Blade Runner

Esta mañana de espejos negros,

de silencio y soledad,

sabe a hielo en la memoria,

a parálisis en el quicio de la puerta

y al lánguido rumor de la melancolía.

Las ramas desnudas

no florecen con el frío,

pero el gato hambriento

prefiere ignorar estas sutilezas.

Le miro, me mira

y pienso que

si fuera un replicante vería

que, a pesar de todo,

sigue habiendo mucha lluvia

en el corazón de esta flor tardía.

Más allá

Más allá de mi pecho encogido,

casi congelado de nudos,

calla mi boca

y las palabras cristalizan en suspiro.

La vida pasa

como una ráfaga incensante de sucesos,

mientras en la trinchera de mi pecho

el silencio grita

colmado de terror. No quedan

ya días para esperar lo mejor del ser

así que me consuelo

soñando con un encantamiento de belleza inalcanzable, una ecuación que corrija las mareas o con un verso que contenga el más oscuro desasosiego;

fantasías de salón, puro y copa de cognac,

porque tras las palabras

se erige una certeza de mármol y sombra,

de incienso y mudo luto:

vivir es ser otro, nada más y nada menos,

es ser el cadáver de lo que soñamos ser.

Exilios. 

Mi existencia se disipa 

niebla cansada que hunde mis párpados,

fluye como un río de gente, como viento entre las espigas de trigo dorado.

Demasiado pasado, demasiado futuro

para reconocerme entre la bruma. 

Así vuelvo a la nada, me cobijo en el vacío y

tu cielo, entonces,

parece tan azul como mi propio cielo. 

Su reflejo marino 

me recuerda que hay dos cosas que no deben perturbarme:

el mañana y su aurora, el ayer

y su ceniza.

Rojo oscuro. Casi negro.

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Levantó la copa de vino hacia la luz. Contempló sus tonos rojizos, con reflejos de un dorado pálido. Al llevarla a la nariz se le erizó la piel al notar sus aromas a frutos rojos, maduros, casi confitados y las sutilezas de sus gráciles taninos. En boca resultaba majestuoso, un auténtico estallido de sabores que le provocaron un leve gemido de placer. A sus 47 años, al fin cumplía el sueño de catar un Chateux la vie del 74. Cuando al día siguiente le ejecutaran por el asesinato de su hija 14 años atrás, la inyección letal le cerraría los ojos con una sonrisa. Su vida al fin tenía sentido.

La universidad de la locura

Manicomio_2

Aprendes: que no eres

que no importa tu historia,

ni tu nombre,

ni las palabras que te llevaron hasta allí.

En un ejercicio

de sumisa normalización

renuncias a todo,

incluso a tu libertad. Porque

comprendes rápidamente

que el único camino para escapar

pasa por desertar de uno mismo.

Puede que te aten, que te violen

la mente, o el culo, o el coño extra-seco,

tras sus muros ciegos.

Será entonces

cuando te gradues

como un animal

en el manicomio,

la auténtica universidad de la locura.

Bucles…

metamorfose-miniatura-800x596-114395…Abrió los ojos. Eran las 4 de la madrugada. Una noche más el insomnio se materializaba en su rostro en forma de cansancio y fastidio. La visión de dos cucarachas frente al microondas lo habían despertado con un sobresalto. Pensó en Kafka, en las pesadillas que debió sufrir para escribir “La metamorfosis”. Sueños inmundos y castradores, como los que soñaría una bestia acorralada. En la oscuridad, recordó que no hay peor amenaza que la de nuestros propios miedos reprimidos y supo que ya no podría volver a dormir. Se levantó pesadamente y fue a beber un vaso de agua a la cocina. La mirada le volaba hasta el microondas, por si acaso todo aquello resultaba un deja vu. Ni rastro. Sólo un periodico abierto donde leyó las palabras de W.H. Auden: El valor de algo profano es su utilidad, el valor de algo sagrado es su existencia. Dejó el vaso en el fregadero y al girarse, vio a dos cucarachas frente al microondas. Abrió lo ojos. Eran las 4 de la madrugada…

No es…

silencio

 

