así de triste
en la superficie del espejo.

Silencio, silencio y miedo a la muerte

Cuando las nubes se visten de fantasma,
encadenan mi mirada con sus dudas. 

Silencio, miedo y angustia.

Mientras la lluvia cae sobre las calles…
Tu reflejo se encarna
frágil                       sobre los charcos.

Pero sólo escuchas el estruendo infinito

del silencio.

Silencio.

Silencio.

El beso más lindo de la historia

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«Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

     Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.»

Julio Cortázar. Rayuela. (Capítulo VII)

2 sonetos de amor

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Cálidas olas que acarician mi playa

con un agua trasparente y lúcida

que emergen con absoluta blancura

del abismo que esconde tu mirada.

Montes poblados de verde esperanza

habitan en cada imagen futura

reluciente cristal es la figura

que forjamos cada nueva mañana.

Ven mi pequeña niña

arrimate a mi que te quiero cerca

brindando conmigo por tu alegría

Que es tu sonrisa la mas fértil tierra

donde cultivo mis sueños los días

y noches abrazado a tu silueta

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No-lugares

Lugares que no son
aunque estén, como
aquellas casas de fantasmas

anónimos

en tránsito constante.

Espacios donde nada habita
más que la fuga o el cambio,
el fluir de un río postmoderno
donde la vida se fija
desde el paradigma del traslado.

Es díficil sino arriesgado
establecer un vínculo honesto
dentro de esas salas blancas
como es hacerlo
con una única ola del mar.

Cuando nada permanece
sólo queda la ilusión de lo que pudo ser
o lo que pudo quedar grabado
en el interior de la fotografía.

Momentos.

Hay momentos que te asaltan
como un timbrazo a media noche
o un fuerte estallido durante la verbena de San Juan.
Momentos en los que el estupor, deja sitio a la sorpresa
ésta hace hueco a la perplejidad, para que después inevitablemente
se instale el alivio o el miedo, en forma de incertidumbre magmática,
como reflejo fiel de nuestra tremenda fragilidad.

Hay momentos en los que el vacío viste de oscuro la mirada
y pareciera que no existe asidero ni balsa a la que aferrarse en
la desolada deriva por las ruinas de nuestra soledad.
Y uno se mira en el espejo y no se ve, y si se ve no se reconoce, y si se reconoce
llora como un niño perdido en medio de la multitud, reclamando una compasión
suplicando una clemencia, que los adultos no tenemos ni con nosotros mismos.

Hay momentos en cambio que la rueda de la vida
-o ese destino en el que me niego a creer-
nos reserva otras sorpresas mucho mas agradables. Y tras la cortina de
humo de un dialogo improvisado una mirada nos atraviesa
y se fija en la boca del estomago haciéndonos cosquillas con cada parpadeo.
Momentos en los que el deseo aviva un fuego que se creía extinguido
y hacia él arrojamos el miedo, la duda, la inseguridad neurótica, el desaliento
para ver si así dejan de joder de una vez. Tras ellas van las ilusiones
las fantasías y los sueños, para que con estos ingredientes juntos -y a fuego lento-
se vaya cocinando la esperanza.
Son situaciones, en definitiva, en las que todos los seres con corazón
nos reducimos a la cárcel de un animal sediento de palabras y anatomía,
porque más allá de un fin en si mismo, lo mejor del amor, como en el caso del arte,
es que es un camino que sólo existe mientras lo vas caminando.

Bares. Recordando a Mario Benedetti.

72

Los bares son teatros
de telones etéreos, dónde puedes
beberte la vida
o huir de ella preso en el recuerdo.

Hay bares donde uno
se siente como en casa;
la liturgia del café con hielo o la caña
se hace tradición
como si pudiéramos condensar
en un instante
la ilusión por lo permanente.

Las escenas se suceden
entre rostros sombríos o alegres
y a veces,
sólo a veces,
es interesante imaginar que dicen,
sobre todo si ella mira sobre las gafas con ternura
y él sonríe, tímido, tendiendo puentes:

Quizás
en uno de esos momentos
la mirada de él
le diga a la de ella:

Amor, ya lo sabes, pero
puedes contar conmigo.
Con mi alma alegre,
mi corazón dedicado,
mi mente despierta
y mi ánimo honrado.
Puedes contar
con mi calma y mi consejo,
mi apoyo siempre
que lo necesites,
mi cariño fiel,
mi pasión diaria
y mi cortejo.
Puedes contar
con mis manos obreras
y mi boca vagabunda,
con mi mirada
que te anhela,
y con mi cuerpo que te busca.
Es así, mi amor,
tan simple y tan mundano,
que no hay música
en este mundo
que resuene tan intensa
como las palabras
que abren tus labios.
Y aunque eres mía
y no eres mía,
o precisamente por eso,
tengo que amarte, amor,
tengo que amarte,
porque eres la melodía de mis mañanas
y el ritmo incesante de mis versos.
Esa canción
que nunca,
nunca,
me canso de escuchar.

Los bares son escenarios que proyectan realidades
que no se ocultan tras el humo,
ni el ruido de fondo; experiencias
extrasecas y con hielo, en una sociedad líquida,
en la que nada permanece y
el amor se materializa
entre las colillas del cenicero.

Como aquellos dos
en la mesa del fondo. Quizás él
está diciendo lo que se dice en ocasiones
con amargura de cerveza:

Tú lo dijiste
este amor
es un amor de ceniza.
Nos ha consumido
hasta no reconocernos.
No sé si ha sido la rutina
o el orgullo,
si la tristeza
o la distancia de nuestros mundos.
Este amor
es un amor de ceniza
gris y polvorienta
que hemos aspirado
hasta convertirnos en humo.
Qué vacío absurdo
qué despropósito
cuando consumimos el amor
para estar aún más solos.
Es una verdad triste, una pena,
pensábamos que nos queríamos
pero en la única llama que ardía
quemamos nuestros sueños.
Un amor de ceniza
sólo eso
como un pasado
que nunca fue presente.
Un tiempo
que a pesar de todo
cuando sienta tu ausencia en mi cama
no podré evitar recordar.
Estate tranquila,
me conformaré
con encender otro cigarro
y ponerme una copa
para brindar a tu salud
por nuestra soledad.

Los bares son teatros
donde cae el telón al cierre,
cuando las mesas se deshabitan
queda la desolación de un cementerio
o la de una iglesia vacía.
Los últimos clientes,
borrachos y anónimos
apuran sus copas, como espectros.
Ustedes pueden irse
yo me quedo.

Pintura: Gonzalo Ilabaca

La cárcel de sus alas

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Palabras que surgís
libres de intenciones
como el agua, que del manantial,
brota sin más deseo
que su necesidad de fluir.
Sin querer,
desnudáis mi mirada
mostráis mis interiores
a veces tan ciegos,
a veces tan oscuros,
dando sentido desde vuestra cárcel
a mi viaje sin rumbo.
De este modo
me encerráis y me liberáis,
desde vuestra paradójica realidad,
encadenadas
solamente
por el peso que los demás quieran daros.