
Esta mañana de espejos negros,
de silencio y soledad,
sabe a hielo en la memoria,
a parálisis en el quicio de la puerta
y al lánguido rumor de la melancolía.
Las ramas desnudas
no florecen con el frío,
pero el gato hambriento
prefiere ignorar estas sutilezas.
Le miro, me mira
y pienso que
si fuera un replicante vería
que, a pesar de todo,
sigue habiendo mucha lluvia
en el corazón de esta flor tardía.




…Abrió los ojos. Eran las 4 de la madrugada. Una noche más el insomnio se materializaba en su rostro en forma de cansancio y fastidio. La visión de dos cucarachas frente al microondas lo habían despertado con un sobresalto. Pensó en Kafka, en las pesadillas que debió sufrir para escribir “La metamorfosis”. Sueños inmundos y castradores, como los que soñaría una bestia acorralada. En la oscuridad, recordó que no hay peor amenaza que la de nuestros propios miedos reprimidos y supo que ya no podría volver a dormir. Se levantó pesadamente y fue a beber un vaso de agua a la cocina. La mirada le volaba hasta el microondas, por si acaso todo aquello resultaba un deja vu. Ni rastro. Sólo un periodico abierto donde leyó las palabras de W.H. Auden: El valor de algo profano es su utilidad, el valor de algo sagrado es su existencia. Dejó el vaso en el fregadero y al girarse, vio a dos cucarachas frente al microondas. Abrió lo ojos. Eran las 4 de la madrugada…



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