No es nube, ni pájaro, ni reflejo,

ni torbellino, ni maleza, ni laberinto;

no es espejo, ni luna, ni retrato,

ni rayo, ni anagrama, ni farolillo;

no es duda, ni certeza, ni deseo,

ni tuit, ni muro, ni acertijo;

no es beso, ni cama, ni canción,

ni mesa, ni mar, ni delirio;

no es castillo, ni epístola, ni paredón,

ni perro, ni dama, ni amigo;

no es faro, ni risa, ni Woolf,

ni llanto, ni prisa, ni amorío;

no es soledad, ni sexo, ni compañía,

ni manta, ni recebo, ni hombría;

no es tinta, ni río, ni navegar,

ni bolla, ni sed, ni deriva;

no es miedo, ni fin, ni soledad,

ni consuelo, ni tristeza, ni alegría;

no es prosa, ni ensayo, ni poesía…

 

Es silencio…

 

Solamente silencio.

Sucede…

Hermosa-lluvia-de-estrellas

Y sucede que a veces

nos saluda la muerte con una sonrisa

como aquel que sabe el significado de lo inevitable

el trasfondo que habita en toda luz:

su oscuridad.

 

Sucede también

que como en un mal guión: llueve

y nos pensamos que el cielo está triste

¿Qué tendrá este cielo?

Las suspiros se escapan de su vientre infinito…

…Sucede que caminamos por las calles, convertidos en sombra,

en borrasca o en llama que arde de luto,

disparando con la mirada

ráfagas de preguntas, que rebotan en las paredes, en las gentes,

en nuestro silencio, hasta acertar precisa

con nuestro corazón ceniciento.

Sucede entonces que

nos convertimos en filósofos al contemplar

el paso irreductible del tiempo y

miramos a la muerte a los ojos

preguntándonos cuándo será nuestro turno.

COSAS QUE DECIR… EN VEZ DE HACER LA CENA

No suelo hacer reseñas. No me considero nadie para hablar bien o mal del libro de un colega. Sé demasiado bien el esfuerzo que supone -y lo desagradecido que suele resultar- cosasquedecidir(pg)acabar un libro y que éste sea editado. Menos aún cuando sientes cierto aprecio por la persona en cuestión. Si me estoy lanzando a pergüeñar estas cuatro líneas es porque el libro “Cosas que decidir mientras se hace la cena” de Maite Núñez (Editorial BASE) contiene algunas de las historias más brillantes que he leído en mucho tiempo.

Todo el libro parece atravesado por una procesión de personajes sumidos en el aislamiento de sus rutinas, que se aferran -en su particular deriva- a lo que pueden para no zozobrar. Robinsones voluntarios e inconscientes, demasiado ocupados en sus cuitas interiores para ser capaces de tender puentes que conviertan sus islas en penínsulas. Seres confusos y desconfiados, incapaces de asumir la insignificancia que supone la existencia y sus derrotas, para así poder seguir adelante, son diseccionados con precisión quirúrgica, hasta que la cruel realidad de la incomunicación es revelada . El miedo a mostrarse tal cómo son, a doblarse ante el deseo del otro, para no ser heridos, acaba dando al traste con sus verdaderos deseos, frustrando su salida del túnel que supone la soledad.

Un túnel, que la propia autora no oculta que ella misma vivió, durante el proceso de recuperación de una enfermedad. Esta circunstancia, presente en distintos relatos del libro, le da una nueva perspectiva. Como si esa ciudad ficticia (San Cayetano) donde se acaban desarrollando la inmensa mayoría de historias, representara el imaginario de una mujer que sublima en sus protagonistas sus propios miedos, sus propias angustias, permitiéndose hacerles una mueca cínica y cargada de humor negro. Cosa que por desgracia, la realidad no siempre permite.

Sus primeras 40 páginas son simplemente maravillosas, a la altura de las grandes maestras relatistas españolas del siglo XX (Puértolas, Martín Gaite, etc). Personalmente considero que los relatos: “Todos los seres queridos” y “El plano de Londres” son auténticas obras maestras del género. Después, aunque baja el nivel de intensidad, sigue a suficiente altura como para acabar y disfrutar con el libro empujado por la poderosa inercia inicial.

En fin, hay que leerlo. Hay que disfrutarlo. Sólo la buena literatura se presta a ello. Si habéis visitado las páginas de Chejov, Henry James, D. Lessing, P. Highsmith o Alice Munro, no os defraudará. Me apuesto un gintonic.